Nietzche, la afirmación de la vida o la voluntad del poder
1) Interpretaciones y fuentes de su pensamiento Nietzsche tuvo un especial ingenio para detectar la mentira y la hipocresía con que van siempre revestidos los actos humanos, la moral, la religión, las instituciones y la sociedad. Él mismo se asustaba de esta capacidad porque penetraba inmediatamente en la mala «bilis» que existe en la mente humana y, desde esta perspectiva, se aplicó a criticar de manera inmisericorde la moral, la filosofía, la sociedad y la cultura que han configurado Occidente a través de veinte siglos. El resultado es una enorme deconstrucción que parece terminar en un nihilismo absoluto. Pero no es así; una visión objetiva de Nietzsche hace ver sin duda que el fondo de su pensamiento es una apasionada afirmación de la vida, más allá de toda moral y de toda ascética, que toma aquélla como la verdadera realidad y en cuya inmersión descubre unos valores absolutos que no tiene que someter a ninguna autoridad ajena a la vida misma. Pero también su formación y personales circunstancias nos ayudan a comprender su postura. Nietzsche había nacido el 15 de octubre de 1844 en Sajonia. Su padre era pastor protestante y su madre descendiente también de pastores. El vínculo con sus antepasados, por quienes muestra con frecuencia sentimientos de gratitud, fue el subsuelo que alimentó su vida intelectual. La pertenencia a un lugar durante generaciones es característica de su familia y quizá su mensaje de afirmación de la vida y de fidelidad a la tierra deban vincularse a esta vivencia de su linaje familiar. Su padre murió de accidente cuando Nietzsche tenía cuatro años. La añoranza de una dirección paterna en los días de su juventud es algo que echa en falta. Estuvo rodeado durante su infancia exclusivamente de mujeres, la madre, la hermana, la abuela y varias tías. Este ambiente femenino rigorista, poco intelectual y de piedad no ilustrada influyó en su posterior sensibilidad y capacidad intuitiva. La familia se trasladó a Naumburgo en cuyo Gimnasium hizo los estudios secundarios; era un alumno aprovechado, serio, muy inclinado a la lectura, educado, afable, un tanto reservado y muy aficionado al cultivo de la música. En 1858 ingresa en uno de los centros más prestigiosos de Alemania. la Escuela de Pforta; allí adquirió una honda formación humanística, sobre todo en lo referente a los clásicos griegos que tanta importancia tendrían en la génesis y desarrollo de su pensamiento; también adquirió solidez, disciplina, espíritu viril, etc., cualidades que de alguna manera suplieron la carencia de padre. En 1864 ingresa en la Universidad de Bonn en la facultad de Teología por presiones de su familia que quería verlo pastor como su padre. Pero esto duró poco y se matriculó en filología con el deseo secreto de cultivar aquello que tanto amaba: la cultura griega. Continuó sus estudios en Leipzig donde estudia a Schopenhauer y conoce a Wagner cuya personalidad no desaparecerá ya del horizonte de su vida. En 1869, vacante en la Universidad de Basilea una cátedra de griego; allí pasó diez años y es donde afloró el drama que llevaba dentro: quería ser filósofo y no filólogo; su enfermedad que se manifestaba en dolores de cabeza, de estómago y falta de visión, hizo estragos en él. Allí su situación interna llegó a tal extremo que hubo de renunciar a su cátedra y vivir de una modesta pensión que le otorgó la Universidad de Basilea. En esta época aparecen los primeros escritos Homero y la filología clásica, El drama musical griego y Sócrates y la tragedia. Algunos de éstos suscitaron malos entendidos. Pero fue sobre todo El origen de la tragedia, que es una interpretación estética del espíritu griego, la que levantó una inmensa polvareda Siguieron las Consideraciones intempestivas en las que señala las contradicciones del mundo moderno. La conversión de Wagner al cristianismo hizo que Nietzche cortara con él. Después del abandono de la Universidad en 1879, pasó los diez años siguientes llevando una vida solitaria y errante por el sur de Europa: Génova, Sorrento, Venecia, Niza, pasando los veranos en los Alpes suizos, pero sin residencia fija. Fue una vida durísima en la que la enfermedad no le dejó; vivió con escasos medios económicos, pernoctando en pensiones modestas, comiendo mal y en una soledad aplastante. Pero fue la época de su mayor producción; en estos años, a pesar de sus condiciones físicas, afloró en él de forma fecunda su pensamiento filosófico. Fueron apareciendo una tras otra y con breves intervalos de tiempo Humano, demasiado humano, Aurora, La gaya ciencia, Así habló Zaratustra, Más allá del bien y del mal, Sobre la genealogía de la moral, El caso Wagner, El ocaso de los ídolos, El anticristo, Nietzsche contra Wagner y Ecce homo. En esta época hubo un momento en que creyó ver la unidad de todo su pensamiento y proyectó una obra que no llegó a realizar y que apareció después como una recopilación de fragmentos hecha por su hermana y Peter Gast, discípulo de Nietzsche, bajo el título La voluntad de poder. Ensayo de una transmutación de todos los valores. Pero, cuando más en plenitud estaba, sobrevino la catástrofe. A principio del año 1889, estando en Turín, Nietzsche enfermó mentalmente de manera irreversible. Su madre y hermana se hicieron cargo de él hasta su muerte el 25 de agosto de 1900. Características de su obra Lo primero que resalta en la obra de Nietzsche es su forma de expresión: es una obra asistemática que desarrolla las cuestiones de manera irregular y aparentemente desordenada. Escribe a golpe de aforismos y transmite una libertad de expresión y agilidad de pensamiento verdaderamente extraordinarias. Pero aunque no parezca sistemático en la forma, sí lo es en el fondo. los grandes problemas aparecen una y otra vez, en forma discontinua, asociados al sentimiento, intermitentes como éste; van y vienen, de pronto desaparecen, y al cabo de cierto tiempo reaparecen y ¿no es así como discurren realmente en nuestra vida mental? Esto ha hecho que muchos le hayan criticado o se hayan apartado de él. Otro rasgo típico es su compromiso con la filosofía. Nietzsche no teoriza, sino que piensa desde la propia experiencia y así su obra es un esfuerzo de clarificación de lo que ocurre dentro de él y a su alrededor; resulta conmovedor ver cómo se impone a su enfermedad, a la soledad, al abandono... y cómo trata de dar sentido a todo eso; su filosofía no necesita ser enseñada sino que se aprende acompañándolo en su trayectoria. Su compromiso con la filosofía le lleva a abandonar su patria, la Universidad, la familia, amigos... Nietzsche tiene, por otro lado, una fina penetración psicológica; se siente experto en llegar a las profundidades del alma para descubrir allí disfraces y suciedad; es una cualidad innata de su carácter; con ella abordará la crítica de la cultura occidental para ver en ésta el engaño, la pobreza y la enfermedad que laten debajo de sus principios morales y religiosos. En este sentido coincide con Marx y Freud, completando la filosofía de la sospecha. Los tres han llevado adelante una revisión de los postulados de la conducta humana y de la cultura: han puesto en evidencia que, bajo los ampulosos nombres de valores humanos, laten ambiciones e impulsos nada desinteresados. Nietzsche hace una terrible deconstrucción en este sentido: no hay norma que quede a salvo: todas son sospechosas de mentira. Crítica al cristianismo Especial virulencia adquiere en este sentido su crítica al cristianismo: las convicciones y creencias que han cimentado durante veinte siglos la vida espiritual de Europa caen como castillos de naipes bajo los golpes de su martillo; Nietzsche echa en cara al cristianismo su negación de la vida y su promesa de mundos celestes que han llevado a los hombres a desviarse del compromiso presente; por eso el hombre occidental ha enfermado, porque ha negado la vida y los valores del único mundo real que es este visible en que nos encontramos. Fiel a esta posición, postula volver a un nuevo orden natural de las cosas donde el ser humano esté contento consigo mismo, abandone la melancolía de mundos ideales y diga un «sí» rotundo a la vida, a la tierra, al trabajo, al placer... Esto no es nada nuevo porque hubo ya una civilización que lo hizo a la perfección: la antigua Grecia; de ella debemos nosotros tomar ejemplo. Esta manera explosiva de pensar y escribir le ha traído admiradores y detractores. De él se han dado las interpretaciones más opuestas. Se ha dicho que es demócrata y antidemócrata, procristiano y anticristiano, anarquista, impulsor de la violencia, reaccionario, racista, nihilista, inspirador del nazismo... Es a la vez filósofo y poeta, artista y pensador, músico y filólogo. Todo esto se dice de él y muchas más cosas. Incluso se ha hablado de él como inspirador del nacionalsocialismo. Fuentes de pensamiento Hoy se tiene conciencia de la complejidad de su obra y se sabe que ninguna interpretación es completa y todas ellas pueden ser complementarias. Para tener un punto de referencia orientador de la inspiración nietzscheana, es preciso conocer sus fuentes. Fueron muchas porque su cultura fue enorme; pero se pueden sintetizar en cuatro núcleos: El primero y principal es el de los trágicos y pensadores griegos: Homero, Sófocles, Esquilo... Para él son los maestros con los que no se pueden comparar otros: formaron una república de genios donde deben inspirarse los que quieren aprender. Una segunda constelación serían los pensadores renacentistas, sobre todo Montaigne y Shakespeare; de Montaigne dice que sus escritos han aumentado el gozo de vivir sobre la tierra y que es el espíritu más libre y vigoroso que ha habido en el mundo. Estaría después el grupo de los ilustrados sensistas franceses, sobre todo Voltaire a quien dedica Humano, demasiado humano. Y por último vendría esa elite de espíritus superiores alemanes de finales del siglo XVIII y del XIX, destacando sobre todos ellos a Goethe y después a Beethoven, Heine, Schopenhauer y Wagner. 2) La fuerza del espíritu clásico y la decadencia del mundo moderno Nietzsche quedó entusiasmado del espíritu griego desde los días de su juventud en Pforta. ¿Qué le atrajo de ellos? La visión artística y a la vez heroica del mundo tal como la vivieron los trágicos; lo sublime de éstos es que experimentaron el vértigo que supone la vida con sus peligros, sus amenazas y su inconsistencia Pero en vez de abandonarse a un pesimismo derrotista como se hizo a partir de Sócrates, intentando escabullirse del mundo presente y fabricando mundos celestes, ellos afirmaron la vida con gozo y valentía, haciendo del torrente de sus fuerzas una obra artística, producto de la imaginación, la mesura y la razón humanas. La síntesis armoniosa de lo apolíneo y lo dionisíaco fue lo que dio lugar a la grandiosidad del alma griega: por lo dionisíaco, el hombre se zambullía en las fuerzas del mundo, sintiéndose uno con la naturaleza y dejándose llevar por su pálpito; por lo apolíneo frenaba ese ansia incontrolable, poniendo límites, luz y mesura, haciendo de esas fuerzas obras artísticas dignas de contemplación. Esto fue lo que hizo la tragedia y eso fue también lo que a Nietzsche tanto le atrajo. En la tragedia hay un exceso de vitalidad que lleva a la simultánea actitud de afirmar y destruir la vida: ésta se presenta como un juego artístico donde la creación y la destrucción, la maldad y el dolor son factores imprescindibles para llegar a hacer de ella una obra maravillosa, artística. El mundo es a la vez amor y destrucción, gozo y sufrimiento; no es posible renunciar a ninguno de los dos; de la conjunción armónica de ambos emerge el mundo como obra artística. El sentido, pues, de la existencia es estético, no moral ni trascendente. El mundo es un juego y un derroche de fuerzas que hacen las delicias de un espectador artístico. Este es el tema de su primera gran obra El origen de la tragedia. Esta afirmación vigorosa de la vida, tal como es y los griegos sintieron, es lo que Sócrates y el resto de los filósofos, Platón, Epicuro, etc., echaron abajo coreados después por el cristianismo y ésta es también la causa de la decadencia del pensamiento y de la moral occidentales. Sócrates comenzó por despreciar la Vida, la belleza de las cosas y de los hombres y puso el destino en el alma separada del cuerpo y en un mundo invisible donde ese alma vivía una vida incorpórea e inmortal, algo que al griego primitivo le tuvo que sonar extrañísimo. Platón dio las bases metafísicas para esta manera de pensar que se hizo fuerte y que el cristianismo hizo suya desde el primer día; más tarde san Agustín, al igual que Platón hizo con el pensamiento socrático, pondrá las bases ideológicas del pensamiento occidental hasta nuestros días. Donde los efectos de esta postura han sido más devastadores ha sido en la moral. Hemos visto a los viejos griegos afirmar la vida por medio de sus luchas, de su inmersión en la naturaleza, de sus dolores y sus gozos. A partir de Sócrates se descubre la insignificancia de la vida, se busca una felicidad inmóvil, alejada del ajetreo diario, lo cual es un signo de cansancio y de decadencia. La moral guerrera de los tiempos heroicos se trocó en una moral de felicidad estoica, despectiva de las pasiones, calumniadora de los instintos. Fue el cristianismo el que llevó a cabo esta inversión de valores que consiste en descalificar los instintos naturales y hacerlos pecaminosos; y con eso fue socavando la fuerza y debilitando la naturaleza. Pero no es lo mismo extirpar las pasiones que enseñar a dominarlas; esto último es lo que la lógica natural pide, aquello es una perversión que conduce al debilitamiento. Nietzsche expresa esto diciendo que la moral cristiana ha querido domesticar a la bestia y lo que ha conseguido es hacerla enfermar. El decálogo es, para él, una mentira y un golpe introducido contra aquellos que aceptan la naturaleza humana como es. ¿De dónde aprendió esto el cristianismo? Del judaísmo. La lucha del ideal judeocristiano contra el ideal clásico queda simbolizada en la lucha de Judea contra Roma; ésta vio en el judío un ser convicto de odio contra el género humano. Los judíos rezumaron odio y resentimiento contra la nobleza romana. Y Roma, sin embargo, fue vencida y, aunque en el Renacimiento hubo un intento de despertar al soberbio ideal clásico, volvió a triunfar rápidamente Judea, es decir, el cristianismo, gracias a ese movimiento plebeyo que fue la Reforma de la que salió una restauración que impuso un silencio sepulcral a la Roma clásica . Fruto de esta lucha y de la consiguiente victoria cristiana es el estado actual de la moral y civilización europeas cuyas manifestaciones más importantes son el optimismo rousseauniano, el positivismo, el utilitarismo inglés, el librepensamiento, el socialismo y, en definitiva, el nihilismo. Este último es la expresión que ha tomado en nuestro tiempo la decadencia consiguiente a la negación de los valores vitales. En su raíz está el pesimismo cuyo fondo es la negación de la vida y la exaltación de los valores debilitantes como el sacrificio, la piedad y la humildad. El nihilismo ha destruido: Los valores de la religión como refugio para cansados. Los valores de la moral moderna cuya piedad, compasión y desprecio de sí mismo han llevado a la desesperación y a la nada. Los valores de la filosofía y de la ciencia como manifestaciones últimas de ese ideal ascético que ha llevado a la destrucción. 3) La afirmación del mundo en la voluntad de poder y la transmutación de los valores Contra este movimiento decadente expresado en el cristianismo y la cultura moderna y cuyo máximo exponente ha sido el nihilismo, Nietzsche proclama como mensaje fundamental el valor de la vida misma. Donde esta idea alcanza su máxima tensión es en La gaya ciencia y Así habló Zaratustra; el primero es un cántico jubiloso a las fuerzas que renacen; el conocimiento y la sabiduría se han usado tan mal que se han hecho incompatibles con la vida; el gayo saber nos libera del lastre, del espíritu de pesadez, y nos lleva a cantar la vida y la libertad. Alrededor de ese espíritu libre todo se caldea, su liberación es una cura a fondo contra el nihilismo pesimista. Y de esta liberación emerge un sentimiento de plenitud que acepta la vida y el mundo como son, que los bendice eternamente en un sentimiento desbordante de alegría. ¿Qué es ese sentimiento? El sentimiento de poder El alma en plenitud es como una tormenta que se condensa y luego descarga con fuerza. El punto central de esta alegría es la infinita afirmación de las cosas tal como son, sin racionalizarlas, envueltas en la casualidad en que aparecen. Éste es el camino adoptado por Nietzsche: decir «sí» a la existencia, afirmar dionisíacamente el mundo como éste es, sin detracción ni elección; este estado de ánimo llega a su cima en Zaratustra: Nietzsche lo compara al séptimo día de la creación cuando vio Dios que todo era bueno y descansó. La sensación de plenitud que vive Zaratustra es que el mundo acaba de realizarse; Zaratustra se encuentra a sí mismo y vive en paz con ese mundo donde «todo está bien hecho». Pero esta plenitud de vida conlleva también la afirmación del dolor y la lucha. El dolor es ingrediente de toda actividad y cuanto más valiosa es una existencia más gastos, peligros y sufrimientos comporta. Cuanto más vale un hombre más penetra en el sufrimiento. Hay más sabiduría en el dolor que en el placer y, gracias a aquél, la humanidad se conserva. Y es que el dolor es un buen fármaco contra el hastío, el cansancio y el vacío. Vivir es luchar contra lo que en nosotros se hace viejo, lo cual no significa no aceptar nuestro envejecimiento cuando llegue su hora con nuestros instintos debemos proceder como el jardinero con las plantas: cultivarlas, abonarlas, enderezarlas. El fin de este cultivo es el dominio de sí, hacer de las pasiones algo bello como hicieron los griegos. En todo caso, el dominio de nosotros mismos es un equilibrio que se consigue después de acumular mucho trabajo y experiencia; la escuela del mejor estilo es la que enseña al hombre a dominar sus pasiones y, mediante eso, vivir lúcido, recto y alegre. Esta afirmación de la vida lleva a la destrucción de aquellos valores que la han negado durante tantos siglos en Occidente. Y en consecuencia es precisa una transmutación de esos valores. Éste es el sentido de El ocaso de los ídolos, ídolos son las verdades que se han tenido como tales hasta ahora; un vendaval va a sacudirlos para que así comience una nueva conciencia, una segunda naturaleza. Pero este camino es áspero: es preciso el martillo porque los ídolos ofrecen resistencia a su destrucción. Nietzsche se vive a sí mismo como un nuevo Moisés o Colón que llega a tierras nuevas después de pasar por mundos conocidos. ¿Qué es lo que hay que destruir del pasado? Los valores inspirados en la vieja moral y religión cristiana; Nietzsche los resume en cinco Å“no": 1) no al sentimiento de culpa y de amenaza de castigo 2) no al cristianismo latente 3) no al concepto rousseauniano de naturaleza de cuyo seno brota un hombre bueno lleno de debilidad y de reblandecimiento 4) no al romanticismo nostálgico 5) no a la preponderancia de los instintos de rebaño Contra esa moral que ha negado la vida proclama el inmoralismo; pero éste no significa en modo alguno dar rienda suelta a cualquier pasión de forma incontrolada. ¡Nosotros, los inmoralistas, - dirá él - somos también hombres de deberes! Pero deberes distintos a esas coacciones que han pesado tanto tiempo sobre la conciencia de los hombres. Nuestro deber es forjarnos a nosotros mismos y al mundo. El hombre progresa cuando se hace más profundo, desconfiado, inmoral, fuerte, confiado en sí mismo, en una palabra, cuando se hace más natural; ¿no hay acaso más moralidad en estos propósitos que en aspirar a la felicidad individual, a la piedad, a la humildad, a la obediencia y al sacrificio? Este es el inmoralismo de Nietzsche que pide la vuelta a la moral natural. La nueva escala de valores impele a fomentar la vida y el sentimiento de poder; los demás valores son prejuicios. Por lo tanto, es preciso valorar lo espontáneo, lo nuevo. Es necesario obrar por abundancia, por fuerza acumulada, no por reacción. Valor es la mayor cantidad de poder que el hombre puede arrogarse. Y en esto muestra su libertad: no es un acopio de fuerza para un enaltecimiento narcisista de sí mismo; el hombre libre se eleva por encima del "yo y del «tú», dejando de sentir que el Å“yo sea la medida de todas las cosas. Su moral consistirá en emanciparse del sentimiento del fantasma del «yo», debilitando la inclinación personal, habituándose a la realidad de las cosas, no desarrollando la posesión de las mismas, sino dejándose poseer por ellas. Por eso su ritmo de pensar y de sentir rompe hábitos, desprecia a ricos y poderosos haciéndose insensible al elogio y obligando a los demás a reconocer su fuerza. También la nobleza ocupa su lugar en la nueva jerarquía de valores. ¿Qué es la nobleza? Un sentimiento de poder sobre las cosas que hace estar por encima de éstas, dominarlas, utilizarlas con generosidad, lejos del sentimiento de la ventaja o la conveniencia. Este sentimiento de nobleza hace al alma ser magnánima, irracional, dadivosa hasta el derroche. Pero la nobleza comienza por un alto concepto y valoración de sí mismo: alma noble es la que tiene conocimiento y respeto de sí misma, la que se aparta de lo vulgar y acepta las cosas como son, sin mirar al provecho. Rasgo del noble es el instinto para el rango, el respeto por la autoridad, el pudor que le impide manosearlo todo. Esto se da si el alma tiene índole aristocrática. La jerarquización es algo natural que la naturaleza nos muestra a cada instante. La igualdad en cambio es algo que los hombres se imponen a sí mismos por leyes positivas; la voz de la naturaleza no es una voz igualitaria. Tal es el conjunto de las nuevas valoraciones. 4) EL superhombre y el eterno retorno Del linaje de estos hombres libres y nobles emergerá el superhombre; éste nace cuando Dios muere. La proclamación de la muerte de Dios lleva consigo la aparición del superhombre. ¿Qué es la muerte de Dios? La paulatina desaparición de la conciencia religiosa en el individuo, en la sociedad, en la cultura y en la historia. Esto ha comenzado a suceder en Europa desde el Renacimiento y todavía faltan un par de siglos para que se lleve a efecto. Su significado concreto es que Dios ya no significa o significa cada vez menos en el pensamiento y en la conducta de los hombres. Entonces los hombres asumen el papel que antes tenía Dios. Así nace el superhombre. Hasta ahora, Dios era el mayor peligro para la emancipación humana porque era como un poder invisible que le sitiaba por todas partes, pero como ha bajado a la tumba, surge el superhombre. Ésta es la hora del gran mediodía. Nietzsche tuvo una profunda intuición conjunta del superhombre y del eterno retorno que le dejó sumido en una intensa contemplación durante varios días allá en SilsMaría, en los Alpes suizos, a seis mil pies de altura, a plena luz del mediodía, en el mes de agosto y lejos de los hombres... ¿Qué se le mostró en aquella visión? Que Dios moría y que el hombre crecía sin mengua; que el hombre rechazaba al dios verdugo y su ley, su control y su protección. Ahora el hombre quiere ser Dios y en ese deseo se van a liberar sus mejores fuerzas. ¿Qué es el superhombre? El ideal de superación que el hombre debe mantener constante; por eso el hombre es algo que debe ser superado; los hombres, hasta hoy, han producido algo superior a ellos, alejándose así de la animalidad. Igual que el mono ha sido un motivo de risa o de vergüenza, lo mismo tiene que ser el hombre para el superhombre: algo de lo que hay que alejarse. ¿Cómo se llega al superhombre? Sobre todo renunciando al viejo Dios, a la fe en lo ultraterreno, a la moral cristiana. El superhombre es el sentido de la tierra; los que pusieron sus esperanzas en el "más allá" son destiladores de veneno. En otro tiempo los crímenes contra Dios eran lo más horrendo, pero ¡Dios ha muerto y con él han desaparecido aquellos delitos! Ahora el crimen más terrible es poner por encima del sentido de la tierra el sentido de lo incognoscible. El superhombre trae consigo la hora del menosprecio de la propia dicha, de la propia razón, virtud, justicia y compasión, de las creencias en Dios, en los infiernos, en los demonios. Todos los hombres, desde el vulgar hasta el noble, desde el guerrero hasta el genio, forman tan sólo un puente, un tránsito hacia el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado; el superhombre es el rayo que brota de la oscura nube del hombre. La naturaleza humana aspira a crear un ser superior a nosotros mismos, el superhombre. ¿Cuáles son los instrumentos para acercase al superhombre? La soledad, la lucha, la nobleza, el dominio de sí mismo, pero sobre todo el sentido afirmador de la existencia. A partir de este momento, es decir, de la muerte de Dios, las cosas tendrán sentido, valor y significación en cuanto se las dé el hombre; éste ejerce ahora la función creadora y confiere su propio sentido al devenir; el sentido de la existencia es el superhombre. Eliminado Dios, el hombre ve de otro modo el mundo: éste ya no es una obra creada, sino un inmenso, irracional y eterno torrente de fuerzas en constante devenir, sin principio ni fin, danzando eternamente sobre sí mismo. No hay nada más allá, eso es todo, y es preciso abrazar con un «sí» amoroso ese océano de energía. La voluntad de poder El mundo es un prodigio de fuerza que no aumenta ni disminuye, pero que se transforma constantemente. Es algo sin gastos ni pérdidas, pero también sin ganancias, encerrado dentro de la nada como en su propio límite. Tampoco es infinitamente extenso, sino que está estructurado como un juego de fuerzas, las cuales se acumulan unas veces aquí y otras allí. Sus formas están en perpetuo flujo pasando de lo frío, rígido y tranquilo a lo ardiente, desenfrenado y contradictorio; pasa de la abundancia a la carencia y de lo contradictorio a lo armónico y, en este juego perpetuo, se afirma a sí mismo como algo que debe retornar eternamente sin conocer la saciedad, el disgusto ni el cansancio. Este mundo dionisíaco, tal y como lo vio Nietzsche, se crea y se destruye eternamente a sí mismo en esta doble voluptuosidad en que se manifiesta la voluntad de poder. El eterno retorno ¿Hacia dónde camina el cosmos? El universo es un gigantesco remolino de fuerzas en pugna cuyos combates se repiten eternamente. No tiene un principio, ni ha sido creado, como tampoco tendrá un fin; su trayectoria es un círculo en eterno devenir donde cada cierto tiempo se repiten los mismos procesos. El mundo deviene, pasa, pero nunca comenzó a devenir. Vive de sí mismo: sus excrementos son su alimento. El eterno retorno de las cosas parece condensar toda la melancolía, todo el fatalismo de las leyes naturales que ofrecen el espectáculo de una renovación incesante, de una caducidad perpetua. La cantidad de fuerza que obra en el universo no es infinita; por consiguiente el número de variaciones o combinaciones de esa fuerza es enorme pero limitado; y como el tiempo en que se desarrolla esa fuerza sí que es infinito, entonces quiere decir que aquellas combinaciones tendrán que repetirse. Como hasta este momento ha transcurrido un tiempo infinito, ya se han verificado todos los posibles desarrollos o combinaciones de esa fuerza. Por tanto, también los estados actuales de las cosas deben ser repeticiones. Todo se ha dado ya infinito número de veces en cuanto el conjunto de todas las fuerzas reproduce sus combinaciones. Así pues, esta vida, tal como la vivimos actualmente la hemos vivido ya infinito número de veces y tendremos que revivirla una serie infinita de veces. Esto produce estupor y, si tal pensamiento toma cuerpo en nosotros, nos transforma a la vez que nos anonada. Tal fue la convulsivo experiencia que tuvo Nietzsche. El reto es decir «sí» a ese eterno devenir; para ello se necesita una fuerza cuasi divina. ¡Cuánto hay que amar la vida y amarse a sí mismo para no desear otra cosa sino esta eterna confirmación! Esta afirmación del mundo sustituye a la fe religiosa, como el eterno devenir sustituye al «ser» y al creador divino. La nueva fe dice así: «vive de modo que desees volver a vivir; ¡tú vivirás otra vez! Quien desee el esfuerzo que se esfuerce, quien desee el descanso que descanse, quien desee la obediencia que obedezca. ¡Pero que tenga conciencia de su fin y no retroceda ante los medios! ¡Le va en ello la eternidad!.
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