Señorita Elisabeth von R. (Freud)
Problemas y Perspectivas
Psicología, Fisiología y Clínica
El Cuerpo En Cuestión
Cuerpo Individuo Sexualidad
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En el otoño de 1892, un colega de mi amistad me pidió que examinase a una joven dama que
desde hacía más de dos años padecía de dolores en las piernas y caminaba mal. -Agregó a su
solicitud que consideraba el caso como una histeria, aunque no se hallara en él nada de los
signos habituales de la neurosis. Conocía un poco a la familia y sabía que en los últimos años
se habían abatido sobre ella muchas desdichas y muy pocas cosas alegres le pasaban.
Primero había muerto el padre de la paciente; luego su madre debió someterse a una seria
operación de los ojos, y poco después una hermana casada sucumbió, tras un parto, a una
vieja dolencia cardíaca. En todas esas penas y todo ese cuidar enfermos nuestra paciente
había tenido la mayor participación.
No avancé mucho más en el entendimiento del caso después que hube visto por primera vez a
esta señorita de veinticuatro años. Parecía inteligente y psíquicamente normal, y sobrellevaba
con espíritu alegre su padecer, que le enervaba todo trato y todo goce; lo sobrellevaba' con la
«belle indifférence» de los histéricos, no pude menos que pensar yo. Caminaba con la parte
superior del cuerpo inclinada hacia adelante, pero sin apoyo; su andar no respondía a ninguna
de las maneras de hacerlo conocidas por la patología, y por otra parte ni siquiera era
llamativamente torpe. Sólo que ella se quejaba de grandes dolores al caminar, y de una fatiga
que le sobrevenía muy rápido al hacerlo y al estar de pie; al poco rato buscaba una postura de
reposo en que los dolores eran menores, pero en modo alguno estaban ausentes. El dolor era
de naturaleza imprecisa; uno podía sacar tal vez en limpio: era una fatiga dolorosa. Una zona
bastante grande, mal deslindada, de la cara anterior del muslo derecho era indicada como el
foco de los dolores, de donde ellos partían con la mayor frecuencia y alcanzaban su máxima
intensidad. Empero, la piel y la musculatura eran ahí particularmente sensibles a la presión y el
pellizco; la punción con agujas se recibía de manera más bien indiferente. Esta misma
hiperalgesia de la piel y de los músculos no se registraba sólo en ese lugar, sino en casi todo el
ámbito de ambas piernas. Quizá los músculos eran más sensibles que la piel al dolor;
inequívocamente, las dos clases de sensibilidad dolorosa se encontraban más acusadas en los
muslos. No podía decirse que la fuerza motriz de las piernas fuera escasa; los reflejos eran de
mediana intensidad, y faltaba cualquier otro síntoma, de suerte que no se ofrecía ningún asidero
para suponer una afección orgánica más seria. La dolencia se había desarrollado poco a poco
desde hacía dos años, y era de intensidad variable.
No me resultaba fácil llegar a un diagnóstico, pero fui del mismo parecer que mi colega, por dos
razones. En primer lugar, era llamativo cuán imprecisas sonaban todas las indicaciones de la
enferma, de gran inteligencia sin embargo, acerca de los caracteres de sus dolores. Un
enfermo que padezca de dolores orgánicos, si no sufre de los nervios
{ner vós} además de esos
dolores, los describirá con precisión y tranquilidad: por ejemplo, dirá que son lacerantes, le
sobrevienen con ciertos intervalos, se extienden de esta a estotra parte, y que, en su opinión,
los, provoca tal o cual influjo. El neurasténico que describe sus dolores impresiona como si
estuviera ocupado con un difícil trabajo intelectual, muy superior a sus fuerzas. La expresión de
su rostro es tensa y como deformada por el imperio de un afecto penoso; su voz se vuelve
chillona, lucha para encontrar las palabras, rechaza cada definición que el médico le propone
para sus dolores, aunque más tarde ella resulte indudablemente la adecuada; es evidente, opina
que el lenguaje es demasiado pobre para prestarle palabras a sus sensaciones, y estas
mismas son algo único, algo novedoso que uno no podría describir de manera exhaustiva, y por
eso no cesa de ir añadiendo nuevos y nuevos detalles; cuando se ve precisado a interrumpirlos,
seguramente lo domina la impresión de no haber logrado hacerse entender por el médico. Esto
se debe a que sus dolores han atraído su atención íntegra. En la señorita Von R. se tenía la
conducta contrapuesta, y, dado que atribuía empero bastante valor a los dolores, era preciso
inferir que su atención estaba demorada en algo otro -probablemente en pensamientos y
sensaciones que se entramaban con los dolores-.
Pero más determinante todavía para la concepción de esos dolores era por fuerza un segundo
aspecto. Cuando en un enfermo orgánico o en un neurasténico se estimula un lugar doloroso,
su fisonomía muestra la expresión, inconfundible, del desasosiego o el dolor físico; además el
enfermo se sobresalta, se sustrae del examen, se defiende. Pero cuando en la señorita Von R.
se pellizcaba u oprimía la piel y la musculatura hiperálgicas de la pierna, su rostro cobraba una
peculiar expresión, más de placer que de dolor; lanzaba unos chillidos -yo no podía menos que
pensar: como a raíz de unas voluptuosas cosquillas-, su rostro enrojecía, echaba la cabeza
hacia atrás, cerraba los ojos, su tronco se arqueaba hacia atrás. Nada de esto era demasiado
grueso, pero sí lo bastante nítido, y compatible sólo con la concepción de que esa dolencia era
una histeria y la estimulación afectaba una zona histerógena.
El gesto no armonizaba con el dolor que supuestamente era excitado por el pellizco de los
músculos y la piel; probablemente concordaba mejor con el contenido de los pensamientos
escondidos tras ese dolor y que uno despertaba en la enferma mediante la estimulación de las
partes del cuerpo asociadas con ellos. Yo había observado repetidas veces parecidos gestos
significativos a raíz de la estimulación de zonas hiperálgicas en casos seguros de histeria; los
otros ademanes correspondían evidentemente a la insinuación levísima de un ataque histérico.
En cuanto a la desacostumbrada localización de las zonas histerógenas, no se obtuvo al
comienzo esclarecimiento alguno. Además, daba que pensar que la hiperalgesia recayera
principalmente sobre la musculatura. La dolencia más frecuente culpable de la sensibilidad
difusa y local de los músculos a la presión es la infiltración reumática de ellos, el reumatismo
muscular crónico común, cuya aptitud para crear el espejismo de unas afecciones nerviosas ya
mencioné. La consistencia de los músculos doloridos en la señorita Von R. no contradecía este
supuesto; se encontraban muchos tendones duros en las masas musculares, y además
parecían particularmente sensibles. Lo probable, entonces, era que hubiera sobrevenido una
alteración orgánica de los músculos en el sentido indicado, en la cual la neurosis se apuntaló
haciendo aparecer exageradamente grande su valor.
También la terapia partió de la premisa de que se trataba de una enfermedad mixta.
Recomendamos que continuaran los masajes y faradización sistemáticos de los músculos
sensibles, a pesar del dolor que ello producía, y yo me reservé el tratamiento de las piernas con
intensas descargas eléctricas, a fin de poder mantenerme en relación con la paciente. A su
pregunta sobre si debía obligarse a caminar, respondimos con un «Sí» terminante.
Así obtuvimos una mejoría leve. Muy en particular, parecían entusiasmarle los dolorosos golpes
de la máquina inductora, y cuanto más intensos eran, más parecían refrenar sus propios
dolores. Entretanto, mi colega preparaba el terreno para un tratamiento psíquico; cuando, tras
cuatro semanas de seudoterapia, yo lo propuse y di a la enferma alguna información sobre el
procedimiento y su modo de acción, hallé rápido entendimiento y mínima resistencia.
Ahora bien, el trabajo que inicié a partir de ese momento resultó uno de los más difíciles que me
tocaran en suerte, y la dificultad que hallo para informar sobre él es digna heredera de las
dificultades entonces superadas. Por largo tiempo no atiné a descubrir el nexo entre la historia
de padecimientos y la dolencia misma, que empero debía de haber sido causada y determinada
por aquella serie de vivencias.
Al emprender un tratamiento catártico de esta índole, lo primero será plantearse esta pregunta:
¿Es para la enferma consabido el origen y la ocasión {Anlass) de su padecer? En caso
afirmativo, no hace falta de ninguna técnica especial para ocasionar {veranlassen} que
reproduzca su historia de padecimientos; el interés que se le testimonia, la comprensión que se
le deja vislumbrar, la esperanza de sanar que se le instila, moverán a la enferma a revelar su
secreto. En el caso de la señorita Elisabeth, desde el comienzo me pareció verosímil que fuera
conciente de las razones de su padecer; que, por tanto, tuviera sólo un secreto, y no un cuerpo
extraño en la conciencia. Cuando uno la contemplaba, no podía menos que rememorar las
palabras del poeta: «La máscara presagia un sentido oculto».
Al comienzo podía, pues, renunciar a la hipnosis, con la salvedad de servirme de ella más tarde
si en el curso de la confesión hubieran de surgir unas tramas para cuya aclaración no alcanzara
su recuerdo. Así, en este, el primer análisis completo de una histeria que yo emprendiera, arribé
a un procedimiento que luego elevé a la condición de método e introduje con conciencia de mi
meta: la remoción del material patógeno estrato por estrato, que de buen grado solíamos
comparar con la técnica de exhumación de una ciudad enterrada. Primero me hacía contar lo
que a la enferma le era consabido, poniendo cuidado en notar dónde un nexo permanecía
enigmático, dónde parecía faltar un eslabón en la cadena de las causaciones, e iba penetrando
en estratos cada vez más profundos del recuerdo a medida que en esos lugares aplicaba la
exploración hipnótica o una técnica parecida a ella. La premisa de todo el trabajo era, desde
luego, la expectativa de que se demostraría un determinismo
{Determinierung} suficiente y
completo; enseguida habremos de considerar los medios para esa investigación de lo profundo.
La historia de padecimiento referida por la señorita Elisabeth era larga, urdida por múltiples
vivencias dolorosas. Mientras la relataba no se encontraba en hipnosis, pero yo le indicaba
acostarse y le ordenaba cerrar los ojos, aunque no impedía que de tiempo en tiempo los abriera,
cambiara de posición, se incorporara, etc. Cuando ella atrapaba una pieza del relato a mayor
profundidad, me parecía que caía espontáneamente en un estado más semejante a la hipnosis.
Yacía entonces inmóvil, y mantenía sus ojos cerrados con firmeza.
Paso a reflejar lo que surgió como el estrato más superficial de sus recuerdos. La menor de
tres hijas mujeres, había pasado su juventud, con tierno apego a sus padres, en una finca de
Hungría. La salud de la madre se quebrantó muchas veces a raíz de una dolencia ocular y
también por estados nerviosos. Sucedió por eso que la paciente se apegara de manera
particularmente estrecha a su padre, hombre alegre y dotado de la sabiduría de vivir, quien solía
decir que esa hija le sustituía a un hijo varón y a un amigo con quien podía intercambiar ideas.
En la misma medida en que la muchacha obtenía incitación intelectual de ese trato, no se le
escapaba al padre que su constitución espiritual se distanciaba de la que la gente gusta ver
realizada en una joven. La llamaba en broma «impertinente» y «respondona», la ponía en
guardia frente a su inclinación a los juicios demasiado tajantes, a decir la verdad a los demás
sin consideración alguna; y solía pensar que le resultaría difícil encontrar marido. De hecho, ella
estaba harto descontenta con su condición de mujer; rebosaba de ambiciosos planes, quería
estudiar o adquirir formación musical, se indignaba ante la idea de tener que sacrificar en un
matrimonio sus inclinaciones y la libertad de su juicio. Entretanto vivía preciándose de su padre,
del prestigio y la posición social de su familia, y guardaba con celo todo cuanto se relacionara
con esos bienes. La abnegación que mostró hacia su madre y sus hermanas mayores
reconciliaba totalmente a sus padres con los costados más ásperos de su carácter.
La edad de las niñas movió a la familia a trasladarse a la capital, donde por un tiempo Elisabeth
pudo gozar de una vida más rica y alegre dentro de la familia. Pero luego sobrevino el golpe que
aniquiló la dicha de ese hogar.
El padre había ocultado una afección cardíaca crónica, o él mismo no la había advertido; cierto
día lo trajeron a la casa inconciente tras un primer ataque de edema pulmonar. A ello siguió el
cuidado del enfermo durante un año y medio, en el cual Elisabeth se aseguró el primer lugar
junto al lecho. Dormía en la habitación de su padre, se despertaba de noche a su llamado, lo
asistía durante el día y se forzaba a parecer alegre, en tanto que él soportaba con amable
resignación su irremediable estado. Sin duda, el comienzo de su afección se entramó con este
período de cuidado del enfermo, pues ella pudo recordar que durante los últimos seis meses de
ese cuidado debió guardar cama por un día y medio a causa de aquellos dolores en la pierna
derecha. Pero aseguraba que estos le pasaron pronto y no excitaron su preocupación ni su
atención. Y de hecho, fue sólo dos años después de la muerte del padre cuando se sintió
enferma y no pudo caminar a causa de sus dolores.
El vacío que la muerte del padre dejó en esta familia compuesta por cuatro mujeres; el
aislamiento social, el cese de tantas relaciones que prometían incitación y goce; la salud ahora
más quebrantada de la madre: todo ello empañó el talante de nuestra paciente, pero al mismo
tiempo movió en ella el ardiente deseo de que los suyos pronto hallaran un sustituto de la dicha
perdida, y le hizo concentrar todo su apego y desvelos en la madre supérstite.
Trascurrido el año de luto, la hermana mayor casó con un hombre talentoso y trabajador, de
buena posición, que debido a su capacidad intelectual parecía tener por delante un gran futuro,
pero en el trato más íntimo desarrolló una quisquillosidad enfermiza, una egoísta obstinación en
sus caprichos, y en el círculo de esta familia fue el primero que se atrevió a descuidar el
miramiento por la anciana señora. Era más de lo que Elisabeth podía tolerar; se sintió llamada a
asumir la lucha contra el cuñado en cuanta ocasión se ofreciera, en tanto las otras mujeres
consentían los estallidos del excitable temperamento de aquel. Para ella era un doloroso
desengaño que la reconstrucción de la antigua dicha familiar experimentara esta perturbación, y
no podía perdonarle a su hermana casada que, con su docilidad de esposa, se afanase en
evitar pronunciarse. Así, en la memoria de Elisabeth habían permanecido toda una serie de
escenas a las que adherían unos cargos, en parte no declarados
{aussprechen}, contra su
primer cuñado. Pero el mayor reproche era que por buscar un empleo más ventajoso se
hubiese mudado con su pequeña familia a una lejana ciudad de Austria, contribuyendo a
aumentar así la soledad de la madre. En esta oportunidad Elisabeth sintió con harta nitidez su
desvalimiento, su impotencia para ofrecer a la madre un sustituto de la dicha perdida, la
imposibilidad de ejecutar el designio que había concebido a la muerte del padre.
El matrimonio de la segunda hermana pareció más promisorio para el futuro de la familia, pues
este segundo cuñado, menos dotado intelectualmente, era un hombre cordial para estas
mujeres sensibles y educadas en el cultivo de toda suerte de miramientos; su conducta
reconcilió a Elisabeth con la institución del matrimonio y con la idea de los sacrificios a ella
enlazados. Además, esta segunda joven pareja permaneció en las cercanías de la madre ' y el
hijo de este cuñado y su segunda hermana pasó a ser el preferido de Elisabeth. Por desgracia,
el año en que este niño nació fue turbado por otro suceso. La dolencia ocular de la madre exigió
una cura de oscuridad de varias semanas, compartida por Elisabeth. Luego declararon que era
necesaria una operación; la inquietud que ello provocó coincidió con los preparativos para la
mudanza del primer cuñado. Al fin salió bien la operación, realizada con mano maestra, y las
tres familias se encontraron en un sitio de residencia veraniega; allí Elisabeth, agotada por las
preocupaciones de los últimos meses, habría debido obtener su restablecimiento pleno en este
período, el primero exento de penas y temores que la familia disfrutaba desde la muerte del
padre.
Pero justamente con esa temporada veraniega coincide el estallido de los dolores de Elisabeth,
y su dificultad para caminar. Después que un poco antes se le hubieran hecho notables, los
dolores le sobrevinieron por primera vez con violencia tras un baño caliente que tomó en la casa
de salud de ese pequeño poblado de restablecimiento. Un paseo prolongado, en verdad una
caminata de media jornada, fue relacionado luego con la emergencia de estos dolores, de
suerte que con facilidad se dio en la concepción de que Elisabeth había sufrido un «exceso de
fatiga», y después un «enfriamiento».
A partir de ese momento, Elisabeth fue la enferma de la familia. El consejo médico la movió a
pasar lo que restaba del verano, para una cura de baños, en Gastein, adonde viajó con su
madre, pero no sin que se presentara una nueva preocupación. La segunda hermana había
quedado grávida de nuevo, e informaciones recibidas pintaban muy desfavorable su estado, de
suerte que Elisabeth a duras penas se resolvió a hacer aquel viaje. No habían pasado dos
semanas de estadía en Gastein cuando llamaron de regreso a madre y hermana: las cosas no
iban ahora bien para la embarazada, postrada en cama.
Un torturante viaje, en el que se mezclaron para Elisabeth sus dolores y unas terribles
expectativas; luego, en la estación ferroviaria, ciertos indicios que presagiaban lo peor, y
después, cuando entraron en la habitación de la enferma, la certeza de que habían llegado
demasiado tarde para despedirla viva.
Elisabeth no sufrió sólo por la pérdida de esta hermana, a quien había amado tiernamente, sino
casi en igual grado por los pensamientos que esa muerte incitó y las alteraciones que trajo
consigo. La hermana había sucumbido a una afección cardíaca agravada por el embarazo.
Afloró entonces el pensamiento de que la cardiopatía era la herencia paterna de la familia.
Recordaron que en los primeros años de su doncellez la difunta había tenido una corea
acompañada de una leve afección cardíaca. Se culparon a ellos mismos y a los médicos por
haber permitido el matrimonio, ~y no se pudo ahorrarle al infortunado viudo el reproche de haber
puesto en peligro la salud de su mujer con dos embarazos sin que mediara una pausa. La triste
impresión de que habiéndose dado las condiciones para un matrimonio feliz, tan raras, esa
dicha tuviera que terminar así, ocupó a partir de entonces los pensamientos de Elisabeth sin
contradicción. Pero además veía hacerse pedazos dentro de sí todo cuanto había anhelado
para su madre. El cuñado viudo era inconsolable y se alejó de la familia de su esposa. Parece
que su propia familia, de la cual se había enajenado durante su breve y dichoso matrimonio,
aprovechó el momento propicio para atraerlo de nuevo hacia sus propios rumbos. No se halló
camino alguno para mantener la anterior comunidad; una convivencia con la madre bajo el
mismo techo era impracticable por miramiento a la cuñada soltera, y cuando se rehusó a dejar
a las dos mujeres el niño, única herencia de la muerta, les dio por primera vez ocasión para
culparlo de dureza. Por último -Y no fue lo menos penoso-, Elisabeth recibió oscuras noticias de
una desavenencia que había estallado entre ambos cuñados y cuyo motivo apenas
vislumbraba. Parecía, empero, como si el viudo hubiera planteado en asuntos de fortuna unas
demandas que el otro cuñado tachaba de injustificadas, y hasta pudo calificarlas de enojosa
exacción ante el dolor todavía abierto de la madre.
Esa era, pues, la historia de padecimiento de esta muchacha ambiciosa y necesitada de amor.
Enconada con su destino, amargada por el fracaso de todos sus planes de restaurar el brillo de
su casa; sus amores, muertos los unos, distantes o enajenados los otros; sin inclinación por
refugiarse en el amor de un hombre extraño, vivía desde hacía un año y medio -casi segregada
de todo trato social- del cuidado de su madre y de sus dolores.
Si, despreocupadamente, uno se situara en la vida anímica de esta muchacha, no podría
denegarle una cordial simpatía humana. Pero, ¿qué diremos sobre el interés médico por este
historial clínico, sobre sus vínculos con las dolorosas dificultades para caminar, sobre las
perspectivas de aclaración y curación que acaso habrían de resultar de las noticias obtenidas
acerca de esos traumas psíquicos?
Para el médico, la confesión de la paciente significó al comienzo una gran desilusión. Era una
historia clínica consistente en triviales conmociones anímicas, que no permitía explicar por qué
la paciente debió contraer una histeria, ni cómo esa histeria hubo de cobrar precisamente la
forma de la abasia dolorosa. No iluminaba ni la causación ni la determinación
{Determinierung}
de la histeria ahí existente. Acaso se podía suponer que la enferma había establecido una
asociación entre sus impresiones anímicas dolidas y los dolores corporales que por azar
registrara de manera simultánea a aquellas, y que ahora en su vida mnémica empleaba la
sensación corporal como símbolo de la anímica. Pero quedaba sin esclarecer qué motivo habría
tenido para esa sustitución, y en qué momento se habría consumado. Cuestiones estas, por
otra parte, cuyo planteo no había sido hasta entonces común entre los médicos. Lo corriente
era darse por contento con el expediente de que la enferma era una histérica por su constitución
misma, capaz de desarrollar síntomas histéricos bajo la presión de una excitación intensa,
no
importa de qué índole fuera esta.
Y si esa confesión no era fructífera para el esclarecimiento, parecía serlo todavía menos para la
curación del caso. No se echaba de ver qué influjo benéfico tendría sobre la señorita Elisabeth
referir una vez más a un extraño, que a cambio le tributara una fuerte simpatía, la historia de su
padecimiento de los últimos años, consabida para todos los miembros de su familia. Por lo
demás, no se advertía en absoluto que la confesión hubiera dado semejante resultado curativo.
Durante ese primer período de] tratamiento, la enferma no cesaba de repetir al médico: «Estoy
cada vez peor, tengo los mismos dolores que antes»; y cuando al decírmelo me arrojaba una
mirada entre astuta y maliciosa, yo podía acordarme del juicio que el viejo señor Von R. había
pronunciado sobre su hija preferida: «A menudo es "impertinente" y "díscola"»; no obstante,
debía admitir que ella tenía razón.
Si yo hubiera abandonado en este estadio el tratamiento psíquico de la enferma, el caso de la
señorita Elisabeth von R. no habría adquirido importancia alguna para la teoría de la histeria.
Pero proseguí mi análisis porque tenía la expectativa cierta de que a partir de estratos más
profundos de la conciencia se conseguiría entender tanto la causación como el determinismo
del síntoma histérico. Me resolví, pues, a plantear, a la conciencia ensanchada de la enferma, la
pregunta directa por la impresión psíquica a que se anudó la génesis primera de los dolores en
las piernas.
A este fin me proponía poner a la enferma en hipnosis profunda. Pero, por desgracia, hube de
percibir que ninguno de los procedimientos que yo poseía para ese objeto la llevaba a un estado
de conciencia diverso de aquel en que me había hecho su confesión. Sólo me quedó alegrarme
cordialmente de que esta vez omitiera espetarme con aire triunfante: «Vea usted, no estoy
dormida, no me pueden hipnotizar». En ese aprieto se me ocurrió aplicar aquel artificio de la
presión sobre la cabeza, la historia de cuya génesis he detallado en la precedente observación
sobre Miss Lucy. Lo puse en práctica exhortando a la enferma a comunicarme puntualmente
todo cuanto en el momento de la presión emergiera ante su visión interior o pasara por su
recuerdo. Calló largo tiempo y luego confesó, por mí esforzada, haber pensado en cierto
atardecer en que un joven la acompañó a casa después de una reunión social, los coloquios
que hubo entre ella y él, y las sensaciones con que luego regresó a casa a cuidar a su padre.
Con esta primera mención de ese joven se abría un nuevo frente de batalla cuyo contenido yo
iría sacando a la luz sólo poco a poco. Aquí se trataba más bien de un secreto, pues,
exceptuada una amiga común, a nadie había puesto al corriente de sus relaciones ni de las
esperanzas a ellas anudadas. Era el hijo de una familia amiga de la suya desde hacía mucho, y
que era vecina en su residencia anterior. El joven, huérfano también, se había apegado con gran
devoción al padre de ella, seguido sus consejos en su carrera, y extendido a las damas de la
familia la veneración que sentía por el padre. Numerosos recuerdos de lecturas en común,
intercambio de ideas, manifestaciones de él que a ella le contaron luego, trazaban los contornos
de su creciente convicción de que él la amaba, y comprendía que casarse con él no le
impondría los sacrificios que temía del matrimonio. Por desdicha era sólo muy poco mayor que
ella, y ni hablar en aquel tiempo de que poseyera recursos propios; pero estaba firmemente
decidida a esperarlo.
Cuando el padre contrajo su grave enfermedad y ella se vio requerida como cuidadora, ese trato
se volvió cada vez más raro. El atardecer del que ella se había acordado dibujaba justamente el
apogeo de su sentimiento; sin embargo, no se había llegado en ese tiempo a una declaración
{Aus
sprache} entre ambos. A instancias
{Drängen} de los suyos y de su propio padre, había
consentido ese día en apartarse del lecho del enfermo para asistir a una reunión social en la
cual tenía motivos para esperar encontrarlo. Después quiso volver temprano a casa, pero la
constriñeron a quedarse, y ella cedió al prometerle él acompañarla. Nunca había sentido tanta
calidez
{warm} hacia él como durante ese acompañamiento; pero cuando después, en ese
arrobamiento, entró en la casa, se encontró con que el estado de su padre había empeorado y
se hizo los más acerbos reproches por consagrar tanto tiempo a su gusto personal. Esa fue la
última vez que abandonó al padre enfermo durante toda una tarde; sólo en raras oportunidades
volvió a ver a su amigo; tras la muerte del padre, pareció que él se alejaba por respeto a su
dolor, y luego la vida lo encaminó por otras sendas; poco a poco ella había debido familiarizarse
con el pensamiento de que su interés por ella había sido suplantado
{verdrängen} por otros
sentimientos, y de que lo había perdido. Pero este fracaso de su primer amor le seguía doliendo
cada vez que se acordaba,
En estas constelaciones y en la mencionada escena, a la cual llevaron, me era lícito entonces
buscar la causación de los primeros dolores histéricos. Por el contraste entre la beatitud que se
había permitido entonces y la miseria en medio de la cual halló a su padre en casa quedaba
planteado un conflicto, un caso de inconciliabilidad. Como resultado del conflicto, la
representación erótica fue reprimida {esforzada al desalojo} de la asociación, y el afecto a ella
adherido fue aplicado para elevar o reanimar un dolor corporal presente de manera simultánea
(o poco anterior). Era, pues, el mecanismo de una
conversión con el fin de la defensa, tal como
lo he tratado en detalle en otro lugar.
Hay sitio aquí, desde luego, para toda clase de puntualizaciones. Debo destacar que no
conseguí demostrar, a partir de su recuerdo, que en aquel momento de regreso a la casa se
hubiera consumado la conversión. Por eso exploré vivencias parecidas del tiempo en que
cuidaba al enfermo, y convoqué una serie de escenas entre las cuales el saltar de la cama con
los pies desnudos en la habitación fría
{kalt} a un llamado del padre se destacaba por su
frecuente repetición. Yo me inclinaba a atribuir a este factor una cierta significatividad porque
junto a la queja por el dolor en las piernas estaba la queja por una martirizadora sensación de
frío. Empero, tampoco aquí pude atrapar una escena que pudiera designarse con certeza como
la escena de la conversión. Por eso me inclinaba a admitir aquí una laguna en el
esclarecimiento, hasta que recapacité y recordé el hecho de que los dolores histéricos en las
piernas no estaban presentes todavía en la época del cuidado al enfermo. Su recuerdo
informaba sólo de un único ataque de dolor, que duró varios días pero no atrajo entonces
atención ninguna. Mi investigación se dirigió, pues, a esa primera emergencia del dolor. Fue
posible reanimar con certeza su recuerdo; justamente por esos días había venido de visita un
pariente a quien no pudo recibir por estar postrada en cama, y ese mismo, dos años después,
había tenido también el infortunio de encontrarla en cama. Pero la busca de una ocasión
psíquica para estos primeros dolores resultó infructuosa todas las veces que se la emprendió.
Creí tener derecho a suponer que aquellos primeros dolores habían sobrevenido realmente
sin
ocasión psíquica, como afección reumática leve, y hasta pude averiguar que esa enfermedad
orgánica, el arquetipo de la posterior imitación histérica, debía situarse sin duda en un período
anterior a la escena del acompañamiento. De cualquier modo, era posible que estos dolores,
siendo de base orgánica y bastante leves, hubieran durado algún tiempo sin llamar mucho la
atención. De aquí se engendra un punto oscuro, a saber: que el análisis indique una conversión
de excitación psíquica en dolor corporal en una época en que sin duda ese dolor no se
registraba y no era recordado; he ahí un problema que espero solucionar mediante ulteriores
elucidaciones y otros ejemplos.
Con el descubrimiento del motivo para la primera conversión se inició un segundo período, más
fructífero, del tratamiento. Ante todo, la enferma me sorprendió con la comunicación de que
ahora sabía por qué los dolores partían siempre de aquel determinado lugar del muslo derecho,
y eran ahí más violentos. Es el lugar donde cada mañana descansaba la pierna de su padre
mientras ella renovaba las vendas que envolvían su pierna fuertemente hinchada. Esto había
sucedido cientos y cientos de veces, y era curioso que hasta hoy ella nunca hubiera reparado
en ese nexo. Así me ofrecía la explicación deseada para la génesis de una zona histerógena
atípica. Además, las piernas doloridas empezaron a «entrometerse» siempre en nuestros
análisis. Me refiero a este notable estado de cosas: La enferma estaba casi siempre libre de
dolor cuando nos poníamos a trabajar; en tales condiciones, si yo, mediante una pregunta o una
presión sobre la cabeza, convocaba un recuerdo, se insinuaba primero una sensación dolorosa,
las. más de las veces tan viva que la enferma se estremecía y se llevaba la mano al lugar del
dolor. Este dolor despertado subsistía mientras el recuerdo gobernaba a la enferma, alcanzaba
su apogeo cuando estaba en vías de declarar
{aussprechen} lo esencial y decisivo dé su
comunicación, y desaparecía con las últimas palabras que pronunciaba. Poco a poco aprendí a
utilizar como brújula ese dolor despertado; cuando ella enmudecía, pero todavía acusaba
dolores, yo sabía que no lo había dicho todo y la instaba a continuar la confesión hasta que el
dolor fuera removido por la palabra
{wegsprechen). Sólo entonces le despertaba un nuevo
recuerdo.
En este período de «abreacción» el estado de la enferma mejoró de manera tan llamativa, tanto
en el aspecto somático como en el psíquico, que yo solía aseverar, medio en broma, que cada
vez le quitaba un cierto
quantum de motivos de dolor y, cuando los hubiera removido todos, ella
sanaría. Pronto llegó a pasar la mayor parte del tiempo sin dolores, consintió en caminar mucho
y abandonar el aislamiento que hasta entonces mantenía. En el curso del análisis yo obedecía
ora a las oscilaciones espontáneas de su estado, ora a mi estimación sobre dónde creía que se
hallaba un fragmento aún no agotado de su historia de padecimiento. En esa tarea obtuve
algunas percepciones interesantes, cuyas enseñanzas hallé confirmadas más tarde en otros
enfermos.
En primer lugar, por lo que respecta a las oscilaciones espontáneas: en verdad no se producía
ninguna que no hubiera sido provocada asociativamente por un suceso del día. Una vez se
había enterado de cierta enfermedad contraída por alguien del círculo de sus conocidos, y por
un detalle le recordó a la de su padre; otra vez había estado de visita el hijo de su difunta
hermana, y el parecido le reavivó el dolor por la muerta; y otra vez, aún, fue cierta carta de la
hermana que vivía distanciada, en la que era nítida la influencia del cuñado desconsiderado, la
que demandó la comunicación de una escena familiar todavía no referida. Como ella nunca
presentaba dos veces la misma ocasión de dolor, no parecía injustificada nuestra expectativa
de agotar de tal suerte el acopio, y en modo alguno me resistía a que se pusiera en situaciones
aptas para evocar recuerdos nuevos, todavía no llegados a la superficie; por ejemplo,
mandándola a visitar la tumba de su hermana o haciéndola concurrir a una reunión donde
pudiera ver a su amigo de juventud, ahora de nuevo presente.
Después, obtuve un panorama sobre el modo en que se genera una histeria que cabe designar
como -monosintomática. En efecto, hallé que la pierna derecha se dolía en el curso de nuestras
hipnosis cuando se trataba de recuerdos del cuidado de su padre enfermo, del trato con aquel
compañero de juventud y otras cosas que caían dentro del primer período del tiempo patógeno,
mientras que el dolor se anunciaba en la otra pierna, la izquierda, tan pronto le despertaba un
recuerdo sobre la hermana difunta, los dos cuñados, en suma, una impresión de la segunda
mitad de su historia de padecimiento. Alertado por este comportamiento constante, me puse a
indagarlo y obtuve la impresión de que esa especificación era aún mayor, como si cada nueva
ocasión psíquica de sensaciones dolidas se hubiera enlazado con un diverso lugar del área
dolorosa de las piernas. El lugar originariamente doloroso del muslo derecho se había referido al
cuidado de su padre; a partir de ahí, el ámbito de dolor había crecido, por aposición, desde
nuevas ocasiones traumáticas, de suerte que aquí, en rigor, no se estaba frente a un síntoma
corporal único que se enlazara con múltiples complejos mnémicos psíquicos, sino a una
multiplicidad de síntomas similares que al abordaje superficial parecían fusionados en un solo
síntoma. Es cierto que no me empeñé en deslindar las zonas de dolor correspondientes a las
diversas ocasiones psíquicas; no lo hice porque hallé la atención de la enferma por completo
extrañada de tales vínculos.
Ahora bien, presté más amplio interés al modo en que todo el complejo sintomático de la abasia
pudo edificarse sobre esas zonas dolorosas, y con ese propósito formulé diversas preguntas,
como: «¿De dónde provienen los dolores al andar, estar de pie, yacer?», que la paciente
respondió en parte sin que mediara influjo, en parte bajo la presión de mi mano. De ahí
resultaron dos cosas. Por un lado, me agrupó todas las escenas conectadas con impresiones
dolorosas según que en ellas hubiera estado sentada o de pie, etc. Así, por ejemplo,
estaba de
pie junto a una puerta cuando trajeron a casa al padre tras sufrir un ataque al corazón
, y en su
terror ella
quedó de pie como plantificada. A este primer «terror
estando de pie» {«stehen»} le
seguían otros recuerdos, hasta llegar a la escena terrible en que de nuevo se quedó parada
{stehen}, como presa de un hechizo, frente al lecho de su hermana muerta
. Toda esa cadena
de reminiscencias estaba destinada a evidenciar el justificado enlace de los dolores con el estar
de pie, y aun podía considerarse como prueba de una asociación; empero, uno debía tener
presente el requisito de que en todas esas oportunidades era preciso que se registrara,
además, otro factor que dirigiera la atención -y en ulterior consecuencia la conversión
justamente- al estar de pie (o al andar, estar sentada, etc.). Y la explicación para este sesgo de
la atención parecía tener que buscarse en la circunstancia de que andar, estar de pie y yacer se
anudan a operaciones y estados de aquellas partes del cuerpo que eran en este caso las
portadoras de las zonas dolorosas, a saber, las piernas. De ese modo resultaba fácil de
comprender el nexo entre la astasia-abasia y el primer caso de conversión en este historial
clínico.
Entre las escenas que conforme a esa recapitulación habrían vuelto doloroso el
caminar
{gehen} resaltó una, la caminata que hizo en aquel lugar de restablecimiento junto con un grupo
nutrido de personas y que presuntamente había sido demasiado extensa
. Las circunstancias
más detalladas de este episodio se revelaron sólo de manera vacilante y dejaron muchos
enigmas sin solucionar. Estaba ella de talante particularmente sentimental, de buena gana se
unió al círculo de personas amigas; era un bello día, no demasiado caluroso; su mamá
permaneció en casa, su hermana mayor ya había partido de viaje, la segunda no se sentía bien
pero no quiso estropearle el disfrute; el marido de esta hermana declaró al comienzo que se
quedaría junto a su mujer, y después marchó también por amor de ella (de Elisabeth). Me
pareció que esta escena tenía mucho que ver con la primera emergencia de los dolores, pues
ella se acordaba de haber regresado del paseo muy cansada y con fuertes dolores, pero no se
manifestó con seguridad sobre si ya los había sentido antes. Yo argüí que de haber sentido
dolores considerables era difícil que se resolviera a compartir esa larga jornada. A la pregunta
sobre qué, en ese paseo, habría provocado los dolores, recibí la respuesta, no del todo
trasparente, de que el contraste entre su soledad y la dicha conyugal de su hermana enferma,
que la conducta de su cuñado le ponía de continuo ante los ojos, la habría dolido.
Otra escena, muy próxima en el tiempo a la anterior, desempeñó un papel en el enlace de los
dolores con el
estar sentado. Fue algunos días después; su hermana y su cuñado ya habían
viajado, ella se hallaba excitada, añorante; se levantó
{aufstehen} por la mañana temprano,
dirigió sus pa
sos {hinaufgehen} hacia una pequeña colina, hasta un lugar que solían frecuentar
juntos y ofrecía un espléndido panorama, y ahí se sentó
{setzen sich}, absorta en sus
pensamientos, sobre un banco de piedra. Sus pensamientos volvieron a dirigirse a su soledad,
el destino de su familia y el ardiente deseo de llegar a ser tan feliz como su hermana lo era,
confesó ella esta vez desembozadamente. De esa meditación matinal regresó con fuertes
dolores, y la tarde de ese mismo día tomó el baño tras el cual aquellos le sobrevinieron de
manera definitiva y duradera.
Con toda precisión se averiguó, además, que los dolores al caminar y estar de pie solían
calmarse en un comienzo al
yacer {Iiegen}. Sólo cuando, anoticiada del agravamiento de su
hermana, hubo partido de Gastein al atardecer y toda esa noche la martirizaron, además de la
preocupación por su hermana, unos furiosos dolores mientras yacía extendida, insomne, en el
vagón de ferrocarril, se estableció también la conexión del yacer con los dolores, y durante todo
un período el yacer fue aún más doloroso que el caminar y el estar de pie.
De tal suerte, en primer lugar, la zona dolida crecía por aposición, pues cada nuevo tema de
eficacia patógena investía una nueva región de las piernas; en segundo lugar, cada una de las
escenas impresionantes había dejado tras sí una huella, pues producía una «investidura»
permanente, que se acumulaba más y más, de las diversas funciones de las piernas, un enlace
de estas funciones con las sensaciones de dolor; pero, además, era inequívoco que en la
plasmación de la astasia-abasia había cooperado un tercer mecanismo. Si la enferma puso fin
al relato de toda una serie de episodios con la queja de que ahí se había sentido dolida de su
«soledad» {«Alleinstehen»}, y en otra serie, que abarcaba sus infortunados intentos de
establecer una vida familiar nueva, no cesaba de repetir que lo doliente ahí era el sentimiento de
su
desvalimiento, la sensación de
«no avanzar un paso», yo no podía menos que atribuir a sus
reflexiones un influjo sobre la plasmación de la abasia; me vi llevado a suponer que ella
directamente buscaba una expresión
simbólica para sus pensamientos de tinte dolido, y lo
había hallado en el refuerzo de su padecer. Ya en nuestra «Comunicación preliminar»
sostuvimos que mediante una simbolización
{Symbolisierung} así pueden generarse síntomas
somáticos de la histeria; en la «Epicrisis» que agrego a este historial clínico detallaré algunos
ejemplos que lo prueban de manera indudable. En la señorita Elisabeth von R. el mecanismo
psíquico de la simbolización no se situaba en primera línea, él no había creado la abasia, pero
todo indicaba que la abasia preexistente había experimentado un refuerzo sustancial por este
camino. De acuerdo con ello, esta abasia, en el estadio de desarrollo en que yo la encontré, no
era equiparable sólo a una parálisis funcional asociativa psíquica, sino también a una parálisis
funcional simbólica.
Antes de proseguir con la historia de mi enferma quiero agregar algunas palabras sobre su
conducta durante este segundo período del tratamiento. En el curso de todo este análisis me
valí del método de convocar mediante presión sobre la cabeza imágenes y ocurrencias, vale
decir, un método inaplicable sin plena colaboración y atención voluntaria de la enferma. Y aun su
conducta a veces satisfacía todo cuanto yo pudiera desear, y en esos períodos era de hecho
sorprendente cuán pronto y ordenadas de una manera infaliblemente cronológica se instalaban
las diversas escenas pertenecientes a cierto tema. Era como si ella leyese un largo libro
ilustrado, cuyas páginas se dieran vuelta ante sus ojos. Otras veces parecían existir obstáculos,
cuya naturaleza yo ni vislumbraba en ese tiempo. Cuando ejercía mi presión, ella aseveraba que
no se le ocurría nada; repetía la presión, le indicaba aguardar, y de nuevo nada salía. Las
primeras ocasiones en que apareció esta contumacia acepté interrumpir el trabajo so pretexto
de que el día no era propicio; otra vez sería. Pero dos percepciones me indujeron a cambiar mi
conducta, En primer lugar, que esa denegación del método sólo ocurría cuando había hallado a
Elisabeth alegre y libre de dolor, nunca cuando yo llegaba en un mal día; en segundo lugar, que
esa indicación de no ver nada ante sí solía darla después que había dejado pasar una larga
pausa, durante la cual su gesto tenso y atareado me denunciaba empero un proceso anímico
en ella. Me resolví entonces a suponer que el método nunca fracasaba, y que bajo la presión de
mi mano Elisabeth tenía siempre una ocurrencia en la mente o una imagen ante los ojos, pero
no todas las veces estaba dispuesta a comunicármela, sino que intentaba volver a sofocar lo
conjurado. Podía imaginarme dos motivos para ese silencio: o bien Elisabeth ejercía sobre su
ocurrencia una crítica a la que no tenía derecho -no la hallaba lo bastante valiosa, creía que no
venía al caso como respuesta a la pregunta planteada-, o bien la horrorizaba indicarla porque ...
le resultaba demasiado desagradable su comunicación. Procedí entonces como si estuviera
enteramente convencido de la confiabilidad de mi técnica. Ya no lo dejé pasar cuando ella
aseveraba no ocurrírsele nada. Le aseguraba que por fuerza algo se le había ocurrido; acaso
ella no le había prestado suficiente atención, y entonces yo repetiría la presión; o bien ella había
creído que su ocurrencia no era la pertinente. Y le decía que esto último no era cosa de su
competencia; estaba obligada a mantener total objetividad y a decir lo que se le pasara por la
cabeza, viniera o no al caso. Por último, que yo sabía con certeza que algo se le había ocurrido;
ella me lo mantenía en secreto, pero nunca se libraría de sus dolores mientras mantuviera algo
en secreto. Mediante este esforzar conseguí que realmente ninguna presión resultase ya
infructuosa. Me vi precisado a suponer que había discernido de manera correcta el estado de la
cuestión, y a raíz de este análisis cobré de hecho una confianza absoluta en mi técnica. A
menudo sucedía que sólo tras la tercera presión me comunicara algo, pero luego ella misma
agregaba: «Se lo habría podido decir la primera vez». - «Ajá, ¿y por qué no lo dijo?». - «Creo
que no era lo pertinente», «Pensé que podía pasarlo por alto, pero eso volvió todas las veces».
En el curso de este difícil trabajo empecé a atribuir una significación más profunda a las
resistencias que la enferma mostraba a reproducir sus recuerdos, y a compilar con cuidado las
ocasiones a raíz de las cuales aquella se denunciaba de un modo particularmente llamativo.
Paso ahora a exponer el tercer período de nuestro tratamiento. La enferma se sentía mejor,
estaba psíquicamente aliviada y se había vuelto productiva, pero era evidente que los dolores no
habían sido eliminados; volvían de tiempo. en tiempo y, por cierto, con su antigua violencia. Lo
incompleto del éxito terapéutico se correspondía con lo incompleto del análisis: aún yo no sabía
con exactitud en qué momento y a través de qué mecanismo habían nacido los dolores. En el
segundo período, mientras ella reproducía las más diversas escenas y yo observaba sus
resistencias a referirlas, se había formado en mí cierta sospecha; pero aún no osaba convertirla
en base de mi obrar. Una percepción casual inclinó la balanza. Cierta vez que trabajábamos
con la enferma, escuché pasos de hombre en la habitación contigua, una voz de agradable
timbre que parecía preguntar algo, y hete aquí que mi paciente se levanta con el ruego de
suspender por hoy; es que ha escuchado -dice- que su cuñado llegó y pregunta por ella. Hasta
ese momento había estado libre de dolores, y tras esta perturbación su gesto y su andar
denunciaban la repentina emergencia de fuertes dolores. Vi confirmada mi sospecha y me
resolví a producir el esclarecimiento decisivo.
Formulé entonces la pregunta por las circunstancias y causas de la primera emergencia de los
dolores. Como respuesta, sus pensamientos se orientaron hacia la residencia veraniega en
aquel lugar de restablecimiento, antes del viaje a Gastein, y de nuevo se mostraron algunas
escenas que ya habían sido tratadas antes de manera menos exhaustiva. Su estado de ánimo
en aquel tiempo, su agotamiento tras la preocupación por la vista de la madre y tras el cuidado
de la enferma en la época
en que la operaron de los ojos, su desesperanza última, como
muchacha sola, de gozar algo de la vida o de producir algo en ella. Hasta entonces se le
antojaba que era lo bastante fuerte para prescindir del apoyo de un hombre; ahora se apoderaba
de ella un sentimiento de su debilidad como mujer, una añoranza de amor en la que, según sus
propias palabras, la solidez de su ser empezaba a derretirse. En
ese talante, el matrimonio
dichoso de la más joven de sus hermanas le causó la más profunda impresión: cuán
conmovedoramente cuidaba él de ella, cómo se entendían con sólo mirarse, cuán seguros
parecían uno del otro. Era por cierto lamentable que el segundo embarazo siguiera tan rápido al
primero, y la hermana sabía que este era el motivo de su enfermedad, pero ¡cuán
animosamente la sobrellevó por ser él la causa! En aquella caminata enlazada de manera tan
íntima con los dolores de Elisabeth, el cuñado al principio no quería participar, pues prefería
permanecer junto a su mujer enferma. Pero esta, con una mirada, lo movió a ir, pues pensaba
que ello alegraría a Elisabeth. Todo el tiempo permaneció Elisabeth en su compañía, hablaron
sobre las cosas más variadas e íntimas, y ella estuvo de acuerdo con todo lo que él decía, y se
le hizo hiperpotente el deseo de poseer un hombre que se le pareciese. Pocos días después
siguió la escena en que, tras la partida, ella visitó por la mañana el punto panorámico que había
sido paseo predilecto de los ausentes. Se sentó allí sobre una piedra y soñó de nuevo con una
dicha de amor como la deparada a su hermana, y con un hombre que supiera cautivar su
corazón como ese cuñado. Se puso de pie
{aufstehen} con dolores, que empero otra vez
desaparecieron; sólo a la siesta, tras el baño caliente
{warm} que tomó en ese lugar, se
abatieron sobre, ella los dolores que de ahí en adelante no la habían abandonado. Intenté
explorar qué clase de pensamientos la ocuparon entonces en el baño; pero sólo se averiguó
que la casa de baños le recordaba a sus hermanos que habían viajado, porque habían parado
en la misma casa.
A mí por fuerza se me había aclarado hacía rato de qué se trataba; pero la enferma, abismada
en dulces y dolidos recuerdos, parecía no reparar a qué puerto se acercaba, y prosiguió
reflejando sus reminiscencias. Vino el tiempo pasado en Gastein, la aprensión con que abría
cada carta, por último la noticia de que la hermana empeoraba, la prolongada espera hasta la
tarde para poder abandonar Gastein, el viaje en martirizadora incertidumbre, en una noche
insomne -Momentos todos estos acompañados de un fuerte aumento en los dolores-. Pregunté
si durante el viaje se había representado la triste posibilidad que luego resultó realizada.
Respondió que había esquivado cuidadosamente ese pensamiento, pero opinó que su madre
desde el comienzo mismo imaginaba lo peor. -A ello siguió un recuerdo de la llegada a Viena,
las impresiones que recibieron de los parientes que las esperaban, el corto viaje desde Viena
hasta la villa cercana donde vivía la hermana, la llegada allí al atardecer, el camino, recorrido
con premura, a través del jardín hasta el pequeño pabellón que daba a aquel, el silencio en la
casa, la oscuridad oprimente; cuenta que el cuñado no salió a recibirlas; luego, estaban de pie
ante el lecho, vieron a la muerta, y en el momento de la cruel certidumbre de que la hermana
querida había muerto sin despedirse de ellas, sin que el cuidado de ellas fuera el bálsamo de
sus últimos días... en ese mismo momento un pensamiento otro pasó como un
estremecimiento por el cerebro de Elisabeth, pensamiento que ahora se había instalado de
nuevo irrechazablemente; pasó como un rayo refulgente en medio de la oscuridad: «Ahora él
está de nuevo libre, y yo puedo convertirme en su esposa».
Así todo quedaba en claro. El empeño del analista era recompensado abundantemente: la idea
de la «defensa» frente a una representación inconciliable; de la génesis de síntomas histéricos
por conversión de una excitación psíquica a lo corporal; de la formación de un grupo psíquico
separado por el acto de voluntad que lleva a la defensa: todo eso me fue puesto en aquel
momento ante los ojos de un modo visible. Así y no de otra forma había sucedido todo aquí.
Esta muchacha había regalado a su cuñado una inclinación tierna, contra cuya admisión se
revolvía dentro de su conciencia todo su ser moral. Había conseguido ahorrarse la dolorosa
certidumbre de que amaba al marido de su hermana creándose a cambio unos dolores
corporales, y en los momentos en que esa certidumbre pretendía imponérsele (durante el paseo
con él, en aquella ensoñación matinal, en el baño, ante el lecho de la hermana) habían sido
generados aquellos dolores por una lograda conversión a lo somático. En la época en que la
tomé bajo tratamiento, ya se había consumado la segregación -de su saber- de los grupos de
representaciones referidas a ese amor; opino que de otro modo nunca habría consentido en tal
tratamiento; la resistencia que ella repetidas veces había contrapuesto a la reproducción de
escenas de eficacia traumática correspondía realmente a la energía con la cual la
representación inconciliable había sido esforzada afuera de la asociación.
Ahora bien, para el terapeuta sobrevino primero un período malo. El efecto de la readmisión de
aquella representación reprimida fue desconsolador para la pobre criatura. Cuando le resumí el
estado de la causa con escuetas palabras -desde hacía mucho tiempo estaba enamorada de
su cuñado-, se puso a proferir ayes. En ese instante se quejó de dolores crudelísimos, hizo
todavía un desesperado intento por rechazar ese esclarecimiento. Que eso no es cierto, que yo
se lo había sugerido, que no puede ser, que ella no es capaz de semejante perversidad. Y
tampoco se lo perdonaría nunca. Resultó fácil demostrarle que sus propias comunicaciones no
admitían otra interpretación, pero hubo de pasar largo tiempo hasta que le hicieran alguna
impresión las razones de consuelo que yo le aduje: uno es irresponsable por sus propios
sentimientos, y su conducta, el haber enfermado bajo aquellas ocasiones, era suficiente
testimonio de su naturaleza moral.
Me vi precisado entonces a emprender más
de un camino para procurar alivio a la enferma.
Primero quise darle la oportunidad de aligerarse por «abreacción» de esa excitación
almacenada desde hacía tanto tiempo. Exploramos las primeras impresiones del trato con su
cuñado, el comienzo de esa inclinación que se mantuvo inconciente. Aquí se hallaron todos
aquellos pequeños signos previos y vislumbres desde los cuales una pasión plenamente
desarrollada permite comprender tantas cosas en visión retrospectiva. En su primera visita a la
casa, había creído él que era ella la novia que le estaba destinada, y la saludó antes que a las
hermanas mayores, que no estaban presentes. Cierto atardecer platicaban entre ellos con tanta
vivacidad y parecían entenderse tan bien que la novia los interrumpió con esta observación,
dicha medio en serio: «En verdad, harían ustedes muy buena pareja». Otra vez fue en una
reunión social; los asistentes todavía no sabían nada sobre los esponsales, y la conversación
recayó sobre el joven: una dama criticó cierto defecto de su figura que era secuela de una
enfermedad juvenil a los huesos. La novia misma permaneció impasible, pero Elisabeth se
sobresaltó y abogó por la buena estampa de su futuro cuñado con un celo que luego a ella
misma le resultó incomprensible. En el proceso a través del cual reelaboramos estas
reminiscencias, se volvió claro para Elisabeth que el sentimiento de ternura hacia su cuñado era
de larga data, quizá dormitaba en ella desde que se conocieron y durante mucho tiempo se
había escondido tras la máscara de una mera afección hacia un pariente, bien comprensible en
ella dado su alto sentido de familia.
Esta abreacción le hizo decididamente muy bien; más alivio aún pude aportarle ocupándome
como un amigo de situaciones del presente. Con ese propósito busqué conversar con la señora
Von R., en quien hallé a una dama razonable y fina, aunque su coraje de vivir había padecido
bajo los últimos golpes del destino. Por ella me enteré de que el reproche de exacción
desconsiderada, que el primer cuñado había elevado contra el viudo y tanto doliera a Elisabeth,
debió ser retirado tras una averiguación mejor. El carácter del joven no había sufrido mengua;
un malentendido, una diferencia harto comprensible en la apreciación del dinero entre el
comerciante, para quien aquel es un instrumento de trabajo, y el opuesto modo de ver del
empleado; eso era todo, nada más había de cierto en ese hecho al parecer tan penoso. Rogué
a la madre que en lo sucesivo diera a Elisabeth todos los esclarecimientos de que ella
necesitaba, y le siguiera brindando aquella oportunidad de comunicación anímica a la que yo la
había habituado.
Desde luego, me interesó saber también qué perspectivas tenía el deseo de la muchacha,
devenido ahora conciente, de hacerse realidad. ¡Ah! Aquí las cosas tenían un aspecto menos
favorable. La madre dijo que hacía tiempo había vislumbrado la inclinación de Elisabeth hacia su
cuñado, aunque no sabía que pudiera haberla tenido ya en vida de su hermana. Quien los viera
juntos -cosa que se había vuelto muy rara- no podía albergar ninguna duda sobre el propósito de
la muchacha de gustarle. Sólo que ni ella, la madre, ni quienes aconsejaban en la familia eran
muy partidarios de una unión matrimonial de ellos. La salud del joven no era muy buena y había
sufrido un nuevo golpe con la muerte de su amada esposa; tampoco era muy seguro que se
hubiera recuperado en lo anímico como para volver a casarse. Era probable -me siguió diciendo
la madre- que él se mantuviera tan reservado porque, sin estar seguro de que lo aceptarían, no
quería entablar conversación sobre el tema. Dada esta reserva de ambas partes, era muy
posible que fracasara la solución que Elisabeth ansiaba para sí.
Comuniqué a la muchacha todo cuanto había averiguado de la madre, y tuve el contento de
hacerle un bien esclareciéndole aquel asunto de dinero; por otra parte, la exhorté a soportar en
calma la incertidumbre sobre el futuro, que no se podía disipar. Pero como era ya avanzado el
verano, fue preciso poner fin al tratamiento. De nuevo se encontraba mejor, de sus dolores ni se
hablaba entre nosotros desde que nos ocupábamos de la causa a la que se pudieron
reconducir. Ambos teníamos la sensación de haber terminado, aunque yo me dije que la
abreacción de la ternura retenida no se había hecho de una manera en verdad muy completa.
La di por curada, aunque le prescribí que continuara por su cuenta con esa solución, una vez
encaminada, y ella no me contradijo. Partió de viaje con su madre para encontrarse con su
hermana mayor y su familia en una residencia veraniega que compartirían.
He de informar todavía brevemente sobre la ulterior trayectoria de la enfermedad en la señorita
Elisabeth ven R. Algunas semanas después de nuestra despedida recibí una carta desesperada
de la madre; me comunicaba que al primer intento de hablar con Elisabeth sobre los asuntos de
su corazón, ella se rebeló con total indignación y desde entonces le habían vuelto unos violentos
dolores; estaba disgustada conmigo por haberle traicionado su secreto, se mostraba
enteramente inaccesible, la cura se había arruinado de una manera total. ¿Qué hacer ahora?
Ella no quería saber nada conmigo. Yo no di ninguna respuesta; era de esperar que hiciera
todavía el intento de rechazar la intromisión de la madre y recogerse en su reserva después que
se había soltado de mi yugo. Pero yo tenía algo así como la certeza de que todo se arreglaría,
de que mí empeño no había sido en vano. Dos meses después estaban de regreso en Viena, y
el colega a quien debía mi presentación ante la enferma me trajo la noticia de que Elisabeth se
encontraba completamente bien, se comportaba como sana, aunque, cierto es, de vez en
cuando aún tenía dolores. Desde entonces, ella me ha enviado repetidas veces parecidos
recados, y siempre me prometía visitarme; pero es característico de la relación personal que se
plasma en tales tratamientos que nunca lo haya hecho. Según me asegura mi colega, se la
debe considerar curada; la relación del cuñado con la familia no ha variado.
En la primavera de 1894 me enteré de que concurriría a un baile, para el cual pude procurarme
acceso, y no dejé escapar la oportunidad de ver a mi antigua enferma en el alígero vuelo de una
rápida danza. Más tarde, por su libre inclinación, se casó con un extraño.
Epicrisis
No he sido psicoterapeuta siempre, sino que me he educado, como otros neuropatólogos, en
diagnósticos locales Y' electroprognosis, y por eso a mí mismo me resulta singular que los
historiales clínicos por mí escritos se lean como unas novelas breves, y de ellos esté ausente,
por así decir, el sello de seriedad que lleva estampado lo científico. Por eso me tengo que
consolar diciendo que la responsable de ese resultado es la naturaleza misma del asunto, más
que alguna predilección mía; es que el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no cumplen
mayor papel en el estudio de la histeria, mientras que una exposición en profundidad de los
procesos anímicos como la que estamos habituados a recibir del poeta me permite, mediando
la aplicación de unas pocas fórmulas psicológicas, obtener una suerte de intelección sobre la
marcha de una histeria. Tales historiales clínicos pretenden que se los aprecie como
psiquiátricos, pero en una cosa aventajan a estos: el íntimo vínculo entre historia de
padecimiento y síntomas patológicos, que en vano buscaríamos en las biografías de otras
psicosis.
Me he empeñado en entretejer los esclarecimientos que puedo dar sobre el caso de la señorita
Elisabeth von R. en la exposición de su historial de curación; acaso no sea superfluo repetir aquí
lo esencial en su trabazón. He descrito el carácter de la enferma, los rasgos que se repiten en
tantos histéricos y que en verdad no parece que se puedan atribuir a una degeneración: talento,
ambición, fineza moral, necesidad hipertrófica de amor, que al comienzo halla su satisfacción
dentro de la familia; la independencia de su naturaleza, que rebasaba en mucho al ideal
femenino y que se exteriorizaba en una buena porción de terquedad, espíritu combativo y
reserva. Según lo informado por mí colega, en ninguna de las ramas de su familia se
pesquisaba un lastre hereditario considerable; es cierto que su madre padeció durante años una
desazón neurótica no explorada en detalle; pero sus hermanas, el padre y la familia de este
podían contarse entre las personas equilibradas, no nerviosas. Entre los parientes más
cercanos no se había producido ningún caso grave de neuropsicosis.
Ahora bien, sobre esta naturaleza obraron unas dolientes emociones; en primer lugar, el influjo
despotenciador de un largo cuidado de su amado padre enfermo.
Hay buenas razones para que el cuidado de un enfermo desempeñe tan significativo papel en la
prehistoria de la histeria. Una serie de los factores eficientes en ese sentido es evidente: la
perturbación del estado corporal por dormir a saltos, el descuido del propio cuerpo, el efecto de
rechazo que sobre las funciones vegetativas ejerce una preocupación que a uno lo carcome;
sin embargo, yo estimo que lo esencial se encuentra en otra Parte. Quien tiene la mente
ocupada por la infinidad de tareas que supone el cuidado de un enfermo, tareas que se suceden
en interminable secuencia a lo largo de semanas y de meses, por una parte se habitúa a
sofocar todos los signos de su propia emoción y, por la otra, distrae pronto la atención de sus
propias impresiones porque le faltan el tiempo y las fuerzas para hacerles justicia. Así, el
cuidador de un enfermo almacena en su interior una plétora de impresiones susceptibles de
afecto; apenas si se las ha percibido con claridad, y menos todavía pudieron ser debilitadas por
abreacción. Así se crea el material para una «histeria de retención». Si el enfermo cura, todas
esas impresiones son fácilmente desvalorizadas; pero si muere, irrumpe el tiempo del duelo, en
el cual sólo parece valioso lo que se refiere al difunto, y entonces les toca el turno también a
esas impresiones que aguardaban tramitación y, tras un breve intervalo de agotamiento, estalla
la histeria cuyo germen se había instilado mientras se cuidaba al enfermo.
En ocasiones, este mismo hecho de la tramitación con posterioridad
{nachträglich} de los
traumas reunidos durante el cuidado al enfermo se encuentra también donde no se genera la
impresión global de la condición patológica, pero el mecanismo de la histeria se ha mantenido.
Así, conozco a una señora de elevadas dotes que padece de una leve afección nerviosa; todo
su ser testimonia a la histérica, aunque ella nunca ha importunado a los médicos y jamás se vio
obligada a interrumpir el cumplimiento de sus deberes. Esta señora ya ha cuidado hasta la
muerte a tres o cuatro de sus deudos queridos, y cada vez hasta llegar al total agotamiento
físico, pero luego de esas tristes operaciones no contrajo enfermedad alguna. Sin embargo,
poco después de la muerte del enfermo empieza en ella el trabajo de reproducción que vuelve a
ponerle ante los ojos las escenas de la enfermedad y de la muerte. Cada día recorre una de
esas impresiones de nuevo, llora por ella y se consuela -uno diría: en su tiempo libre-.
Semejante tramitación se le enhebra a través de los quehaceres del día sin que ambas
actividades se enreden. Y el todo va pasando en ella por orden cronológico. Si el trabajo de
recuerdo de un día coincide exactamente con un día del pasado, yo no lo sé. Conjeturo que ello
depende del tiempo libre que le dejan los quehaceres hogareños.
Además de estas «lágrimas reparadoras», que con breve intervalo siguen a la muerte, esta
señora todos los años celebra unas periódicas conmemoraciones solemnes hacia la época de
cada una de esas catástrofes, y aquí su viva reproducción visual y su exteriorización de afectos
obedecen fielmente a la fecha. Por ejemplo, la encuentro bañada en lágrimas y le pregunto por
simpatía qué ha sucedido hoy. Rechaza el interrogatorio a medías enojada: «¡Ah, no! Sólo fue
que el especialista N. estuvo de nuevo ahí y nos dio a entender que nada se podía esperar. Yo
no tuve tiempo de llorar en aquel momento». Se refiere a la fatal enfermedad de su marido,
muerto tres años atrás. Sería para mí muy interesante saber si en estas conmemoraciones
solemnes que retornan año tras año se le repiten siempre las mismas escenas, o cada vez son
detalles diferentes los que se presentan para su abreacción, como yo lo conjeturaría teniendo
en cuenta mi teoría. Pero no puedo averiguar nada seguro sobre eso; esta señora, tan
inteligente como fuerte, se avergüenza de la intensidad con que obran sobre ella tales
reminiscencias.
Lo descarto de nuevo: esta mujer no se halla enferma; la abreacción subsecuente no es, a
pesar de su semejanza, un proceso histérico. Cabe preguntarse, entonces, por qué en una
persona sobreviene una histeria tras cuidar a un enfermo, y en otra no. No puede deberse a la
predisposición personal, puesto que en la dama a que me he referido esta última estaba
presente en máxima medida.
Vuelvo a la señorita Elisabeth von R. Mientras cuidaba a su padre, pues, se generó en ella por
vez primera un síntoma histérico; era un dolor en una parte definida del muslo derecho. El
mecanismo de este síntoma se puede iluminar suficientemente sobre la base del análisis. Hubo
un momento en que el círculo de representaciones de sus deberes hacia el padre enfermo entró
en conflicto con el contenido que en aquella época tenía su ansiar erótico. En medio de vivos
autorreproches, se decidió en favor de lo primero y así se creó el dolor histérico.
Según la concepción que parece convenir a la teoría de la histeria como conversión, cabría
exponer el proceso del siguiente modo: ella reprimió {desalojó} la representación erótica de su
conciencia y trasmudó su magnitud de afecto a una sensación de dolor somático. No quedó en
claro sí este primer conflicto se presentó una sola vez o repetidas veces; más probable es lo
segundo. Un conflicto totalmente similar -aunque de superior significatividad moral y mejor
atestiguado por el análisis- se repitió unos años después y condujo a un aumento de esos
mismos dolores y a su difusión más allá de las fronteras inicialmente establecidas. De nuevo
era un círculo de representaciones eróticas el que entraba en conflicto con todas sus
representaciones morales, pues la inclinación recaía sobre su cuñado, y tanto en vida de su
hermana como después de su muerte era para ella un pensamiento inaceptable que ansiara
justamente a ese hombre para sí. El análisis proporcionó detallada noticia sobre este conflicto
que constituye el punto central del historial clínico. Acaso la inclinación de la enferma hacia su
cuñado germinaba desde mucho antes; su desarrollo fue favorecido por el agotamiento físico
tras el nuevo cuidado de enfermo, el agotamiento moral tras varios años de desengaños; su
tiesura interior empezó a aflojarse por entonces, y ella se confesó que necesitaba el amor de un
hombre. Al tratarlo durante semanas (en aquel lugar de restablecimiento), esa inclinación
erótica alcanzó su plasmación plena juntamente con los dolores, y para la misma época el
análisis atestigua un particular estado psíquico de la enferma, estado cuya conjunción con
aquella inclinación y los dolores parece posibilitar una inteligencia del proceso en el sentido de la
teoría de la conversión.
Debo arriesgar, en efecto, la tesis de que en aquella época la enferma no era claramente
conciente de la inclinación hacia su cuñado, por intensa que ella fuera, salvo en rarísimas
ocasiones y, aun en estas, por contados momentos. De no haber sido así, habría devenido
conciente de la contradicción entre esa inclinación y sus representaciones morales, y por fuerza
sufriría unos martirios anímicos como le vi padecer tras nuestro análisis. Su recuerdo no tenía
nada para informar sobre tales padeceres, se los había ahorrado; por lo tanto, ella misma no
había tenido clara su inclinación. En aquel tiempo, como en el del análisis, el amor por su
cuñado estaba presente en su conciencia al modo de un cuerpo extraño, sin que hubiera
entrado en vinculaciones con el resto de su representar. Había preexistido ese singular estado
de saber y al mismo tiempo no saber con respecto a esa inclinación, el estado del grupo
psíquico divorciado. Pues bien, no se mienta otra cosa cuando uno asevera que esa inclinación
no le había sido «claramente conciente»; no se mienta una cualidad inferior ni un grado más
bajo de conciencia, sino un divorcio del libre comercio de pensamiento asociativo con los
restantes contenidos de representación.
Ahora bien, ¿cómo pudo suceder que un grupo de representación de tan intenso acento se
mantuviera tan aislado
{isoIieren}? Ello se nos plantea porque, en general, con la magnitud de
afecto de una representación aumenta también su papel en la asociación.
Uno puede responder esta pregunta si toma en consideración dos hechos que es lícito emplear
como bien certificados: 1 ) que los dolores histéricos se generaron al mismo tiempo que se
formó aquel grupo psíquico separado, y 2) que la enferma oponía una gran resistencia al intento
de establecer la asociación entre el grupo psíquico separado y sus restantes contenidos de
conciencia, y cuando esa reunión a pesar de todo se consumó, sintió un gran dolor psíquico.
Nuestra concepción de la histeria conjuga ambos factores con el hecho de la escisión de
conciencia, afirmando: el punto 2 contiene la referencia al
motivo de la escisión de conciencia, y
el punto 1 a su
mecanismo. El motivo era el de la
defensa, la revuelta del yo todo a conciliarse
con ese grupo de representación; el mecanismo era el de la
conversión, vale decir, en lugar de
los dolores anímicos que ella se había ahorrado emergieron los corporales; así se introdujo una
trasmudación de la que resultó, como
ganancia, que la enferma se había sustraído de un estado
psíquico insoportable, es cierto que al costo de una anomalía psíquica -la escisión de
conciencia consentida- y de un padecer corporal -los dolores, sobre los cuales se edificó una
astasia-abasia-.
En verdad, no puedo proporcionar una especificación del modo en que se establece una
conversión así; es evidente que no se la crea como se ejecuta adrede una acción voluntaria: es
un proceso que se consuma en un individuo bajo la impulsión del motivo de la defensa, cuando
ese individuo -en su organización, o en una eventual modificación de esta- es portador de la
proclividad para ello.
Es justo exigir a la teoría y preguntar: ¿Qué se muda aquí en dolor corporal? La cauta respuesta
rezará: algo desde lo cual habría podido y debido devenir dolor anímico. Si uno se atreve a dar
un paso más y a ensayar una suerte de figuración algebraica de la mecánica de la
representación, puede atribuir al complejo de representación de esta inclinación que ha
permanecido inconciente un cierto monto de afecto, y designar a esta última cantidad como la
convertida. Una consecuencia directa de esta concepción sería que el «amor inconciente»
perdiera tanto en intensidad, en virtud de esa conversión, que resultara deprimido a la condición
de una representación débil; y entonces sería este debilitamiento, y sólo él, el que posibilitaría su
existencia como grupo psíquico divorciado. Sin embargo, el presente caso no es apto para
ofrecer contenido intuitivo en esta materia tan espinosa. Es probable que sólo corresponda a
una conversión incompleta; otros casos nos muestran con verosimilitud que se producen
también conversiones completas y que en estas la representación inconciliable ha sido de
hecho «reprimida» como sólo puede serlo una representación muy poco intensiva. Consumada
la reunificación asociativa, los enfermos aseveran que desde la génesis del síntoma histérico
nunca más se ocuparon en su pensamiento de la representación inconciliable.
Sostuve antes que en ciertas oportunidades, si bien de manera sólo fugitiva, la enferma
discernía también concientemente el amor hacia su cuñado. Un momento así fue, por ejemplo,
cuando ante el lecho de su hermana se le pasó por la cabeza el pensamiento: «Ahora él queda
libre y tú puedes convertirte en su esposa». Debo elucidar el significado de este momento para
la concepción de la neurosis en su conjunto. Pues bien, opino que en el supuesto de una
«histeria de defensa» ya está contenida la exigencia de que haya ocurrido al menos uno de tales
momentos. Antes de él la conciencia no sabe cuándo se instalará una representación
inconciliable; esta, que luego será excluida junto con su séquito para la formación de un grupo
psíquico separado, tiene que ser inicialmente admitida en el comercio de pensamiento, pues de
lo contrario no se habría producido el conflicto que llevó a su exclusión.
Justamente a esos momentos, pues, cabe designar «traumáticos»; en ellos ha sobrevenido la
conversión cuyos resultados son la escisión de conciencia y el síntoma histérico. En la señorita
Von R. todo indica una multiplicidad de tales momentos (las escenas de la caminata, la
meditación matinal, el baño, ante el lecho de la hermana); y hasta quizá nuevos momentos de
esa índole ocurrieron en el curso del tratamiento. En efecto, la multiplicidad de esos momentos
traumáticos es posibilitada por el hecho de que una vivencia semejante a la que introdujo por
primera vez la representación inconciliable aporta excitación nueva al grupo psíquico divorciado,
y así cancela provisionalmente el éxito de la conversión. El yo se ve precisado a ocuparse de
esta representación reforzada que surge como súbito relámpago y a restablecer el estado
anterior mediante una nueva conversión. La señorita Elisabeth, que mantenía continuo trato con
su cuñado, por fuerza estaba expuesta de particular modo a la emergencia de nuevos traumas.
Para esta exposición yo habría preferido un caso cuya historia traumática estuviera clausurada
en el pasado.
Ahora debo ocuparme de un punto que he señalado como una dificultad para entender el
presente historial clínico. Sobre la base del análisis supuse que en la enferma sobrevino una
primera conversión mientras cuidaba a su padre, y ello en el momento en que sus deberes
como cuidadora entraron en querella con su ansiar erótico; y que ese proceso fue el arquetipo
del otro, posterior, que llevó al estallido de la enfermedad en aquel lugar de restablecimiento
alpino. Sin embargo, de las comunicaciones de la enferma se desprende que en la época de su
cuidado del padre y en el lapso que siguió, que yo he designado como «primer período»,
no
sufrió dolores ni debilidad al caminar. Es verdad que unos dolores en los pies la postraron en
cama durante algunos días cuando la enfermedad de su padre, pero era dudoso que ese ataque
debiera atribuirse ya a la histeria. En el análisis no se comprobó vínculo causal alguno entre
estos primeros dolores e impresiones psíquicas cualesquiera; es posible, y aun verosímil, que
en ese tiempo se tratara de dolores reumáticos musculares, comunes. Y aunque uno se
aviniera a suponer que ese primer ataque de dolores fue el resultado de una conversión
histérica a consecuencia de la desautorización de sus pensamientos eróticos de entonces,
permanece inconmovible el hecho de que los dolores desaparecieron a los pocos días, de
suerte que la enferma parecía haberse comportado en la realidad de manera diversa a la que
mostraba en el análisis. Durante la reproducción del llamado primer período, acompañaba todos
los relatos de la enfermedad y muerte del padre, de las impresiones recibidas en su trato con el
primer cuñado, etc., con exteriorizaciones de dolores, en tanto que en la época en que vivenció
esas impresiones no había registrado dolor alguno. ¿No es esta una contradicción apta para
disminuir en mucho la confianza en el valor esclarecedor de semejante análisis?
Creo poder solucionar la contradicción suponiendo que los dolores -el producto de la
conversión- no se generaron mientras la enferma vivenciaba las impresiones del primer período,
sino con efecto retardado
(nachträglich}, vale decir, en el segundo período, cuando la enferma
reprodujo esas impresiones en sus pensamientos. La conversión no habría seguido a las
impresiones frescas, sino al recuerdo de ellas. Por lo demás, opino que un proceso así no es
nada desacostumbrado en la histeria, tiene participación regular en la génesis de los síntomas
histéricos. Pero como es evidente que una aseveración como esta no ilumina el problema,
intentaré hacerla verosímil exponiendo otras experiencias.
Cierta vez me sucedió, durante un tratamiento analítico de esta clase, que en una enferma se
plasmara un síntoma histérico nuevo, de suerte que yo pude abordar su remoción al día
siguiente de su génesis. Intercalaré aquí, en sus rasgos esenciales, la historia de esta enferma;
es bastante simple y no carece de interés.
La señorita Rosalia H., de veintitrés años, está desde hace algunos años empeñada en
formarse como cantante; se queja de que su bella voz no le obedece en ciertas escalas. Le
sobreviene una sensación de ahogo y opresión en la garganta, y las notas suenan como
estranguladas; por eso su maestro no ha podido todavía autorizarla a presentarse ante el
público; como esta imperfección sólo afecta su registro medio, no se la puede explicar por un
defecto de sus órganos vocales; y a veces la perturbación desaparece por completo, de suerte
que el maestro se declara muy satisfecho, en tanto que, en otras ocasiones, a la excitación
más leve, o aun sin que medie en apariencia razón alguna, he ahí de nuevo la sensación de
opresión, y estorbado el libre despliegue de la voz. No era difícil discernir, en esta importuna
sensación, la conversión histérica; no comprobé si de hecho sobrevenía una contractura en
ciertos músculos de las cuerdas vocales. He aquí lo que averigüé, en el análisis hipnótico
que emprendí con la muchacha, acerca de sus peripecias y, así, de la causación de sus males.
Huérfana a edad temprana, había sido recogida en la casa de una tía que a su vez tenía muchos
hijos, viéndose forzada, pues, a participar en una vida familiar en extremo infeliz. El marido de
esta tía, un hombre de personalidad evidentemente patológica, maltrataba a su mujer y a los
niños de la manera más brutal y, en particular, los afrentaba con su desembozada predilección
sexual por las muchachas de servicio y niñeras que vivían en la casa, lo cual se volvía más y
más chocante a medida que los niños crecían. Cuando la tía falleció, Rosalia se convirtió en la
protectora de ese grupo de niños huérfanos y oprimidos por el padre. Tomó en serio sus
deberes y libró todos los conflictos que ese puesto le marcaba, pero debía hacer los mayores
esfuerzos para sofocar las exteriorizaciones de su odio y su desprecio hacía el tío. Fue
entonces cuando se generó en ella la sensación de opresión en la garganta. Cada vez que
debía guardarse una respuesta, que se hacía violencia para permanecer tranquila frente a una
falta indignante, sentía la irritación en la garganta, la opresión, la denegación de la voz; en suma:
todas las sensaciones localizadas en laringe y faringe que ahora la perturbaban al cantar. Era
comprensible que ella buscara la posibilidad de independizarse a fin de escapar a tales
inquietudes y penosas impresiones que recibía diariamente en casa de su tío. Un excelente
maestro de canto la aceptó desinteresadamente y le aseguró que por su voz estaba justificada
en escoger el oficio de cantante. Entonces empezó en secreto a tomar lecciones con él, pero
como a menudo llegaba allí a toda prisa con esa opresión todavía en la garganta, frecuentísima
secuela de las violentas escenas hogareñas, se consolidó un vínculo entre el cantar y la
parestesia histérica, cuya vía ya era indicada por la sensibilidad de órgano al cantar. El aparato
del que habría debido disponer libremente en esa actividad se mostraba investido con restos de
inervación tras aquellas numerosas escenas de excitación sofocada. Había abandonado desde
entonces la casa de su tío, se había trasladado a una ciudad alejada para poner distancia
respecto de su familia, pero con ello no se superaba el impedimento. Esta bella muchacha, de
inteligencia nada común, no mostraba otros síntomas histéricos.
Me empeñé en tramitar esta «histeria de retención» reproduciendo todas las impresiones
excitadoras, y abreaccionándolas con efecto retardado
{nachträglicb} . La hice insultar al tío,
dirigirle filípicas, decirle en la cara toda la verdad, etc. Y este tratamiento le hizo muy bien; por
desgracia, ella vivía mientras tanto en condiciones harto desfavorables. No tenía suerte con sus
parientes. Era huésped en casa de otro tío, quien la acogió amistosamente, pero por eso mismo
despertó el disgusto de la tía. Esta mujer conjeturaba en su marido un interés de mayor hondura
por su sobrina, y lo dispuso todo para estropearle totalmente a la muchacha su estadía en
Viena. Ella misma en su juventud se había visto precisada a resignar sus inclinaciones
artísticas, y ahora sentía envidia por la sobrina que podía cultivar su talento aunque en el caso
de esta no fuera la inclinación, sino la urgencia por independizarse, lo que la llevaba a abrazar
esa senda. Rosalie se sentía tan incómoda en la casa que, por ejemplo, no osaba cantar
ni tocar el piano si su tía se hallaba cerca como para escucharla, y ponía cuidado en evitar
cantar o tocar algo para su tío, hombre por lo demás ya anciano -hermano de su madre-,
cuando la tía podía llegar. Mientras yo me empeñaba en tachar las huellas de antiguas
excitaciones, de esas circunstancias imperantes en casa de sus huéspedes se generaban
otras nuevas, que en definitiva perturbaron el éxito de mi tratamiento e interrumpieron
prematuramente la cura.
Cierto día la paciente se me presentó con un síntoma de nueva data, apenas de veinticuatro
horas antes. Se quejó de una desagradable comezón en la punta de los dedos que desde ayer
le aparecía cada tantas horas y la constreñía, muy en particular, a hacer movimientos como de
dar papirotazos. No pude ver el ataque, pues de otro modo tal vez habría colegido, viendo los
movimientos de los dedos la ocasión; pero enseguida intenté ponerme sobre el rastro del
fundamento del síntoma (en verdad, del pequeño ataque histérico) mediante análisis hipnótico.
Como el todo llevaba tan breve existencia, yo esperaba poder producir un esclarecimiento y una
tramitación rápidos. Para mi asombro, la enferma me aportó -sin titubear y en orden
cronológico- toda una serie de escenas, a partir de la primera infancia, que tenían algo en
común: ella había tolerado una injusticia sin defenderse, y de tal suerte que al mismo tiempo los
dedos podían darle respingos. Por ejemplo, escenas como la de la escuela, donde debió tender
la mano sobre la cual el maestro le dio un golpe con la regla. Pero eran ocasiones triviales, cuyo
derecho a intervenir en la etiología de un síntoma histérico yo habría cuestionado. Diversa era la
situación con una escena de sus primeros años de doncella, que siguió a aquellas. El tío malo,
que padecía de reumatismo, le había pedido que lo masajeara en la espalda. Ella no se atrevió a
rehusarse. Yacía él mientras tanto en la cama; de pronto se destapó
{abwerfen die Decke},. se
levantó, quiso atraparla y voltearla
{hi nwerfen}. Desde luego, ella interrumpió los masajes, y un
momento después había huido a refugiarse encerrándose en su habitación. Era evidente que no
le gustaba acordarse de esa vivencia, y tampoco quiso manifestar si vio algo a raíz del repentino
destape del hombre. La sensación en los dedos acaso se explicaba ahí por el impulso sofocado
a castigarlo, o simplemente se debió a que estaba ocupada con los masajes. Sólo después de
esta escena dio en hablar de la vivenciada ayer, tras la cual se habían instalado la sensación y
los respingos en los dedos como símbolo mnémico recurrente. El tío en cuya casa ahora vivía
le rogó que le tocara algo; se sentó al piano y se acompañaba con el canto en la creencia de
que la tía había salido. Y de repente, he ahí a la tía que llega a la puerta; Rosalia se levanta de un
salto, tapa
{zuwerfen den Deckel} el piano y lanza lejos la partitura; bien se colige, por cierto, el
recuerdo que afloró en ella y la ilación de pensamiento de la que en ese momento se defendió:
la amargura por la injustificada sospecha, destinada en verdad a moverla a abandonar la casa,
mientras que por causa de la cura se veía precisada a permanecer en Viena y no tenía otro
alojamiento. El movimiento de los dedos que vi en la reproducción de esa escena era el de botar
algo, como si uno -literal y figuradamente- rebotara alguna cosa, pasara rápidamente {arrojara
lejos} una partitura o desechara una proposición.
Sostenía con total determinación no haber sentido ese síntoma antes -o sea, con ocasión de las
escenas referidas en primer término-. ¿Qué otra cosa restaba si no suponer que la vivencia de
la víspera había despertado primero el recuerdo de parecidos contenidos de anterior data, y que
luego la formación de un símbolo mnémico había conferido valimiento a todo el grupo de
recuerdos? La conversión fue costeada, en parte, por lo recién vivenciado y, en parte, por un
afecto recordado.
Si se reflexiona sobre el tema con más atención, se deberá admitir que un proceso así ha de
ser calificado de regla, más que de excepción, en la génesis de síntomas histéricos. Casi todas
las veces que investigué el determinismo de esos estados, no descubrí una ocasión única, sino
un grupo de ocasiones traumáticas semejantes (véanse buenos ejemplos en el historial clínico
nº. 2, el de la señora Emmy). En muchos de esos casos se pudo comprobar que el síntoma
respectivo ya había aparecido por breve lapso tras el primer trauma, para retirarse luego, hasta
que un siguiente trauma lo volvió a convocar y lo estabilizó. Ahora bien, entre ese surgimiento
temporario y la total latencia tras las primeras ocasiones no se comprueba, diferencia alguna de
principio, y en un número abrumadoramente grande de ejemplos se demostró, en cambio, que
los primeros traumas no habían dejado como secuela síntoma ninguno, mientras que un trauma
posterior de la misma clase provocó un síntoma que, empero, no pudo prescindir para su
génesis de la cooperación de las ocasiones anteriores, y cuya solución reclamó tomar en
cuenta todas las ocasiones.
Traducido esto a la terminología de la teoría de la conversión, el hecho innegable de la sumación
de los traumas y la latencia previa de los síntomas quiere decir que puede producirse tanto la
conversión de un afecto fresco como la de uno recordado, y este supuesto esclarece por entero
la contradicción en que parecen encontrarse el historial clínico y el análisis de la señorita Von R.
No cabe duda de que las personas sanas toleran en considerable medida la permanencia, en el
interior de su conciencia, de representaciones con afecto no tramitado. La tesis que acabo de
sostener no hace más que aproximar la conducta de los histéricos a la de las personas
normales. Aquí lo que importa es, evidentemente, un factor cuantitativo, a saber, la
cuantía de
esa tensión de afecto conciliable con una organización. También el histérico podrá mantenerla
no tramitada en cierta medida; pero si esta última crece, por sumación de ocasiones
semejantes, más allá de la capacidad de tolerancia
(Tragfähigkeit} del individuo, se ha dado el
empuje hacia la conversión. Por eso no constituye un raro enunciado, sino casi un postulado,
que la formación de síntomas histéricos puede producirse también a expensas de un afecto
recordado.
Ya me he ocupado, pues, de los
motivos y del
mecanismo de este caso de histeria; resta
todavía elucidar el
determinismo del síntoma histérico. ¿Por qué justamente los dolores en las
piernas tomarían sobre sí la subrogación del dolor anímico? Las circunstancias que rodearon el
caso indican que ese dolor somático no fue creado por la neurosis, sino sólo aprovechado por
ella, aumentado y conservado. Y agregaré que algo semejante ocurría en la enorme mayoría de
las algias histéricas que pude llegar a inteligir; siempre había preexistido al comienzo un dolor
real y efectivo, de base orgánica. Son los dolores más comunes y difundidos de la humanidad
los que con mayor frecuencia parecen llamados a desempeñar un papel en la histeria; sobre
todo, los periósticos y neurálgicos a raíz de enfermedades de los dientes, las cefaleas debidas
a fuentes tan diversas, y en medida no menor los dolores reumáticos de los músculos, tan a
menudo desconocidos como tales
. Opino que también tuvo base orgánica el primer ataque de
dolores que la señorita Elisabeth von R. sufrió mientras cuidaba todavía a su padre. En efecto,
no obtuve información alguna cuando busqué una ocasión psíquica para ello, y confieso que me
inclino a otorgar valor diagnóstico-diferencial a mi método de convocar recuerdos escondidos,
siempre que se lo maneje con cuidado. Ahora bien, este dolor originariamente reumático(108)
pasó a ser en la enferma el símbolo mnémico de sus excitaciones psíquicas dolientes, y ello,
hasta donde yo puedo verlo, por más de una razón. Primero y principal, porque estuvo presente
en la conciencia de manera aproximadamente simultánea con aquellas excitaciones; segundo,
porque se enlazaba o podía enlazarse de múltiples modos con el contenido de representación
de aquella época. Quizá no fue más que una consecuencia distante de su cuidado del enfermo,
de la falta de movimiento y la mala alimentación que traía consigo el oficio de cuidadora. Pero
esto difícilmente lo tuviera en claro la enferma; sin duda cuenta más el hecho de que debió de
sentirlo en momentos significativos de ese cuidado, por ejemplo cuando en el frío del invierno
saltaba de la cama para acudir al llamado del padre. Sin embargo, decisiva, sin más, para el
rumbo que tomó la conversión debió de ser la otra modalidad del enlace asociativo: la
circunstancia de que durante una larga serie de días una de sus piernas doloridas entraba en
contacto con la pierna hinchada del padre a raíz del cambio del vendaje. El lugar de la pierna
derecha marcado por ese contacto permaneció desde entonces como el foco y punto de partida
de los dolores, una zona histerógena artificial cuya génesis pude penetrar con claridad en este
caso.
Si alguien se asombrase por este enlace asociativo entre dolor físico y afecto psíquico
considerándolo demasiado múltiple y artificioso, yo respondería que ello es tan injustificado
como manifestar asombro por el hecho de que «en el mundo sean justamente los más ricos los
que poseen la mayor cantidad de dinero». De no mediar tal profuso enlace, no se forma
síntoma histérico alguno, y la conversión no halla un camino; además, puedo asegurar que el
ejemplo de la señorita Elisabeth von R. se cuenta, respecto del determinismo, entre los más
simples. En el caso de la señora Cácilie M., en particular, he debido solucionar los más
enmarañados nudos de esta índole.
Ya elucidé en el historial clínico cómo la astasia-abasia de nuestra enferma se edificó sobre
esos dolores una vez que a la conversión se le abrió un camino determinado. Pero allí sustenté
también la tesis de que la enferma creó o acrecentó la perturbación funcional por vía de
simbolización, vale decir, halló en la abasia-astasia una expresión somática de su falta de
autonomía, de su impotencia para cambiar en algo las circunstancias; y de que los giros
lingüísticos «No avanzar un paso», «No tener apoyo», etc., constituyeron los puentes para ese
nuevo acto de conversión. Me empeñaré en sustentar esta concepción mediante otros
ejemplos.
La conversión sobre la base de una simultaneidad, preexistiendo ya un enlace asociativo,
parece plantear mínimos reclamos a la predisposición histérica; en cambio, la conversión por
simbolización parece requerir un alto grado de modificación histérica, como también en la
señorita Elisabeth se pudo comprobar sólo en el estadio posterior de su histeria. Los mejores
ejemplos de simbolización los he observado en la señora Cäcilie M., a cuyo caso tengo derecho
a designar el más difícil e instructivo que de histeria yo haya tenido. Ya indiqué que, por
desdicha, este historia] clínico no puede ser expuesto en detalle.
La señora Cácilie sufría, entre otras cosas, de una violentísima neuralgia facial que le emergía
de repente dos o tres veces por año, le duraba de cinco a diez días, desafiaba cualquier terapia
y después cesaba como si la hubieran amputado. Estaba limitada a las ramas segunda y
tercera del trigémino, y como había sin lugar a dudas uratemia, y un «rheumatismus acutus» no
del todo claro había desempeñado cierto papel en el historial de la enferma, el diagnóstico de
neuralgia gotosa era casi natural. Este diagnóstico era compartido por los médicos llamados a
consulta y que vieron cada uno de sus ataques; la neuralgia estaba destinada a que la trataran
con los métodos usuales: pincelación eléctrica, aguas alcalinas, purgantes, pero en todos los
casos se mantenía incólume hasta que le daba la gana de dejar el sitio a otro síntoma. En los
primeros años -la neuralgia ya llevaba quince-, se culpó a los dientes de alimentar esa dolencia;
los condenaron a la extracción, y un buen día, previa narcosis, se consumó la ejecución de siete
de los malhechores. Pero no fue tan fácil; los dientes estaban implantados con tal firmeza que
fue preciso dejarles las raíces en la mayoría de los casos. Exito ninguno tuvo esta operación
cruel: ni temporario ni duradero. La neuralgia se descargó esa vez durante meses. También en
la época en que yo emprendí mi tratamiento, a cada neuralgia llamaban al odontólogo; y todas
las veces él declaraba hallar raíces enfermas, ponía manos a la obra, pero por lo común
interrumpía a poco andar pues la neuralgia desaparecía de repente y, con ella, la demanda de
odontólogo. En los intervalos, los dientes no dolían. Cierta vez en que un ataque descargaba
sus furias, fui movido por la enferma al tratamiento hipnótico, dicté para los dolores una
prohibición muy enérgica y ellos cesaron en lo sucesivo. Así empecé a dudar de la autenticidad
de esa neuralgia.
Más o menos un año después de este éxito terapéutico hipnótico, el estado patológico de la
señora Cäcilie cobró un giro nuevo y sorprendente. De pronto le sobrevinieron estados diversos
de los que había padecido en los últimos años, pero, tras alguna meditación, la enferma declaró
que ya los había tenido durante la prolongada duración de su enfermedad (treinta años). Y de
hecho se desenvolvió una sorprendente multitud de incidentes histéricos que la enferma fue
capaz de ir localizando en su correcto lugar del pasado, y pronto se volvieron también
reconocibles las conexiones de pensamientos, harto enmarañadas muchas veces, que
comandaban la secuencia de tales incidentes. Era como una serie de imágenes con un texto
elucidador. Pitres, cuando postuló su
«délire ecmnésique», debió de tener en vista algo de
esta índole. Era en extremo singular el modo en que se reproducían esos estados histéricos
pertenecientes al pasado. Primero, hallándose la enferma con su mejor salud, afloraba un
talante patológico de particular coloración que ella por regla general equivocaba y refería a un
suceso trivial de las últimas horas; luego, con creciente enturbiamiento de la conciencia,
seguían unos síntomas histéricos: alucinaciones, dolores, convulsiones, largas declamaciones;
por último, a todo ello subseguía el afloramiento alucinatorio de una vivencia del pasado que era
apta para explicar el talante inicial y determinar el respectivo síntoma. Con esta última pieza del
ataque de nuevo se hacía la claridad, los achaques desaparecían como por ensalmo e
imperaba de nuevo el bienestar... hasta el siguiente ataque, medio día después. Por lo común
me llamaban en el apogeo de ese estado, yo introducía la hipnosis, convocaba la reproducción
de la vivencia traumática y ponía término al ataque mediante las reglas del arte. Recorrí con la
enferma varios cientos de esos ciclos, y así adquirí las más instructivas informaciones acerca
del determinismo de los síntomas histéricos. Y aun fue la observación de este singular caso en
comunidad con Breuer la ocasión inmediata para que publicáramos nuestra «Comunicación
preliminar».
Dentro de esta trabazón se llegó por fin a reproducir la neuralgia facial, que yo mismo había
tratado ya como ataque actual. Sentía curiosidad por saber si aquí resultaría una causación
psíquica. Cuando intenté convocar la escena traumática, la enferma se vio trasladada a una
época de gran susceptibilidad anímica hacia su marido; contó sobre una plática que tuvo con él,
sobre una observación que él le hizo y que ella concibió como grave afrenta {mortificación};
luego se tomó de pronto la mejilla, gritó de dolor y dijo: «Para mí eso fue como una bofetada». -
Pero con ello tocaron a su fin el dolor y el ataque.
No cabe ninguna duda dé que se había tratado de una simbolización; había sentido como si en
realidad recibiera la bofetada. Ahora todo el mundo preguntará cómo es posible que la
sensación de una «bofetada» se haya podido parecer en lo externo a una neuralgia del
trigémino, limitada a las ramas segunda y tercera, que se acrecentaba al abrir la boca y
masticar ( ¡no al hablar! ) .
Al día siguiente, he ahí de nuevo instalada la neuralgia, sólo que esta vez se pudo solucionar por
la reproducción de otra escena cuyo contenido era, de igual modo, un supuesto ultraje. Y así se
siguió durante nueve días; parecía deducirse que durante años las afrentas, en particular las
inferidas de palabra, habían convocado nuevos ataques de esta neuralgia facial por el camino
de la simbolización.
Finalmente se logró penetrar también hasta el primer ataque de neuralgia (databa de más de
quince años). Aquí no se encontró simbolización alguna, sino una conversión por simultaneidad;
fue una visión dolida a raíz de la cual emergió un reproche, que la movió a refrenar {esforzar
hacia atrás} otra serie de pensamientos. Era, pues, un caso de conflicto y defensa; la génesis
de la neuralgia en este momento ya no sería explicable si uno no supusiera que padecía a la
sazón de dolores leves en los dientes o la cara, lo cual no era improbable, pues se hallaba en
los primeros meses de su primer embarazo.
Entonces, se obtuvo el siguiente esclarecimiento: esa neuralgia había pasado a ser, por el
habitual camino de la conversión, el signo distintivo de una determinada excitación psíquica;
pero en lo sucesivo pudo ser despertada por eco asociativo desde la vida de los pensamientos,
por conversión simbolizadora. En verdad, es el mismo comportamiento que hallamos en la
señorita Elisabeth von R.
Expondré otro ejemplo apto para volver intuitiva la eficacia de la simbolización bajo condiciones
diversas: En cierta época, atormentaba a la señora Cácilie un violento dolor en el talón derecho,
punzadas a cada paso, que le impedían caminar. El análisis nos llevó hasta un tiempo en que la
paciente se encontraba en un sanatorio del extranjero. Había pasado ocho días en su
habitación, y el médico del instituto debía venir a recogerla para que asistiera por primera vez a
la mesa común. El dolor se generó en el momento en que la enferma tomó su brazo para
abandonar la habitación; desapareció en el curso de la reproducción de esa escena, cuando la
enferma manifestó que ella había estado gobernada entonces por el miedo de no
«andar
derecha» en esa reunión de personas extrañas.
Ahora bien, ese parece un ejemplo contundente, casi cómico, de génesis de síntomas
histéricos por simbolización mediante la expresión lingüística. No obstante, si uno examina con
más atención las circunstancias de aquel momento preferirá otra concepción. En esa época la
enferma padecía, en efecto, de dolores en los pies; a causa de ellos había permanecido tanto
tiempo en cama. Y puede admitirse que el miedo que la sobrecogió al dar los primeros pasos
escogiera, de los dolores que estaban presentes de manera simultánea, uno simbólicamente
conveniente en el talón derecho, a fin de plasmarlo como algia psíquica y procurarle una
persistencia particular.
Si en estos ejemplos el mecanismo de la simbolización parece relegado a un segundo plano, lo
cual con seguridad responde a la regla, yo dispongo también de ejemplos que parecen
demostrar la génesis de síntomas histéricos por mera simbolización. He aquí uno de los
mejores, referido también a la señora Cäcilie. Era una muchacha de quince años y estaba en
cama, bajo la vigilancia de su rigurosa abuela. De pronto la niña da un grito, le ha venido un
dolor taladrante en la frente, entre los ojos; le duró varias semanas. A raíz del análisis de este
dolor, que se reprodujo tras casi treinta años, indicó que la abuela la ha mirado de manera tan
«penetrante» que horadó hondo en su cerebro. Y es que tenía miedo de que la anciana señora
sospechara de ella. A raíz de la comunicación de este pensamiento rompió a reír fuertemente, y
hete aquí de nuevo desaparecido el dolor. Yo no veo en esto nada más que el mecanismo de la
simbolización, intermedio en cierta medida entre el mecanismo de la
autosugestión y el de la
conversión.
Esa observación que hice en la señora Cäcilie M. me dio oportunidad de reunir una verdadera
colección de tales simbolizaciones. Toda una serie de sensaciones corporales, que de ordinario
se mirarían como de mediación orgánica, eran en ella de origen psíquico o, al menos, estaban
provistas de una interpretación psíquica. Una serie de vivencias iba acompañada en ella por la
sensación de una punzada en la zona del corazón. («Eso me dejó clavada una espina en el
corazón».) El dolor de cabeza puntiforme de la histeria se resolvía en ella inequívocamente
como un dolor de pensamiento. («Se me ha metido en la cabeza».) Y el dolor aflojaba
{lösen}
cuando se resolvía
{lösen} el problema respectivo. La sensación del aura histérica en el cuello
iba paralela a este pensamiento: «Me lo tengo que tragar», cuando esta sensación emergía a
raíz de una afrenta. Había una íntegra serie de sensaciones y representaciones que corrían
paralelas, y en la cual ora la sensación había despertado a la representación como
interpretación de ella, ora la representación había creado a la sensación por vía de
simbolización; y no pocas veces era por fuerza dudoso cuál de los dos elementos había sido el
primario.
En ninguna otra paciente he podido hallar un empleo tan generoso de la simbolización. Claro
que la señora Cácilie M. era una persona de raras dotes, en particular artísticas, cuyo muy
desarrollado sentido de las formas se daba a conocer en poesías de bella perfección. Pero yo
sostengo que el hecho de que la histérica cree mediante simbolización una expresión somática
para la representación de tinte afectivo es menos individual y arbitrario de lo que se supondría.
Al tomar literalmente la expresión lingüística, al sentir la «espina en el corazón» o la «bofetada»
a raíz de un apóstrofe hiriente como un episodio real, ella no incurre en abuso de ingenio
{witzig}, sino que vuelve a animar las sensaciones a que la expresión lingüística debe su
justificación. ¿Cómo habríamos dado en decir, respecto del afrentado, que «eso le clavó una
espina en el corazón», si la afrenta no fuese acompañada de hecho por una sensación
precordial interpretable de ese modo, y se la reconociera en esta? ¿Y no es de todo punto
verosímil que el giro «tragarse algo», aplicado a un ultraje al que no se replica, se deba de
hecho a las sensaciones de inervación que sobrevienen en la garganta cuando uno se deniega
el decir, se impide la reacción frente al ultraje? Todas estas sensaciones e inervaciones
pertenecen a la «expresión de las emociones», que, como nos lo ha enseñado Darwin [1872],
consiste en operaciones en su origen provistas de sentido y acordes a -un fin; por más que hoy
se encuentren en la mayoría de los casos debilitadas a punto tal que su expresión lingüística
nos parezca una trasferencia figural, es harto probable que todo eso se entendiera antaño
literalmente, y la histeria acierta cuando restablece para sus inervaciones más intensas el
sentido originario de la palabra. Y hasta puede ser incorrecto decir que se crea esas
sensaciones mediante simbolización; quizá no haya tomado al uso lingüístico como arquetipo,
sino que se alimenta junto con él de una fuente común.
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