
Iván Sergiewitch Turguenef nació en Orel, Rusia,
el año 1818 . Estudió, primero en el Gimnasio de
Moscú, y en seguida en la Universidad de San Petersburgo.
A los veinte años enviósele a Alemania
para que perfeccionara y complementara sus estudios.
Y si, según dice un escritor, aprendió en su
país a considerar a Rusia «como un mundo aparte,
mundo superior, y único dueño del porvenir,» empapado
en la Universidad de Berlín en la filosofía
alemana de Schelling y de Hegel, sacó de ella la definitiva
afición a las ideas generales y a los vastos
sistemas, que se nota en toda su obra. Ya desde muy
joven, sabía también que el primer deber de un escritor
es contribuir a la gloria y la felicidad de su
patria, y que la literatura no es un simple juego artístico,
sino también un medio eficaz de acción política
y moral.
De regreso a Rusia, obtuvo un empleo en el Ministerio
del Interior, y cediendo a su temperamento
y vocación, comenzó a escribir artículos y poesías
que aparecieron en diversos periódicos y revistas, y
que más tarde coleccionó en forma de libro: Panacha
(1843), y Conversación (1844).
Pero la obra más sonada de sus primeros tiempos
fue un estudio sobre el novelista Gogol, trabajo
que se hizo notar por las ideas avanzadas en que
estaba inspirado, y que, si valió a su autor muchos
aplausos, costóle también la pérdida de su empleo,
agravada con el destierro. Rusia no mostraba entonces
miramiento alguno con los escritores que tanta
fama habían de conquistarle como patria de grandes
talentos.
Turguenef, desterrado, refugióse en Alemania,
donde tenía algunas vinculaciones de estudiante,
pero no tardó en trasladarse a París, ligándose muy
pronto con la pléyade de los escritores franceses,
con algunos de los cuales tuvo estrecha amistad.
Pronto llegó a dominar el idioma, hizo varias traducciones
de obras rusas, escribió las suyas en elegante
francés, y tanto se connaturalizó con la gran
ciudad que a pesar de habérsele levantado el destierro
en 1854 , merced a grandes influencias, puede
decirse que no volvió a Rusia sino de visita. Sin embargo,
nunca dejó de amar a su país, ni de trabajar
por su progreso: «En Rusia -dice un crítico,--
»forjábase de Francia mil encantadores sueños ; pero
»apenas volvía a París, toda su alma de ruso retoñaba
en él. De aquella época comienzan a datar sus
obras más notables. Turguenef se muestra en todas
ellas gran conocedor del corazón humano, observador
sagaz, exacto y a veces minucioso, amante de la
Naturaleza que describe con singular brillantez,
pintor y poeta al mismo tiempo en la creación de
sus personajes que siempre parecen arrancados del
natural, y que quizá lo sean en mucha parte. Tanta
era su fuerza creadora que una verdadera autoridad
en la materia, Prosper Merimée no vacilaba en decir:
«Turguenef me recuerda a veces al mismo Shakespeare.
»Y este escritor que, al leerlo, parece tan, espontáneo
como el agua que corre del manantial, era
de la estirpe de los artistas concienzudos que trabajan
y perfeccionan pacientemente su obra, sin librar
uno solo de sus detalles al acaso. En un principio
-dice M. Teodor de Wysewa, -pudo creerse que el
éxito de sus libros le importaba poco. Pero sus car
tas, publicadas después de su muerte, nos revelan el
cuidado, la paciencia, el encarnizamiento que dedicaba
a cada una de sus obras. Ahora comprendo
que se haya ligado con Flaubert »desde que lo conoció:
ambos comprendían del mismo »modo el trabajo
literario. En sus cartas a su amigo Aksakof
aparecen títulos de novelas, que se repiten durante
años enteros: ora anuncia Turguenef que ya está por
terminarlas, ora se queja de tener que empezar de
nuevo...
Así han nacido tantas obras maestras que hacen
decir al mismo crítico francés: Era uno de los más
grandes escritores de su raza. Su obra parecía escrita
para nosotros. Entre todas las de autores rusos era,
a la vez, la más rusa y la más francesa, pues diríase
que Turguenef veía mejor su patria desde que la
contemplaba de lejos, y cuanto mejor la veía, más
claridad, precisión y elegancia daba a sus descripciones.
Ninguno de sus compatriotas ha creado tipos
tan esencialmente rusos; ningUno tampoco, en
cuanto a composición y estilo, se ha aproximado
tanto al viejo ideal clásico del espíritu francés.
Y no es su obra literaria menos meritoria, la de
haber descubierto en un joven debutante a otro de
los más grandes escritores contemporáneos, León
Tolstoi, de quien ya en escribía a su amigo
Aksakof: ¿Ha leído usted en el Contemporain el artículo
de Tolstoi sobre Sebastopol? Lo leí en la mesa,
grité ¡hurrah! y bebí una copa de champaña a la salud
del autor. Y pocos meses después escribía al
mismo corresponsal: Tolstoi acaba de escribir una
novela corta: La tormenta de nieve. La leerá usted en el
número de marzo del Contemporain. Es una verdadera
obra maestra. Este detalle importa mucho para
conocer el espíritu generoso y entusiasta del escritor,
de quien decía el mismo Wysewa ya citado, parafraseándolo:
El alma ajena es una selva profunda, dijo Turguenef.
El alma de Turguenef era también una selva
profunda; pero, por extraño fenómeno psicológico,
parece que nadie lo hubiera advertido hasta la
muerte del gran escritor... Pero apenas murió, a través
del claro jardín vióse la selva, una de esas negras
y misteriosas selvas del Norte, en que se trata en
vano de penetrar.
Además de varios poemas, dramas, comedias y
estudios diversos, Turguenef, escribió numerosas
novelas, siendo Aguas primaverales una de las últimas,
pues la escribió en . De esas obras. algunas de
las cuales están traducidas a todos los idiomas, cita
remos: Recuerdos de un cazador, Escenas de la vida rusa,
Dmitri Rudini, Una camada de nobles, Elena, Primer
amor, Padres e, hijos, Humo, Abandonada, Historias extrañas,
Novelas moscovitas, Punine y Baburine, Diario de
un hombre demás, y por último Tierras vírgenes.
AGUAS PRIMAVERALES
A eso de la una de la madrugada regresó a su gabinete
de trabajo, despidió al criado que había encendido
las velas, y sentándose en una butaca junto
al fuego cubrióse, el rostro con las manos.
Nunca había sentido tal desfallecimiento físico y
moral. Había pasado la velada con amables damas e
inteligentes caballeros. Muchas de aquellas damas
eran bonitas; la mayor parte de los caballeros distinguíanse
por el talento y el ingenio; él mismo se había
mostrado en la conversación interlocutor
agradable y hasta brillante... y, a pesar de todo, nunca
se había visto tan irresistiblemente acometido y
opreso por aquel taedium vitae de que hablaban ya
los antiguos romanos.
Si hubiese sido más joven, hubiera llorado de
fastidio, de angustia y de enervamiento; un amargor
corrosivo y punzante como el del ajenjo llenaba su
alma entera; cierto no sé qué denso, helado, tétrico,
le envolvía por todas partes como una obscura noche,
y no podía desembarazarse de esa obscuridad,
de ese amargor. Era inútil recurrir al sueño: presentía
que el sueño no iba a acudir en su auxilio.
Insensiblemente se sumió en largas y lentas reflexiones,
inconexas y tristes.
Meditó acerca de lo vano, inútil y vulgarmente
embustero de las cosas humanas. Todas las épocas
de la vida -acababa de cumplir cincuenta y dos
años- desfilaron unas en pos de otras ante los ojos
de su pensamiento, y ninguna de ellas encontró gracia
ante él.
¡Agitarse siempre en el vacío y la nada, andar
siempre dando tajos y mandobles al aire, siempre
embelecarse medio cándida medio conscientemente
con el señuelo de vanas quimeras! «Poco importa lo
que contenta a un niño, con tal que no llore,» dice
un proverbio ruso. Luego, de pronto, cual nieve que
nos cae en la cabeza, ver llegar la vejez y con ella su
compañero, el temor a la muerte, ese temor que nos
zapa y nos roe sin cesar... después, por último, ¡el
chapuzón en el abismo!
¡Y gracias si transcurre así la vida! Porque más de
tina, vez, antes del fin, como la herrumbre ataca al
hierro, llegan los achaques y el sufrimiento...
La vida no se le aparecía como ese mar de olas
tumultuosas que describen los poetas ; se la representaba
llana como un espejo, inmóvil, transparente
hasta en sus más obscuras profundidades; sentado
en una barquichuela vacilante, abajo, en el fondo del
abismo obscuro y fangoso, entreveía vagamente, a
semejanza de peces enormes, formas monstruosas:
eran todas las miserias de la vida, enfermedades,
pesares, demencia, ceguera, pobreza... Y ante su
vista sale de las tinieblas uno de esos monstruos ;
sube, sube sin cesar; se hace cada vez más visible,
cada vez más horriblemente distinto... Un momento
más, y, levantada por el lomo del monstruo, va a
zozobrar la barca. Pero de nuevo parece desvanecerse
la forma, desciende el monstruo, se vuelve al
fondo y se queda allí tendido, agitando apenas su
obscura cola... Sin embargo, tiene que venir el día
fatal en que se tumbe la barca.
Sacudió la cabeza, levantóse de un salto de la
butaca, dio un par de vueltas por la estancia, y tomó
asiento detrás de la mesa de escritorio ; después,
abriendo uno tras otro todos los cajones, se puso a
revolver papeles, cartas antiguas, la mayor parte
cartas de mujeres. El mismo ignoraba por qué hacía
eso, pues no buscaba nada. Su único objeto era librarse,
por medio de cualquiera ocupación, de los
pensamientos que le perseguían como una pesadilla.
Desdobló al acaso algunas cartas. Una de ellas
contenía una flor seca, rodeada por una cinta ajada.
Se encogió de hombros, echó un vistazo a la chimenea
y puso aparte las cartas, como si se hubiese
dispuesto a entregar a las llamas aquellas inútiles
reliquias.
Siguieron sus manos explorando febrilmente los
cajones; de pronto abrió los ojos de par en par y
atrajo suavemente hacia sí una cajita octógona, de
forma anticuada, y levantó despacio la tapa. Dentro
de esa caja, entre dos capas de algodón en rama,
amarillento, hallábase una crucecita de granates.
Durante breve rato examinó esa cruz con aspecto
trascordado; luego, de pronto, dio un débil
grito... Lo que se retrató en su rostro no fue pesar ni
júbilo: era cual si hubiese encontrado de improviso
un ser tiernamente amado en otro tiempo, perdido
de vista desde mucho atrás, reconocible aún, y, sin
embargo, cambiado enteramente por los años.
Levantóse, volvió a sentarse junto a la chimenea,
y de nuevo escondió la cara entre las manos... «¿Por
qué hoy, por qué hoy precisamente?»-pensó. Y vinieron
a la memoria muchas cosas pasadas largo
tiempo antes.
He aquí lo que recordaba...
Pero primero es necesario que os diga su apellido
y sus nombres de pila y patronímico. Nuestro protagonista
se llamaba Demetrio Pavlovitch Sanín.
He aquí de que se acordaba:
I
Era en el verano de . Sanín acababa de
cumplir veintidós años; volvía, de Italia a Rusia, y
hallábase de paso en Francfort. Sin familia casi, poseía
una fortuna independiente, si bien no muy
cuantiosa. Habiéndole dejado un pariente lejano
algunos miles de pesos en herencia, resolvió gastárselos
en el extranjero antes de ingresar en la administración,
antes de ponerse a lomo la albarda oficial
necesaria para, asegurarse la subsistencia. En efecto,
Sanín había puesto en planta su proyecto ; y tal maña
se dio, que el día mismo de llegar a Francfort tenía
el dinero justo para volver a San Petersburgo.
En eran escasos los caminos de hierro; los señores
viajeros iban en diligencia. Sanín sacó su billete,
pero la diligencia no partía hasta las once de la
noche. Quedábale mucho tiempo que gastar. Por
fortuna el día era, magnífico, y Sanín, después de
haber almorzado en la fonda del Cisne Blanco, célebre
a la sazón, salió a callejear por la ciudad. Fue a
ver la Ariadna de Dannecker, y no le pareció ni fu ni
fa; visitó la casa de Goethe (entre paréntesis, sólo
había, leído de este, poeta, el Werther, y eso en una
traducción francesa); paseó por la orilla del Mena y
se aburrió como debe hacerlo un concienzudo viajero
de recreo; por último, hacia las seis de la tarde,
fatigado, llenos de polvo los zapatos, encontróse en
una, de las calles menos importantes de Francfort,
calle que, sin embargo, estaba destinada a no despintársele
de la memoria en largo tiempo.
En la fachada de una de las pocas casas de esa
calle, vio una muestra que anunciaba a los transeuntes
la «Confitería Italiana de Giovanni Roselli».
Entró a tomar un vaso de limonada. En la primera
pieza, detrás de un modesto mostrador, en las tablas
de una alacena pintada, se ostentaba simétricamente,
como en una farmacia, algunas botellas con rótulos
dorados y botes de cristal de boca ancha llenos
de bizcochos, pastillas de chocolate y caramelos. No
había nadie en esa pieza; sólo un gato gris roncaba
guiñando los ojos y amasando blandamente con las
patitas una alta silla de paja puesta junto a la ventana;
una canastilla de madera calada yacía boca abajo
en el suelo, y junto a ella un grueso ovillo de estambre
rojo resplandecía en un rayo oblicuo de sol poniente.
Un ruido confuso, extraño, salía de la
estancia inmediata. Sanín esperó a que la campanilla
de la puerta hubiese dejado de tocar, y dijo en voz
alta :
-¿No hay nadie aquí?
En el mismo instante abrióse la puerta de la pieza
vecina,... Sanín se estremeció de asombro.
II
Una joven de unos diecinueve años, con los negros
cabellos flotando, esparcidos sobre los hombros
desnudos, se precipitó en la tienda extendiendo
ante sí los brazos, igualmente, desnudos. Vio a Sanín,
lanzóse hacia él, le agarró una mano y trató de
llevárselo consigo, diciéndole con voz entrecortada :
-¡Pronto, pronto, por aquí, sálvelo usted!
Sanín no siguió a la joven; no porque vacilase, en
obedecerla, sino porque el exceso de asombro le
dejó clavado en el sitio. Jamás había visto semejante
belleza. Volvióse ella hacia él, y su voz, su mirada, el
movimiento de las manos juntas oprimiendo su mejilla
pálida expresaban tal desesperación mientras le
repetía : «¡Pero venga usted, venga usted!» que se
precipitó en pos de ella por la. entornada puerta.
En la segunda estancia vio tendido en un diván
de crin pasado de moda, a un muchacho de catorce
años, parecidísimo a la joven; evidentemente era su
hermano. Aquel niño estaba muy pálido, blanco
más bien, con reflejos amarillos como la cera o como
un mármol antiguo. Tenía los ojos cerrados; la
sombra de sus espesos cabellos negros cubrían la
frente inmóvil y lisa, las cejas finamente dibujadas e
inertes; veíanse brillar los dientes apretados entre
los amoratados labios. Parecía no respirar ya; uno
de los brazos estaba debajo de la cabeza, y el otro
colgando pesadamente hasta el suelo. El niño estaba
vestido de pies a cabeza y abotonado de arriba abajo;
tenía puesta la corbata, oprimiéndole el cuello.
La joven se lanzó hacia él, exhalando un grito de
angustia.
-¡Está muerto, está muerto! Ahora mismo estaba
sentado ahí; charlábamos juntos... De pronto se ha
caído y no ha hecho ningún movimiento... ¡Dios
mío! ¿Es posible que no se le pueda socorrer? ¡Y
mamá que no está aquí!... ¡Pantaleone! ¡Pantaleone!
¡Vamos! ¿Y el doctor? -añadió en italiano.-¿ Has ido
en busca del doctor ?
-Signora, no he ido ; he enviado a Luisa- dijo una
voz cascada, detrás de la puerta.
Y un vejete, vestido con un frac de color de lila,
y botones negros, con alta corbata blanca, pantalón
de nankin muy corto y media de lana azul, entró en
el cuarto renqueando con las piernas torcidas. Su
pequeñísíma cara desaparecía casi, por completo
bajo una inmensa maraña de cabellos grises corno
acero. Erizados en todos sentidos y cayendo en mechones
despeluznados, esos cabellos daban a la fisonomía
del viejo cierta semejanza con la de una
gallina, moñuda, semejanza tanto más chocante
cuanto que bajo aquel matorral gris obscuro sólo
podían distinguirse una nariz picuda, y unos ojos
amarillos y completamente redondos.
-Luisa tiene buenas piernas, y yo no puedo correr
-prosiguió en italiano el viejecillo, levantando uno
tras otro los pies gotosos y planos calzados con zapatos
de cordones pero he traído agua.
Con los dedos flacos y nudosos apretaba el estrecho
gollete de una botella.
-¡ Pero Emilio se morirá entretanto! - exclamó la
joven, y extendió las manos hacia Sanín. -¡Oh, caballero!
¡O mein Herr! ¿No puede usted socorrerlo?
-Hay que sangrarle: esto es un ataque de apoplejía
-hizo observar el viejo llamado Pantaleone.
Sanín no tenía ni la más ligera noción de medicina,
pero sabía perfectamente que los niños de
catorce años no suelen tener ataques de apoplejía.
-Esto es un síncope y no... lo que usted pretende
-dijo a Pantaleone. - ¿Tiene usted cepillos ?
El viejo volvió hacia él su carita.
-¿Cómo?
-¡Cepillos, cepillos! -replicó Sanín en alemán y en
francés; y haciendo el ademán de quien acepilla ropa,
volvió a repetir :-¡Cepillos!
El vejete acabó por comprender.
-¡Ah, cepillos! ¿Spazzette? Ciertamente, tenemos
cepillos.
-Tráigalos usted aquí; vamos a quitarle la corbata,
y el paletot, y después le daremos friegas.
-¡Bien... benone! ¿Y no hay que echarle agua por la
cabeza?
-No... más tarde. Por ahora, vaya usted pronto a
buscar los cepillos.
Pantaleone dejó en el suelo la botella, salió a escape
y regresó en seguida con dos cepillos, uno para
la ropa y otro para la cabeza. Acompañábale un perro
de aguas, rizado de lanas, quien meneando de
prisa la cola se puso a mirar curioso al viejo, a la
joven y hasta a Sanín, como si hubiera querido saber
qué significaba todo aquel barullo.
Sin perder tiempo, Sanín quitó el paletot al muchacho
siempre inmóvil, le desabrochó el cuello,
levantó las mangas de la camisa, y armado con un
cepillo, se puso a darle friegas con todas sus fuerzas
en el pecho y en los brazos. Pantaleone paseaba no
menos enérgicamente el otro cepillo, el cepillo de
cabeza, por sus botas, y sus pantalones. La joven se
había arrodillado junto al diván, y con la cabeza entre
las manos, contemplaba a su hermano con los
ojos fijos, sin pestañear siquiera. Sanín seguía frotando
y la miraba a veces de reojo. ¡Dios, qué hermosa
era!
III
Tenía la nariz un poco grande, pero de bella
forma aguileña; un ligero bozo sombreaba imperceptibleniente
su labio superior. Su tez de un mate
uniforme y una palidez de ámbar, las ondas lustrosas
de sus cabellos, recordaban la Judith de Allori, en
el palacio Pitti. ¡Y qué ojos, sobre todo! Ojos de un
gris obscuro con un círculo negro en la pupila, ojos
magníficos, ojos triunfantes, aun en ese momento
en que el espanto y el dolor apagaban su brillo. Involuntariamente
le vino a Sanín a la memoria el maravilloso
país que acababa de abandonar, pero ni
aun en Italia misma había encontrado nunca nada
parecido. La respiración de la joven era rara y desigual;
hubiérase dicho que para respirar aguardaba
cada vez a que su hermano recobrase el aliento.
Sanín frotaba sin descanso. No se limitaba a mirar
a la joven: llamábale también la atención la original
figura de Pantaleone. Desfallecido, sin
resuello, el viejo se estremecía a cada movimiento
de cepillos, exhalando un gañido quejumbroso, y
sus enormes mechones de pelo, bañados en sudor,
balanceábanse con pesadez de un lado a otro, como
las raíces de alguna planta grande descalzadas por
una corriente de agua.
-Quítele usted las botas, por lo menos -iba a decirle
Sanín.
El perro de aguas, probablemente trastornado
por el carácter extraordinario de estos sucesos, agachóse,
sobre las patas delanteras y se puso a ladrar.
-¡Tartaglia, Canaglia! -cuchicheó el viejo en tono
amenazador.
Pero en ese momento, el rostro de la joven se
transfiguró: alzáronse sus cejas, agrandáronse aún
más sus grandes ojos, radiantes de júbilo.
Miró Sanín... La cara del muchacho iba adquiriendo
un poco de color, los párpados habían
oscilado, palpitaron las ventanillas de la nariz; aspiró
el aire a través de los dientes, apretados aún, y
exhaló un suspiro.
-¡Emilio! - exclamó la joven. - ¡Emilio mío!
Abriéronse los negros ojos de Emilio; aún miraban
con vaguedad, pero sonreían ya débilmente. La
misma sonrisa cruzó por sus labios pálidos; en seguida
movió el brazo que colgaba, y con un esfuezo
lo puso junto al pecho.
-¡Emilio! -repitió la joven, levantándose.
Su rostro tenía una expresión tan viva y tan intensa,
que parecía pronta a deshacerse en lágrimas,
o a echarse a reir.
-¡Emilio! ¿Qué hay? ¡Emilio! -dijo una voz en la
pieza inmediata.
Y una señora, pulcramente vestida, morena, de
pelo entrecano, entró con paso rápido. La seguía un
hombre de cierta edad, y por encima de su hombro
mostrábase la cabeza de una criada.
La joven corrió a su encuentro.
-¡Está salvado, mamá! ¡Vive! -exclamó estrechando
conVulsa entre sus brazos a la señora que acababa
de entrar.
-Pero ¿qué ha sucedido? -repitió ésta. -Venía yo a
casa, y me encuentro al señor doctor con Luisa...
.Mientras la joven contaba lo que había pasado,
el doctor se acercó al enfermo, quien iba volviendo
cada vez más en sí, y continuaba sonriéndose con
aire un poco forzado, cual si estuviese confuso por
el susto de que había sido causa.
-Por lo que veo -dijo el doctor a Sanín y a Pantaleone-
le han frotado ustedes con cepillos; han
hecho ustedes muy bien, fue una idea acertadísima.
Veamos ahora qué remedio...
Pulsó al joven y le dijo :
-Saque usted la lengua.
La señora se inclinó con solicitud hacia su hijo,
quien se sonrió más francamente, levantó la vista
hacia ella y se puso encarnado.
Sanín se hizo la cuenta de que estaba de más, y
pasó a la tienda. Pero antes de poner la mano en el
pestillo de la puerta exterior, apareciósele de nuevo
la joven y le detuvo.
-¿Se va usted? -dijo, mirándole de frente con
gentil mirar. -No lo detengo; pero es absolutamente
preciso que venga usted a vernos esta noche. Le
estamos tan agradecidos (tal vez ha salvado usted la
vida a mi hermano), que queremos darle las gracias.
Mamá es quien se lo ruega. Debe usted decirnos
quién es, y venir a participar de nuestra alegría.
-Pero, ¡si hoy mismo salgo para Berlín! tartamudeó
el joven.
-Le sobrará a usted tiempo -replicó la joven con
presteza. -Venga usted dentro de una hora, a tomar
una jícara de chocolate con nosotros... ¿Me lo promete
usted? Tengo que volverme junto a mi hermano.
¿Vendrá usted?
¿Qué podría hacer Sanín?
-Vendré -respondió.
La joven le apretó la mano con rapidez y volvióse
corriendo. Sanín se encontró en la calle.
IV
Hora y media después estaba Sanín de vuelta en
la confitería de Roselli, donde le recibieron como de
la familia. Emilio estaba sentado en el mismo diván
en que le dieron las friegas. El doctor había partido,
dejando una receta, y recomendando que le preservasen
con esmero de las emociones vivas, a causa
de su temperamento, nervioso, y predispuesto a las
enfermedades del corazón.
Emilio había sufrido otros desmayos de ese género,
pero no, tan profundos ni tan prolongados.
Por lo demás, el doctor declaraba que por el momento
había desaparecido todo peligro.
Emilio, cual conviene a un convaleciente, estaba
arropado en una amplia bata, y su madre le había
puesto al cuello un pañuelo de lana azul ; pero tenía
una expresión alegre, casi como en día de fiesta.
Todo lo que le rodeaba tenía también aspecto de
fiesta. En una mesita puesta frente al diván ostentábase
una enorme cafetera de porcelana, llena de
aromático chocolate, y en derredor se desplegaban
pocillos, botellas de jarabe, platos llenos de bizcochos
y molletes de pan, y hasta ramos de flores. Seis
velas finas ardían en dos candelabros de plata de
forma antigua. A un lado del diván hallábase un
mullido sillón a lo Voltaire, donde Sanín se vio obligado
a sentarse. Todos los moradores de la confitería,
con quienes había entablado conocimiento
aquella tarde, se encontraban allí reunidos, sin exceptuar
el gato y el perro Tartaglia, y todos tenían
cara de pascuas: el mismo perro estornudaba de gozo;
sólo el gato continuaba haciendo arrumacos y
guiños.
Fue preciso que Sanín dijese su apellido, nombres
y calidad, así como el sitio donde nació. Al saber
que era ruso, las dos damas prorrumpieron en
exclamaciones de asombro, y ambas a una voz declararon
que pronunciaba, perfectamente bien el
alemán; pero añadieron que, si prefería hablar en
francés, podía emplear este idioma que ellas mismas
comprendían y hablaban con facilidad. Sanín aprovechó
en el acto el ofrecimiento. «¡Sanín, Sanín!»
Jamás habían podido imaginar las dos damas que
tan fácil de pronunciar fuese un apellido ruso. No
menos les agradó su nombre bautismal Dmitri. La
señora dijo que en su juventud había oído cantar
una ópera magnífica. Demetrio e Polibio, pero declaró
que Dmitri era mucho más agradable que Demetrio.
Sanín habló así cerca de una hora. Por su parte
las damas le iniciaron en todos los detalles de su
existenciA. La de cabello gris, la madre, era quien
más hablaba. Hizo saber a Sanín que se llamaba
Leonora Roselli, que había perdido a su marido
Giovanni Battista Roselli, quien veinticinco años,
antes se estableció en Francfort, de confitero; que
Giovanni Battista era natural de Vicenza, y un
hombre bonísimo, aun que un poco vivo de genio,
pendenciero y encima ¡republicano! Al decir estas
palabras, la señora Roselli señalaba con el dedo un
retrato al óleo, colgado encima del diván. Debe suponerse
que el pintor (también «republicano» añadió
suspirando la señora Roselli) no había acertado
a reproducir por completo el parecido, pues el retrato
del difunto Giovanni Battista representaba un
bandolero sombrío y con gesto de vinagre, por el
estilo de un Rinaldo Rinaldini. En cuanto a la señora
Roselli, había nacido en la antígua y soberbia ciudad
de Parma, donde existe aquella magnífica
cúpula pintada por el inmortal Correggio; pero su
larga permanencia en Alemania la había germanizado
casi por completo. Después, moviendo tristemente
la cabeza, añadió que ya no le quedaban más
que aquella hija y aquel hijo (los indicó por turno
con el dedo), que la hija se llamaba Gemma y el hijo
Emilio, que los dos eran buenos muchachos, y obedientes,
Emilio sobre todo...
-¿ Y yo no soy obediente? -interrumpió la hija.
Oh! Tú... tú eres también una republicana
-respondió la madre.
Después dijo que, naturalmente, los negocios
iban menos bien que en tiempo de su marido,
maestro en el arte de la confitería,... (Un gran d'uomo!
gruñó Pantaleone con aire sombrío); pero que, sin
embargo, gracias al Cielo, aún se encontraban medios
de vivir.
V
Gemma escuchaba a su madre, y tan pronto reía,
tan prontó suspiraba, como le pasaba suavemente la
mano sobre el hombro o le dirigía amenazas joviales
con el dedo, y algunas veces miraba a Sanín. Levantóse
por último, estrechó a su madre entre, los
brazos y la besó en el cuello, debajo de la barba. La
madre rióse mucho y hasta le dio un leve beso.
Sanín trabó también más amplio conocimiento
con Pantaleone. Supo que éste había sido antaño
cantante de ópera en los papeles de barítono, pero
que hacía mucho tiempo había abandonado la carrera
teatral, y ocupaba en la familia Roselli el término
medio entre un sirviente y un amigo de la casa. A
pesar de su larga residencia en Alemania, no había
aprendido nada del idioma del país ; sólo conocía
los términos injuriosos y los destrozaba sin piedad.
Ferroflutto spiecebubbio decía de casi todos los alemanes.
Hablaba el italiano con perfección, habiendo
nacido en Sinigaglia, donde se oye la lingua toscana in
bocca romana.
Emilio dejábase mimar y se abandonaba a las
agradables impresiones de un convaleciente o de
alguien que acabara de librarse de un grave peligro;
por lo demás, aparte de eso, era fácil ver que todos
los de la casa le mimaban. Dio gracias con timidez a
Sanín, y se dedicó más que nada al jarabe y a las
golosinas. Sanín se vio obligado a tomar dos jícaras
de chocolate excelente y a comer una considerable
cantidad de bizcochos; no hacía más que tragar uno,
cuando ya le presentaba otro Gemma. ¿Cómo rechazárselo?
Bien pronto se sintió a sus anchas, como
en su casa; las horas corrían con una rapidez
inverosímil. Le hicieron tratar de muchos asuntos:
acerca de Rusia en general, el clima, la sociedad, los
campesinos rusos (y en particular los cosacos), la
guerra de , Pedro el Grande, el Kremlín, las
campanas y las canciones rusas. Las dos damas no
tenían más que una idea muy vaga de esa región in-
Barbarismo de pronunciación a la italiana de las palabras
alemanas Verfluchter Spitzbube (pícaro, canalla).
mensa y remota. La señora Roselli (o, como solían
llamarla por lo común, Frau Lenore) dejó estupefacto
a Sanín al preguntarle si aún existía la célebre
casa de hielo construida en San Petersburgo el siglo
pasado, y a propósito de la cual había leído un artículo
tan interesante en uno de los libros de su difunto
esposo : Bellezze delle arti. Y como Sanín
exclaniase : «¿De veras se figura usted que no hay
verano en Rusia?» Frau Lenore le explicó cómo se
había representado hasta entonces aquel país: nieves
eternas, todo el mundo envuelto en pieles y todos
los hombres militares, pero una extremada hospitalidad
y campesinos muy sumisos. Sanín se esforzó
en darle, así como a su hija, informes más precisos.
La conversación recayó acerca de la música rusa; y
al punto le rogaron que cantase un aire ruso cualquiera,
y le indicaron en un rincón de la pieza, un
pianito en que las teclas blancas estaban reemplazadas
por negras y viceversa. Obedeció sin hacerse
rogar, y acompañándose bien o mal con dos dedos
de la mano derecha y tres de la izquierda (el pulgar,
el del corazón y el meñique) cantó un poco nasalmente
y con vocecilla de tenor, primero el Sarafán y
después Po ulitse mostovoy. Las damas le elogiaron
por su voz y su musica, pero admiraron sobre todo
la dulzara y la sonoridad de la lengua rusa, y le rogaron
que tradujese el texto. Sanín satisfizo su deseo;
pero como las palabras del Sarafán y de Po ulitse
mostovoy (que traducía con poca elegancia) : «Por una
calle empedrada,iba una joven por agua» no podían
hacerles formar gran idea de la poesía rusa, declamó,
tradujo y cantó no sin degollarla un poco en
las coplas en tono menor, la romanza de Puchkin
Recuerdo esas horas divinas, puesta en música por Glinka.
Las damas quedaron entonces enttislasmadas, y
Frau Lenore hasta descubrió en la lengua rusa pasmosas
relaciones con la italiana: Mognovenie (o viani)
sa mnoi (siam no¡), etc. Los mismos apellidos de Glinka
y Puchkin, que pronunciaba Puskin, pareciéronle
tener una armonía familiar para su oído.
Sanín, a su vez, rogó a las damas que le cantasen
alguna cosa. Tampoco lucieron melindres con él.
Frau Lenore se puso al piano y cantó con su hija,
algunos dúos y stornelli. La madre debía haber tenido
en sus tiempos una buena voz de contralto; la voz
de la joven, aunque un poco débil, era, sin embargo,
agradable.
VI
Pero lo que admiraba Sanín no era la voz de
Gemma, sino Gemma misma. Sentado detrás y algo
al lado de la joven, decíase que jamás palmera alguna,
ni aun en las estrofas de Beneditof, poeta de
moda entonces, hubiera podido competir en elegancia
con las felices proporciones de su talle. Cuando
en los pasajes expresivos alzaba los ojos al techo,
preguntábase qué cielos no hubieran podido abrirse
ante tal mirada.
Apoyado contra el quicio de la puerta, con la
barba y la boca, sepultadas en su inmensa corbata, o
escuchando muy serio con aire de un entendido, el
viejo Pantaleone mismo admiraba la belleza de la
joven y se extasiaba, aun cuando hubiera debido
estar habituado a ella.
Cuando Frau Lenore terminó de cantar sus dúos,
advirtió que Emilio tenía una hermosa voz, de timbre
argentino, pero que estaba en la edad de mudarla
(en efecto, hablaba con voz de bajo, con
entonaciones constantes en falsete), y, por consiguiente,
no debía cantar. Pero invitó a Pantaleone a
sacudir la nieve de los años en honor de su huésped.
Pantaleone tomó en seguida un aire arisco, frunció
las cejas, desgreñó sus melenas y declaró que
desde mucho tiempo atrás había renunciado a todo
eso. Por lo demás -añadió, -en su juventud no hubiera
retrocedido ante un reto, porque pertenecía a
aquella, gran época, en que había una verdadera escuela
de canto y verdaderos. cantantes, cantantes
clásicos que nada tenían de común con los chillones
de ahora. El mismo en persona, Pantaleone Cippatola
da Varese, recibió un día en Módena el homenaje
de una corona de laurel, y en aquella ocasión
hasta soltaron palomas blancas en el teatro, y un
príncipe ruso, il príncipe Tarbuski, con quien tuvo en
otro tiempo relaciones de íntima amistad, le invitaba
siempre, después de cenar, a que se fuese a Rusia,
prometiéndole montañas de oro... ¡montañas! Pero
él no había querido abandonar il paese del Dante.
Verdad es que más tarde, circunstancias desgraciaA
das... sus propias imprudencias... Aquí se interrumpió
el viejo, suspiró profundamente y bajó la cabeza;
después empezó otra vez a hablar de la época
clásica del canto y del célebre tenor García, por
quien sentía una admiración tan honda como desmedida.
-¡Qué hombre! Il gran García nunca se rebajó
hasta cantar de falsete, como lo hacen los pésimos
tenores, los tenoracci de nuestros días. ¡De pecho,
nada más que de pecho! ¡Voce di petto, sí!
El viejo, con sus dedillos flacos, se golpeó enérgicamente
el buche.
-¡Y qué actor, un volcán! ¡Signori miei, un volcán,
un Vesubio! ¡Tuve el honor y el gusto de cantar con
él la ópera dell' illustrtissimo maestro Rossini, en el Otello!
Garcia cantaba el papel de Otello, yo el de Yago.
Y cuando cantó esta frase...
Al llegar aquí, Pantaleone tomó una postura trágica,
y se puso a cantar con voz temblona y ronca,
pero aún muy expresiva, sin embargo:
L'ira d'avverso fatto
io piú non temeró!
El teatro se venía abajo, signori miei. Pero yo me
quedé corto, y repliqué después de él:
L'ira d'avverso fatto
Temer piú non dovro.
Y él, después, de pronto, como un rayo, como
un tigre:
Morró! ma vendicato...
Y fíjense ustedes, cuando cantaba... cuando cantaba
la célebre cavatina de Il matrimonio segreto:
Pria che spunti l'alba...
entonces il gran García, después de estas palabras
:
I cavalli di galoppo
hacía sobre esta frase :
Senza posa cacciera...
hacía... oigan ustedes, que prodigioso es esto,
com' e stupendo!... hacía...
El viejo salió con una,fioritura dificilísima; pero al
llegar a la décima nota se hizo un lío, se puso a toser,
y se volvió bruscamente, diciendo :
-¡Déjenme en paz! ¿Por qué me atormentan ustedes?
Gemma saltó de la silla, aplaudiendo y gritando:
«¡Bravo, bravo!» corrió hacia el pobre Yago retirado
y le plantó bonitamente las dos manos en los hombros.
Sólo Emilio se reía hasta, desternillarse. «Esa
edad no tiene compasión» -dijo La Fontaine.
Sanín trató de consolar al pobre cantante, y se
puso a charlar con él en italiano. Había, adquirido
una leve tintura de esta lengua durante su último
viaje. Habló de il paese del Dante, dove il si suona. Esta
frase, con el Lasciate ogni speranza, constituía en lengua
italiana todo el bagaje poético del joven viajero.
Pero Pantaleone no respondió a la atención.
Hundiendo más profundamente que nunca la barba
en la corbata y abriendo mucho los ojos con aire
mohino, parecía de nuevo un ave, y hasta un ave
encolerizada, un cuervo o un milano. Entonces
Emilio, con leve y repentino rubor, como es costumbre,
en los niños mimados de quince años, se
dirigió a su hermana y le dijo que si quería distraer a
su huésped, nada mejor, podía encontrar sino leerle
una de esas comedias de Maltz que tan bien leía ella.
Gemma se echó a reir, dando un golpecito en la
mano de Emilio, y exclamó : «que sólo él podía tener
semejantes ocurrencias.» Sin embargo, apresuróse
a ir a su cuarto, regresó con un libro en la mano,
se sentó delante de la mesa en el diván, alzó el
dedo para imponer silencio con un ademán enteramente
italiano, y comenzó la lectura.
VII
Maltz era uno de los literatos francofurtenses del
período de . Sus sainetes, cortos y apenas planeados,
escritos en el dialecto local, describían los
tipos de la comarca de una manera burlesca, y atrevida,
aunque el humorismo no fuese muy profundo.
Gemma leía de una manera notable, lo mismo
que un buen actor. Sostenía perfectamente con todos
sus matices el carácter de cada personaje, y desplegaba
cualidades de mímica que había heredado
con la sangre italiana. Cuando se trataba de representar
alguna vieja en la chochez o algún burgomaestre
imbécil, hacía las muecas más chistosas,
encogía los ojos, fruncía la nariz, ceceaba y chillaba,
sin piedad ninguna para con su voz delicada y su
lindo rostro.
Nunca se reía al leer; pero sí los oyentes, excepto
Pantaleone, que se apresuraba a marcharse con aspecto
de mal humor así que se hablaba de quel ferrofluto
tedesco; si los oyentes la interrumpían con una
carcajada simpática, entonces dejaba caer el libro en
las rodillas y reíase también ella a mandíbula batiente,
echando atrás la cabeza, mientras que los rizos
de sus negros cabellos saltaban sobre su nuca y
sus hombros sacudidos por la hilaridad. Pero en
cuanto se había acabado de reir, tomaba, otra vez el
libro, daba de nuevo expresión conveniente a las
facciones y continuaba en serio la lectura. Sanín no
podía saciarse de admirarla. Chocábale una cosa
sobre todo: ¿por qué misterio, aquella cara tan
idealmente hermosa podía tomar de pronto una expresión
cómica y a veces hasta trivial?
Gemma era menos hábil en el modo de leer los
papeles de muchachas, de «damas jóvenes.» Las escenas
de amor, sobre todo, no las hacía bien. Ella
misma lo notaba; por eso les daba un leve matiz
irónico, como si no creyese en esos pomposos juramentos,
en esas frases sublimes, de que el autor,
además, absteníase todo lo posible.
Pasaban las horas sin advertirlo Sanín, y no se
acordó de su viaje hasta que dieron las diez en el
reloj. Saltó de la silla como si le hubiesen pinchado.
-¿Qué tiene usted ?-preguntó Frau Lenore.
-Tenía que salir hoy para Berlín, y había reservado
asiento en la diligencia.
-¿Cuándo sale la diligencia?
-A las diez y media.
-Entonces ya es demasiado tarde -dijo Gemma.
-Quédese usted y leeré alguna otra cosa.
-¿Había usted pagado el billete entero, o nada
más que dado señal? -preguntó Frau Lenore, con un
poco de curiosidad.
-¡Todo entero!-gimió Sanín con gesto afligido.
Gemma le miró, entornando los ojos y se echó a
reir.
-¡Cómo es eso! -le dijo la madre, con tono de reprensión.
-Este joven acaba de perder dinero, ¿y eso
te hace reir?
-¡Bah! -respondió Gemma. -No se quedará arruinado
por eso, y trataremos de consolarle. ¿Quiere
usted limonada?
Sanín tomó un vaso de limonada, Gemma reanudó
la, lectura de Maltz, y todo fue de nuevo lo
mejor del mundo.
-Dieron las doce de la noche. Sanín empezó a
despedirse.
-Debe, usted permanecer algunos días en Francfort
-le dijo Gemma. -¿Por qué, tanta prisa? Ninguna
otra ciudad le parecerá a usted más agradable.
Hizo una pausa, y repitió sonriéndose:
-Ninguna otra, verdaderamente.
Sanín no respondió nada, y pensó que lo vacío
de su bolsa le obligaba a permanecer en Francfort,
hasta que tuviese contestación de un amigo de Berlín,
a quien había resuelto pedir dinero prestado.
-Quédese usted, quédese -dijo, a su vez Frau Lenore;
-le, haremos entablar conocimiento con el
prometido de Gemma, el señor Karl Klüber. Hoy
no ha podido venir, porque está ocupadísimo en sus
almacenes. Probablemente habrá visto usted en la
Zeile un gran almacén de paños y sedas; pues bien,
allí está de dependiente principal. Quedará contentísimo
de presentar a usted sus respetos.
Sanín, sabe Dios por qué, se sintió un poco contrariado.
«¡Feliz prometido! » -pensó, mirando a
Gemma. Y creyó advertir en los ojos de la joven
una expresión burlona.
Saludó de nuevo a las señoras.
-¡Hasta mañana, hasta mañana! ¿No es así?-le
preguntó Frau Lenore.
-¡Hasta mañana!-dijo Gemma, no a modo de
pregunta, sino con un tono afirmativo, cual si hubiera
sido imposible la duda.
-¡Hasta mañana!-respondió Sanín.
Emilio, Pantaleone y Tartaglia le acompañaron
hasta la esquina de la calle. Pantaleone no pudo menos
de manifestar su disgusto acerca del modo de
leer que había tenido Gemma.-¿Cómo no le daba
vergüenza? ¡Qué es eso, hacer muecas, chillar! ¡Una
caricatura! -Hubiera podido elegir Merope o Clitemnestra,
algo grande, trágico; ¡y prefería imitar a una bruja
alemana cualquiera! «Yo también puedo hacer
otro tanto... Mertz, kertz, smertz»-dijo con voz ronca,
alargando la cara hacia adelante y esparrancando los
dedos. Tartaglia ladró detrás de él y Emilio se echó a
reir. El viejo les volvió bruscamente la espalda.
Sanín volvió a la fonda del Cisne Blanco, donde le
esperaba su equipaje en un rincón de la gran sala de
espera. Hallábase en un estado de espíritu bastante
confuso. Aún le zumbaban en los oídos todas aquellas
conversaciones italofranco-tudescas.
-¡Prometida! -murmuró, metiéndose en la cama
del modesto dormitorio que había pedido. -¡Y qué
hermosa es! Pero ¿por qué me he quedado?
Sin embargo, el siguiente día escribió una carta a
su amigo de Berlín.
VIII
No había acabado de vestirse, cuando un camarero
de la fonda le anunció la visita de dos señores.
Uno de ellos era Emilio; el otro, un joven, buen
mozo, con la cara más regular que pudiera verse, era
Herr Karl Klüber, el novio de la hermosa Gemma.
Todo induce a supoNer que por aquel entonces
no había en ningún comercio de Francfort un primer
dependiente tan cortés, tan bien educado, tan
imponente, tan amable como Herr Klüber. Lo intachable
de su vestir sólo tenía igual en lo digno de su
apostura y en lo elegante de sus maneras, elegancia
un poco estirada, según la moda inglesa (había pasado
dos años en Inglaterra), pero exquisita, sin
embargo. A primera vista se notaba claramente que
ese guapo mozo, un poco severo, bien educado y
muy relamido, tenía costumbre de obedecer a sus
superiores y tratar a baquetazos a sus inferiores, y
que detrás del mostrador debía inspirar respeto
hasta a los parroquianos. No podía concebirse la
menor duda respecto a su honradez; bastaba ver el
almidonado cuello que le sostenía la barba. Y su voz
era tal como pudiera apetecerse, llena y grave como
la de un hombre que tiene confianza en sí mismo,
no demasiado fuerte, sin embargo, y hasta con
cierta dulzura de timbre. Era una voz excelente para
dar órdenes a los dependientes inferiores. «¡Enseñe
usted aquella pieza de terciopelo de Lyon punzó! » O
bien: «¡Dé usted una silla a la señora!»
El señor Klüber comenzó por presentar sus
cumplimientos, y al hacer las reverencias se inclinó
tan noblemente, resbaló los pies de un modo tan
agradable, y entrechocó ambos tacones con tal urbanidad,
que no podía vacilarse en decir : «Este es
un hombre que tiene ropa blanca y virtudes morales,
todo de primera calidad.» En la mano izquierda,
calzada con guante de Suecia, tenía un sombrero
reluciente como un espejo y en el fondo de éste estaba
el otro guante; la mano derecha, desnuda, que
alargó a Sanín con ademán modesto pero resuelto,
estaba tan bien acabada que superaba a toda idea
preconcebida, cada una de las uñas era la perfección
misma en su especie. Luego declaró, con los términos
más selectos de la lengua alemana, que había
deseado presentar sus respetos y la seguridad de su
gratitud al señor extranjero que había prestado un
señaladísinio servicio a un futuro pariente suyo, el
hermano de su prometida esposa. Al decir estas palabras,
extendió la mano izquierda, la que sostenía el
sombrero, en dirección a Emilio, quien, perdiendo
el tino, se volvió hacia la ventana y se metió el dedo
índice en la boca. Herr Klüber añadió que se consideraría
muy feliz, si por su parte, pudiera hacer alguna
cosa que le fuese grata al señor extranjero.
Sanín respondió, también en alemán, pero no sin
algunas dificultades, que estaba encantado... que el
servicio era de poca importancia, y rogó a sus huéspedes
que tomasen asiento. Herr Klüber le dio las
gracias, y levantándose los faldones de la levita, se
sentó en una silla, pero tan ligeramente y de una
manera tan poco segura, que era imposible no decirse:
«He ahí un hombre que se ha sentado por pura
fórmula y que va a levantar el vuelo al instante.»
En efecto, levantó el vuelo unos minutos después, y
dando discretamente dos pasitos adelante, como en
la contradanza, explicó con aire modesto que, con
gran pesar suyo, no podía permanecer más tiempo
fuera del almacén- ¡los negocios ante todo! -pero
que siendo domingo el día siguiente, con aprobación
de Frau Lenore y de Fraulein Gemma, había
organizado una jira de recreo a Soden, a la cual tenía
el honor de invitar al señor extranjero, y que abrigaba
la esperanza de que éste se dignaría, «embellecerla
» con su presencia. Sanín no se negó a
«embellecerla.» Herr Klüber le hizo en seguida unas
cortesías y salió luciendo sus pantalones del matiz
más delicado, gris perla; las suelas de las botas, nuevecitas,
chillaban no menos agradablemente.
IX
En cuanto su futuro cuñado hubo salido, Emilio,
que aun después de la invitación hecha por Sanín de
«tomarse la molestia de sentarse,» no había cesado
de mirar por la ventana, dio media vuelta a la izquierda,
y ruborizándose, con un mohín de afectación
infantil, preguntó a Sanín si podía quedarse aún
un poco.
-Me siento mucho mejor hoy -añadió; pero el
doctor me ha prohibido trabajar.
-Quédese, no me estorba usted de ningún modo
-exclamó en seguida Sanín, encantado, como todo
VerdaderO ruso de aceptar la primera proposición
que pudiese dispensarle de hacer él mismo alguna
cosa.
Emilio dio las gracias, y en un instante tomó posesión
de Sanín y de su cuarto; examinó los objetos
de la pertenencia de su huésped y preguntó acerca
de todo lo que veía: «¿ Dónde lo ha comprado usted?
¿Cuánto le costó esto?» Le ayudó a afeitarse, le
dijo que hacía mal en no dejarse crecer el bigote, y
por último, le contó una multitud de particularidades
acerca de su madre, de su hermana, de Pantaleone,
hasta de Tartaglia, y toda la manera de vivir de
ellos. Había desaparecido todo asomo de timidez en
Emilio, quien sintió súbitaniente un afecto extraordinario
por Sanín, no a causa de que éste le hubiera
salvado la vida el día antes, sino porque «¡ era tan
simpático!» No tardó en confiarle todos sus secretos,
insistiendo en particular sobre un tema. Mamá
quería hacerle a toda costa comerciante, y él sabía,
sabía sin género ninguno de duda que había nacido
artista, músico, cantante, ¡que el teatro era su verdadera,
vocación! El mismo Pantaleone le animaba:
pero Herr Klüber sostenía el parecer de mamá, sobre
la cual tenía gran influencia. La idea de convertirle
en un mercachifle era propia de Herr Klüber,
en cuyo caletre nada podía compararse con la profesión
de mercader. Vender paño y terciopelo, estafar
al público, hacerle pagar Narren-Oder-Russen-Preise
(precios de imbéciles o de rusos); ¡he aquí su ideal!
-Pero ya es hora de irnos a casa -exclamó en
cuanto Sanín hubo concluido de arreglarseescrito su
carta a Berlín.
-Todavía es muy temprano -dijo Sanín.
-Eso no importa -replicó Emilio con zalamería.
-Vamos al correo, y de allí a casa. Gemma se pondrá
contenta de verle a usted. Almuerce usted con nosotros...
Hable usted a mamá de mí, de mi carrera ...
-Vamos -dijo Sanín.
Y partieron.
X
Gemma, en efecto, pareció contentísima de verle,
y Frau Lenore le recibió muy amistosa. Visiblemente,
había producido en ella, una impresión
favorable la víspera. Emilio corrió a ocuparse del
almuerzo, no sin haber cuchicheado al oído de Sanín
esta recomendación:
-¡No lo olvide usted!
-En ello pienso -contestó Sanín.
Frau Lenore no se encontraba del todo bien; tenía
jaqueca y medio tumbada en un sillón, trataba de
moverse lo menos posible. Gemma llevaba un peinador
amarillo, sujeto a la cintura con un cinturón
de cuero; tenía también aspecto fatigado, y una ligera
palidez cubría sus mejillas; sus ojos estaban un
poco ojerosos, pero su brillo no se había aminoraA
do, y aquella palidez daba algo de misterio y dulzura
a sus facciones de una pureza y una severidad clásicas.
Ese día llamóle la atención a Sanín en particular
la extraordinaria belleza de su mano... Cuando la
levantaba para arreglarse y sujetar los rizos obscuros
y lustrosos de sus cabellos, no podía apartar la vista
de esos dedos largos y flexibles, separados unos de
otros como los de la Fornarina de Rafael.
Hacia mucho calor en la calle. Sanín quería irse
después de almorzar, pero le hicieron ver que con
semejante día lo mejor era quedarse donde estaba.
Convino en ello, y se quedó. Un agradable fresco
reinaba en la estancia de atrás, donde sus huéspedes
y él se habían instalado, y cuyas ventanas daban a un
jardincito plantado de acacias. Un ávido enjambre
de abejas, avispas y zánganos atareados zumbaban
entre el frondoso follaje sembrado de flores de oro.
Su incesante murmullo que penetraba en la habitación
por las celosías entreabiertas y las cortinas
echadas, hablaba del calor de afuera y hacía parecer,
aún más suave el fresco de aquella casa cerrada y
hospitalaria.
Sanín habló mucho, como la víspera, pero ya no
de Rusia ni de la vida rusa. Con el fin de complacer
a su amiguito, a quien habían mandado a casa, de
Herr Klüber en seguida del almuerzo, para ejercitarse
en la teneduría de libros, llevó la conversación al
terreno de las ventajas y los inconvenientes comparados
del arte, y del comercio. Esperaba ver a Frau
Lenore tomar la defensa de esta última profesión;
pero su mayor extrañeza fue el ver que también
Gemma participase de tales opiNiones.
-Si se es artista, sobre todo cantante -insistió con
ademán enérgico, -es preciso ocupar el primer
puesto. El segundo nada vale. ¿Y quién sabe si ha
de llegar a ese primer puesto? Pantaleone, que tomaba
parte en la conversacíón (porque en su calidad
de viejo y servidor antiguo, tenía el privilegio de
sentarse en companía de los dueños de la casa: los
italianos, en general, no son de etiqueta muy severa),
Pantaleone, naturalmente, defendía el arte con
todas sus fuerzas. A decir verdad, sus argumentos
harto flojos; repetía de continuo la necesidad de
hallarse dotado de «cierto ímpetu de inspiración,»
d'un certo estro d'inspirazione. Frau Lenore le objetó
que probablemente él mismo habría poseído ese
estro, y que sin embargo...
-Tuve enemigos -respondió Pantaleone con aire
tétrico.
-¿Y cómo puedes estar seguro (ya se sabe que los
italianos se tutean a menudo), cómo puedes estar
seguro de que Emilio, aun suponiendo que estuviese
dotado de ese estro, no tendría enemigos?
-¡Pues bien, hacedle mercachifle! -dijo despechado
Pantaleone.-¡Pero, Giovanni Battista no se hubiera
conducido así, a pesar de ser de oficio
confitero!
-Giovanni Battista, mi marido, era un hombre
razonable; y si en su primera juventud pudo dejarse
arrastrar...
Pero el viejo no escuchaba ; alejóse, murmurando
con aire hosco:
-¡Ah! ¡Giovanni Battista!
Gemma exclamó que si Emilio sentía en sí el
amor a la patria, y si quería consagrar sus fuerzas a
la independencia de Italia, podía ciertamente sacrificar
la seguridad de su porvenir por un fin tan noble
y elevado pero no por el teatro. Al decir esto, Frau
Lenore, inquieta, suplicó a su hija que, a lo menos,
no arrastrase a su hermano fuera del buen camino.
¿No bastaba con que ella misma, fuese una republicana,
furibunda?... Después de haber pronunciado
estas palabras, Frau Lenore exhaló un suspiro quejumbroso
y dijo que sufría mucho, que su cabeza
estaba próxima a estallar. (Frau Lenore, por cortesía
para con su huésped, hablaba en francés con su hija).
Gemma se puso en seguida a hacerla caricias,
soplándola con delicadeza en la frente después de
humedecérsela con agua Colonia; la besó con dulzura
en las mejillas, arregló la cabeza encima de la almohada,
la prohibió que hablase y la besó de nuevo.
Después, dirigiéndose a Sanín, se puso a contarle,
medio risueña, medio sentimental, qué admirable
madre era la suya y cuán hermosa había sido.
-Pero, ¿qué digo? ¡Aún lo es, y hermosísima,!
¡Vea usted, vea usted qué ojos!
Gemma sacó del bolsillo un pañuelo blanco, lo
puso encima de la cara de su madre, y tirando de él
hacia abajo poco a poco, descubrió primero la
frente, después las cejas y los ojos de Frau Lenore,
hizo una pequeña pausa y la dijo que mirase. Obedeció
ésta, y Gemma, dio un grito de admiración.
(Los ojos de Frau Lenore eran en verdad hermosos).
Hizo resbalar rápidamente el pañuelo por la
parte inferior de la cara, menos regular que la superior,
y volvió a llenarla de besos. Frau Lenore, sonriéndose,
se volvió un poco e hizo como que
rechazaba a su hija con esfuerzo. Gemma fingió
también luchar con su madre y se puso a acariciarla.,
no con la felina zalamería de las francesas, sino con
la gracia italiana, bajo la cual siempre se adivina la
fuerza.
Por fin, dijo Frau Lenore que estaba fatigada.
Gemma la aconsejó que durmiera un poco en el
sillón.
-Y yo -dijo, -con el caballero ruso, nos estaremos
quietos, muy tranquilos, como ratoncitos.
Frau Lenore la dirigió una sonrisa por única respuesta,
cerró los ojos, respiró hondamente dos o
tres veces y se adormeció. Gemma se sentó a escape
junto a ella, en una banqueta, y sosteniendo la almohada
donde descansaba la cabeza de su madre,
se quedó inmóvil, llevando solamente de vez en
cuando a sus labios un dedo de la otra mano, para
recomendar silencio, y mirando a Sanín con el rabillo
del ojo cada vez que se permitía el menor movimiento.
Concluyó éste por inmovilizarse también y
permaneció como hechizado, dejando a su alma
admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él
se ofrecía. Aquella estancia medio a obscuras, Donde
como puntos luminosos brillaban acá y allá frescas
rosas muy abiertas en antiguos vasos de color
verde; aquella mujer dormida, con las manos moI
destamente cruzadas, con su bondadoso rostro rendido
y rodeado por la suave blancura de la almohada;
aquella joven que la miraba con atención,
también tan buena, pura y admirablemente hermosa,
con sus ojos negros, profundos, llenos de sombra
y sin embargo de fulgores... ¿eran un ensueño, o
un cuento de hadas?... ¿Y cómo estaba él allí?
XI
Sonó la campanilla de la puerta exterior. Un joven
campesino, con chaleco rojo y gorra de piel,
entró en la confitería. Era el primer comprador de
aquel día.
-He aquí cómo va el comercio -había, dicho Frau
Lenore a Sanín, dando un suspiro, durante el almuerzo.
Continuaba dormida. No atreviéndose Gemma a
sacar la mano de debajo de la almohada, dijo muy
quedo a Sanín :
-Vaya, usted a despachar en lugar mío:
Sanín, andando de puntillas, pasó en seguida a la
tienda. El joven labriego pidió un cuarterón de pastillas
de menta.
-¿Qué le cobro?-dijo Sanín a media voz, a través
de la puerta.
-Seis centavos -murmuró Gemma.
Sanín pesó las pastillas, buscó el papel, hizo un
cucurucho, lo llenó, lo desparramó, lo rehizo, lo
desparramó otra vez, concluyó por entregarlo y recibió
el dinero... El joven aldeano le miraba estupefacto,
dando vueltas a la gorra contra el pecho,
mientras que en la otra habitación Gemma, ahogaba
la risa apretándose la boca con la mano. Aún no
había salido ese comprador, cuando entró otro, luego
un tercero...
-Parece que tengo buena mano -dijo para sí Sanín.
El segundo parroquiano pidió un vaso de horchata,
el tercero media libra de bombones. Sanín les
sirvió, armando un barullo de cucharas y platillos, y
metiendo animoso los dedos en los cajones y en los
botes de cristal de ancha boca. Hecha la cuenta, resultó
que había vendido la horchata demasiado barata,
y cobrado de más en los bombones dos
centavos. Gemma no cesaba de reirse quedito; en
cuanto a Sanín, sentía una animación desusada y
una disposición de ánimo verdaderamente feliz.
¡Hubiera vivido así eternidades, vendiendo bomboA
nes y horchata detrás de aquel mostrador, mientras
que desde la trastienda le mirara aquella encantadora
criatura con ojos amistosamente burlones; mientras
que el sol estival, a través del espeso follaje de los
castaños que crecían delante de las ventanas, llenaba
toda la estancia con el oro verdoso de sus rayos y de
sus sombras; y mientras que su corazón se mecía
con la dulce languidez de la pereza, del quietismo y
de la juventud, de la primera juventud.
El cuarto parroquiano pidió una. taza de café.
Hubo que dirigirse a Pantaleone. Emilio no había
vuelto aún del almacén de Herr Klüber.
Sanín volvió a sentarse junto a Gemma. Frau
Lenore continuaba dormida, con gran contento de
su hija.
-Cuando mamá duerme, se le quita la jaquecea
-hizo observar.
Sanín se puso a hablar con ella en voz baja, como
antes, por supuesto. Habló de «su comercio.» Se
informó muy formal acerca del precio de los diferentes
«artículos del ramo de confitería.» Gemma se
los indicó con idéntica formalidad, y, sin embargo,
ambos se reían para sus adentros, de buena fe, como
si se confesasen a sí mismos que representaban
una divertidísima comedia. De pronto en la calle se
puso a tocar un organillo el aire del Freischütz :
A través de los campos y llanos...
Los snidos gemebundos y temblones rechinaban
en el aire inmóvil. Gemma se estremecía:
-¡Va a despertar a mamá!
Sanín se apresuró a salir e hizo desaparecer al
músico ambulante, poniéndole en la mano algunos
centavos. A su vuelta, Gemma le dio las gracias con
una ligera seña de cabeza; luego, con una sonrisa
meditabunda, tarareó con voz apenas perceptible la
linda melodía en que Max expresa todas las vacilaciones
del primer amor. En seguida preguntó a Sanin
si conocía el Freischütz, si le gustaba Weber; y
añadió que, a pesar de su origen italiano, le gustaba
esa música más que ninguna. De Weber, la conversación
fue insensiblemente a parar a la poesía, al
romanticismo, a Hoffmann, que todo el mundo leía
entonces...
Sin embargo, Frau Lenore seguía durmiendo, y
hasta roncaba ligeramente, y los rayos del sol, que
pasaban como rayas estrechas a través de los resquicios
de las persianas, iban cambiando de sitio y viajaban
con un movimiento imperceptible, pero
continuo, sobre el piso, sobre los inuebles, sobre la
falda de Gemma, sobre las hojas y los pétalos de las
flores.
XII
Gemma no gustaba en manera alguna de
Hoffmann, y hasta lo encontraba... aburrido. El
elemento nebuloso y fantástico de esos relatos del
Norte no era accesible a su naturaleza meridional y
enteramente impregnada de sol. «¡Esos no son sino
cuentos de chiquillos!» -afirmaba, no sin desdén.
Comprendía vagamente que Hoffmann carece de
poesía.
Sin embargo, le gustaba, mucho uno de aquellos
cuentos, de cuyo título no podía acordarse. A decir
verdad, lo que le gustaba era el principio de dicho
cuento, pues se le babía olvidado el final o tal vez
no lo hubiese leido nunca. Era la historia de un joven
que encontraba no sé dónde, acaso en una confitería,
una joven griega de asombrosa belleza,
acompañada por un viejo de aire extraño, misterioso
y cruel. El joven se enamora a primera vista de la
señorita; ésta le mira con aire lastimero, como pidiéndole
que la liberte. Aléjase él un momento, y al
volver en seguida a la confitería, ya no encuentra a
la joven ni al viejo. Lánzase en su busca, descubre a
cada instante indicios de su presencia, prosigue en
su persecución, y por más que hace, nunca logra
alcanzarlos en ninguna parte. La hermosa desconocida
ha desaparecido para siempre, y él no tiene
fuerzas para, olvidar aquella mirada suplicante;
atorméntale la idea de que quizá se le ha escurrido
de entre las manos toda la felicidad de la vida...
No es seguro que Hoffmann termine el relato de
este modo; pero Gemma, sin tener conciencia de
ello, lo arregló así y lo retuvo en la memoria.
-Me parece -dijo- que los encuentros y separaciones
de esta clase, son más frecuentes de lo
que creemos.
Sanín permaneció en silencio algunos instantes,
luego habló de Herr Klüber. Era la primera vez que
pronunciaba, su nombre; hasta aquel momento, ni
siquiera había pensado en dicho personaje.
A su vez, Gemma calló un instante, mordiéndose
con aire pensativo la uña del dedo índice: apartó la
vista, luego hizo un elogio de su futuro, habló de la
jira de recreo proyectada para el día inmediato, y
echando una rápida ojeada a Sanín, volvió a quedarse
silenciosa.
Sanín ya no sabía sobre qué conversar.
Emilio entró bruscamente y despertó a Frau Lenore...
Sanín se puso contento al verle llegar.
Frau Lenore se levantó del sillón. Presentóse
Pantaleone, y dijo que la comida estaba servida. El
amigo de la casa, excantante y sirviente, desempeñaba
también las funciones de cocinero.
XIII
Sanín permaneció aún después de comer. Se habían
negado a dejarle partir, so pretexto de que hacía
un calor horrible; y cuando hubo caído un poco
el calor, le propusieron salir al jardín a tomar el té, a
la sombra de las acacias. Sanin aceptó; sentíase
completamente feliz. Las horas apacibles y de dulce
monotonía de la vida guardan exquisitos goces, y se
entregaba a ellos con delicia, sin pedir más al día
presente, sin acordarse de la víspera, sin pensar en
mañana. ¡Qué encanto sólo la presencia de una joven
como Gemma! Iba a separarse de ella muy
pronto, y quizá para siempre; pero mientras la misma
barquilla, como en los versos de Uhland, te mece
sobre las ondas serenas de la vida, ¡sé feliz,
viajero; deléitate! ¡Feliz viajero! Todo le parecía
amable y encantador.
Frau Lenore le propuso medirse con ella y Pantaleone
al juego del tresette; le enseñó este juego italiano
poco complicado; ganóle ella algunos
centavos, y quedó hechizado él. A petición de Emilio,
Pantaleone obligó al perro Tartaglia a que hiciese
todas sus habilidades: Tartaglia saltó por encima de
un palo, habló (es decir, ladró), estornudó, cerró la
puerta con el hocico, trajo a su amo una zapatilla
vieja, y por último, con un chacó en la cabeza, representó
al mariscal Bernadotte escuchando las sangrientas
acusaciones que
por
quien hacía de Napoleón, ¡y con suma fidelidad a fe
mía! Con los brazos cruzados sobre el pecho y un
tricornio metido hasta las cejas, hablaba con tono
seco y áspero en francés, ¡y en qué francés, Dios
mío! Frente a su amo, sentado Tartaglia sobre las
patas traseras, encogido y apretando la cola sobre
las piernas, hacía guiños con aire humilde y confuso
bajo la visera del chacó metido de través. De rato en
rato, cuando Napoleón alzaba la voz, erguíase sobre
las patas de atrás. «¡Fuori traditore!» exclamó, por último
Napoleón, olvidando en el exceso de su cólera,
que debía sostener hasta el fin su papel en francés; y
Bernadotte huyó a todo correr debajo del diván, de
donde salió casi en seguida, ladrando alegre, como
para hacer saber a todos que la función había concluido.
Los espectadores se rieron mucho, y Sanín
más que todos.
Cuando Gemma se reía mezclaba, con las risas
unos gemiditos de lo más divertido del mundo...
Sanín estaba en sus glorias con aquella risa. Acabó
por sentir un deseo loco de comérsela a besos por
aquellos gemiditos.
Por fin, llegó la noche. ¡Hay que tener juicio!
Después de haberse despedido de todos y repetido
a cada, uno « hasta mañana » (hasta abrazó a Emilio),
Sanín regresó a la fonda, llevando en el corazón
la imagen de aquella joven, ya risueña, ya pensativa,
ya apacible hasta la indiferencia, pero siempre encantadora.
Sus hermosos ojos, a veces muy abiertos,
brillantes y alegres como el día, otras medio velados
por las pestañas, obscuros y profundos como la noche,
estaban tenazmente ante su vista, mezclándose
con todas las demás imágenes, con todos los otros
recuerdos.
En lo que no pensó ni una sola vez fue en Herr
Klüber, en las razones que le habían retenido en
Francfort, en una palabra, en todo cuanto lo agitara
la víspera.
XIV
Preciso es que digamos algunas palabras acerca
del mismo Sanín. En primer término, no era mal
parecido: talle proporcionado y elegante, facciones
agradables aunque un poco indecisas, ojos azules
claros, de cariñosa expresión, cabellos con reflejos
de oro, piel blanca y sonrosada, y, sobre todo, ese
aire ingenuamente alegre, confiado, abierto, algo
bobo a primera vista, en el cual reconocíase antaño
sin trabajo a los hijos de los nobles de la estepa, los
«hijos de familia,» los jóvenes de buena casa nacidos
y engordados al aire libre en las feraces comarcas
del Sur; bonito andar, un poco vacilante, leve
ceceo al hablar, una sonrisa infantil en cuanto le miraban...
en fin, buen humor, salud, molicie, molicie y
más molicie: tal era Sanín de cuerpo entero. AdeI
más, no estaba desprovisto de talento ni de instrucción.
Había conservado su frescura de impresiones,
a pesar de su viaje al extranjero; para él eran casi
desconocidos los senti- mientos tumultuosos que
perturbaban a la mejor parte de la juventud de entonces.
En nuestros días después de una minuciosa rebusca
de «hombres nuevos,» nuestra literatura se ha
puesto a producir tipos de jóvenes decididos a
guardar su frescura, a conservarse frescos e intactos...
cueste lo que cueste, frescos como las ostras
que de Flensburgo llevan a Rusia. Sanín no tenía
nada de común con ellos: era naturalmente fresco.
De compararle con algo, hubiera sido menester hacerlo
con un manzano nuevo, de hojas rizadas, recién
injerto, de nuestros viveros de tierras negras o
mejor aún, con un potro de tres años, nacido en las
antiguas yeguadas de señores, bien cuidado y reluciente,
uno de esos potros de piernas mal desbastadas,
que apenas empiezan a aprender el trote
largo. Los que han encontrado a Sanín más tarde,
baqueteado por la vida, perdida de mucho tiempo
atrás, la «flor» de la juventud, esos han conocido
otro hombre.
Al día siguiente, aún estaba Sanín en la cama,
cuando Emilio, vestido de fiesta, trascendiendo a
pomada y con un junquillo en la mano, se metió de
rondón en el dormitorio y anunció que Herr Klüber
iba a llegar con el coche, que el día prometía ser
magnífico, que todo estaba dispuesto en casa, pero
que mamá no iba a ir, porque le había vuelto a dar la
jaqueca de la víspera. Se puso a dar prisa a Sanín,
asegurándole que no había un minuto que perder.
En efecto, Herr Klüber encontró a Sanín arreglándose
todavía. Llamó a la puerta, entró, inclinó y enderezó
su noble talle, declaró hallarse dispuesto a
esperar todo cuanto se quisiera y tomó asiento, con
el sombrero elegantemente apoyado en una rodilla.
El guapo dependiente se había emperejilado hasta lo
imposible; cada uno de sus movimientos desprendía
fuertes efluvios de los más grandes olores. Había
ido en una gran carretela descubierta, un landó enganchado
con dos caballos de mala estampa, pero
de alzada y fuerza. Un cuarto de hora después, Sanín,
Klüber y Emilio deteníanse triunfalmente a la
puerta de la confitería. La señora Roselli se negaba
de un modo resuelto a tomar parte en el paseo.
Gemma quiso quedarse con su madre, pero ésta
misma la empujó al coche.
-No necesito de nadie, dormiré -dijo. -De buena
gana hubiera enviado con ustedes a Pantaleone, pero
se necesita alguno para despachar a los parroquianos.
-¿Podemos llevarnos a Tartaglia?
-¿Qué duda tiene?
Al punto se lanzó Tartaglia alegremente al pescante,
y se instaló allí, relamiéndose. Se veía que estaba
familiarizado con esa gimnástica, Gemma se
había puesto un gran sombrero de paja con cintas
pardas, cuyo borde bajaba por delante, resguardándola
casi toda la cara contra los rayos del sol. La
línea de la sombra terminaba precisamente en la
boca, brillaban sus labios con un encarnado suave y
fino como los pétalos de la rosa de cien hojas, y sus
dientes despedían cándidos reflejos como en los
niños. Gemma tomó asiento en el fondo, junto a
Sanín; Klüber y Emilio enfrente de ellos. El pálido
rostro de Frau Lenore apareció en una ventana;
Gemma la hizo una señal de despedida con su pañuelo
blanco, y el coche arrancó.
XV
Soden es un pueblecito situado a media hora de
Francfort, en un paraje encantador, en las faldas del
Taunus. Entre nosotros los rusos gozan de renombre
a causa de sus aguas minerales, eficaces en las
enfermedades del pecho, según se asegura. Los
francofurtenses nunca van allí sino para jiras de recreo,
porque Soden posee un magnífico parque y
restaurants donde puede tomarse café y cerveza a la
sombra de los tilos y de los arces. El camino de
Francfort a Soden, orillado de árboles frutales, costea
la margen derecha del Main. Mientras el coche
rodaba tranquilamente por aquel camino magnífico,
Sanín observaba a hurtadillas la actitud de Gemma
respecto a su futuro. Era la primera vez que los veía
juntos. La actitud de la joven era serena, y sencilla,
pero con un poco más reserva, y seriedad que de
costumbre; Klüber tenía el porte de un superior indulgente
que se permite a sí mismo, y permite a su
subordinado, un placer discreto y de buen tono.
Sanín no observó en él ninguna particular atención
para con Gemma, nada de lo que los franceses llaman
empressement (obsequiosidad). Evidentemente,
Herr Klüber consideraba, el asunto como trato hecho,
y no veía ningún motivo para molestarse y hacer
el galán; en cambio, su condescendencia no le
abandonaba un minuto, y hasta en el gran paseo
que, dieron antes de comer, más allá de Soden, a
través de las monta ñas y de los valles frondosos,
mientras saboreaba las bellezas de la Naturaleza,
miraba el paisaje con aquel invariable aire de indulgencia
a través del cual se traslucía de vez en cuando
la severidad natural en un superior. Así, hizo notar
que cierto riachuelo corría harto en línea recta, en
vez de dar pintorescos rodeos; hasta desaprobó la
conducta de un pajarillo que variaba, muy poco su
canto. Gemma no se aburría, y hasta experimentaba
una visible satisfacción. Sin embargo, Sanín no encontraba
ya en ella la Gemma de la víspera, y no
porque la más leve sombra obscureciese su hermosura
(nunca había estado más resplandeciente) sino
que su alma parecía haberse escondido en lo más
recóndito de su ser. Elegantemente enguantada y
con la. sombrilla abierta en la mano, andaba con
aplomo, sin apresurarse, como hacen las señoritas
bien educadas, y hablAba poco. Emilio tampoco
estaba a sus anchas, y Sanín aún menos. Una de las
cosas que contribuían a molestarle, era que la conversación
se sostuvo todo el tiempo en alemán.
Sólo Tartaglia estaba enteramente alegre. Corría
dando furiosos ladridos tras de los tordos que levantaba
al paso: cruzaba los barrancos, saltaba, por
encima de los troncos y de las raíces, se tiraba al
agua lamiéndola con avidez, se sacudía, gimoteaba,
luego salía disparado otra vez como una flecha, dejando
colgar su lengua roja. Por su parte, Herr
Klüber hacía todo lo que juzgaba necesario para
divertir a la sociedad. Invitó a sus compañeros a
sentarse a la sombra de un copudo roble, y sacando
del bolsillo un librito titulado Knallerbsen, oder du
solst und wirstlachen! (Petardos, o ¡Debes reirte y te
vas a reir!), se creyó en el caso de leer las anécdotas
escogidas de que ese libro estaba lleno. Leyó una
docena sin provocar mucha alegría. Sólo Sanín, por
urbanidad, enseñaba, los dientes. En cuanto a Herr
Klüber, después de cada anécdota, dejaba oir una
risita de pedagogo, modificada como siempre por
un tinte de condescendencia. Hacia mediodía volvieron
todos a Soden al mejor restaurant de la comarca.
Tratábase de tomar disposiciones para la comida.
Herr Klüber propuso realizar este acto en un pabellón
cerrado por todas partes, im Gartensaton; pero
Gemma se sublevó de pronto contra esto, y dijo
que no comería sino al aire libre, en el jardín, en una
de las mesitas puestas delante del restaurant; que le
aburría ver siempre las mismas caras, y que deseaba
tener otras a la vista. Varios grupos de recién venidos
se habían sentado ya alrededor de esas mesitas.
Mientras Klüber sometiéndose con condescendencia
«al capricho de su futura,» iba a entenderse
con el camarero en jefe, Gemma permaneció
de pie, inmóvil, con los ojos bajos y los labios
apretados; sentía que Sanín no apartaba de ella su
mirada, casi interrogadora, y hubiérase dicho que
eso le causaba enfado. Por fin regresó Klüber,
anunciando que la comida estaría dispuesta dentro
de media hora, y propuso jugar una partida de bolos
para esperar.
-Eso es muy bueno para abrir el apetito, ¡je, je,
je! -añadió.
Jugaba a los bolos magistralmente; al arrojar las
bolas, tomaba posturas magníficas, hacía valer la
musculatura de los brazos y piernas, balanceándose
con gracia en un pie. Era un atleta en su género;
estaba sólidamente configurado. Y luego, ¡eran tan
blancas, tan bellas sus manos! ¡Y se las enjugaba,
con tan rico pañuelo de seda de la India, con flores
de color amarillo de oro!
Llegó la hora de comer, y toda la compañía se
puso a la mesa.
XVI
Sabido es de lo que consta una comida alemana:
una sopa de aguachirle con canela y unas bolitas de
pasta cubiertas de gibosidades; carne cocida, seca
como corcho, rodeada de remolachas fofas, de rábano
picado y patatas viscosas, envueltas en una
grasa blanquizca; una anguila azulada, con salsa de
alcaparras en vinagre; un asado con conservas en
vinagre,y el imprescindible mehlspeise, especie de pudding
rociado con una salsa roja agria; en cambio,
vino y cerveza muy presentables. Tal era, la comida
que el fondista de Soden presentó a sus huéspedes.
Por lo demás esa comida pasó muy bien. En
verdad, no se hizo notar por una animación particular,
aun cuando Herr Klüber brindó «¡Por lo que
nos es querido!» (Was wir lieben) Todo se realizó de
la manera más decente y digna. Después de la comida
sirvióse un café ácido y rojizo, un verdadero
café alemán. Herr Klüber, como galante caballero,
pedía a Gemma permiso para fumar un cigarro,
cuando de pronto ocurrió una cosa imprevista, una
cosa verdaderamente desagradable y hasta indigna.
Algunos oficiales de la guarnición de Maguncia
se habían instalado en una de las mesas próximas.
Por sus miradas y cuchicheos, podía adivinarse sin
esfuerzo que les había llamado la atención la hermosura
de Gemma. Uno de ellos, que probablemente
había estado en Francfort, miraba a la joven
como se mira a una persona conocida; era claro que
sabía quién era. De pronto se levantó vaso en mano
-los señores oficiales habían hecho ya
libaciones, y el mantel estaba cubierto de botellas
delante de ellos; -acercóse a la mesa donde estaba
sentada Gemma. Era un jovenzuelo con cejas y
pestañas de un rubio soso, aunque con una fisonomía
agradable y hasta simpática, pero sensiblemente
alterada por el vino que había bebido.
Sus mejillas estaban estiradas e inflamados los
ojos, que vagaban de acá para, allá, con expresión
insolente. Sus camaradas, después de intentar conI
tenerle, le dejaron ir. Fuerza era ver en qué paraba
aquello.
El oficial, tambaleándose un poco, se detuvo
delante de Gemma, y con voz que quería hacer segura,
pero en la cual, a pesar suyo, se revelaba una
lucha interior, exclamó:
- ¡Brindo por la salud de la más hermosa botillera
que hay en Francfort y en el mundo entero! (De un
sorbo se tragó todo el contenido del vaso). ¡Y en
recompensa, tomo esta flor cogida por sus divinos
dedos!
Y cogió una rosa que había junto al plato de
Gemma. Asombrada al pronto y asustada, ésta se
puso pálida como una muerta; después, trocándose,
en ira su espanto, se ruborizó hasta la raíz de los
cabellos. Sus ojos fijos en el insultante, se obscurecieron
y centellearon a la vez, llenándose de tinieblas
y relámpagos de una indignación desbordada...
El oficial, turbado al parecer por esa mirada,
murmuró algunas palabras incoherentes, saludóy se
fue adonde estaban sus amigos, quienes lo acogieron
con risas y ligeros aplausos.
Herr Klüber se levantó bruscamente, se irguió
con toda su estatura, y calándose el sombrero, dijo,
con dignidad, pero no muy alto:
-¡Esto es inaudito! ¡Es una insolencia inaudita!
(Unerhört! unerhörte Frechheit!)
En seguida llamó al mozo con voz severa, y no
sólo pidió que le trajesen en el acto la cuenta, sino
que además ordenó que enganchasen el coche, y
añadió que era imposible que personas distinguidas
viniesen a este establecimiento, puesto que en él se
insultaba. Al oir Gemma estas palabras, inmóvil en
su sitio -una respiración jadeante sacudía su pechodirigió
los ojos a Herr Klüber, y fijó en él la misma,
mirada que había lanzado al oficial. Emilio temblaba
de rabia.
-Levántese usted, mein Fräulein -profirió Herr
Klüber, siempre con ídéntica, severidad; -no conviene
que permanezca usted aquí. Vamos a meternos
en el interior del restaurant.
Gemma se levantó sin decir nada, la presentó el
su torneado brazo, puso la mano encima, y Herr
Klüber se dirigió entonces, al restaurant con un andar
majestuoso, cada vez más majestuoso y arrogante,
conforme se alejaba del teatro de los sucesos.
El pobre Emilio les siguió todo trémulo.
Pero inientras, que Herr Klüber ajustaba la
cuenta con el mozo, a quien no dio ni un centavo
de propina, para castigarle por lo sucedido, Sanín se
había acercado rápidamente a la mesa de los oficiales,
y dirigiéndose al que había insultado a Gemma,
y que en aquel momento daba a oler su rosa a los
demás, uno tras otro; con voz clara, pronunció en
francés estas palabras :
-¡Caballero, lo que acaba usted de hacer es indigno
de un hombre de honor, indigno del uniforme
que viste; y vengo a decirle a usted que es un fatuo
mal educado!
El joven dio un salto; pero otro oficial de más
edad le detuvo con un ademán, le hizo sentarse, y
dirigiéndose a Sanín le preguntó, en francés también,
si era hermano, pariente o novio de aquella
joven.
-Nada tengo que ver con ella -exclamó Sanín.
-Soy un viajero ruso, pero no he podido ver a sangre
fría, tal insolencia. Por lo demás, aquí están mi
nombre y mis señas; el caballero oficial sabrá dónde
encontrarme.
Al decir estas palabras, Sanín echó en la mesa su
tarjeta, de visita y con rápido ademán cogió la rosa
de Gemma, que uno de los oficiales había dejado
caer en un plato. El joven oficialete hizo un nuevo
esfuerzo para levantarse de la silla, pero su compañero
le detuvo por segunda vez diciéndole:
-¡Quieto, Dönhof! (Dönhof, sei still!) Luego, se levantó
él mismo, y llevándose la mano a la visera de
la gorra, no sin un matiz de cortesía en la voz y en la
actitud, dijo a Sanín que en la mañana siguiente uno
de los oficiales de su regiMiento tendría el honor
de sele. Sanín respondió con un breve
saludo y se apresuró a reunirse con sus amigos.
Herr Klüber fingió no haber notado la ausencia
de Sanín ni sus explicaciones con los oficiales; daba
prisa al cochero que enganchaba, los caballos, e
irritábase en extremo contra su lentitud. Gemma
tampoco dijo nada a Sanín; no le miró siquiera. Por
sus cejas fruncidas, sus labios pálidos y apretados,
su misma inmovilidad, adivinábase lo que sucedía
en su alma. Sólo Emilio tenía visibles deseos de hablar
con Sanín y de interrogarle: le había visto acercarse
a los oficiales, darles una cosa blanca, un pedazo
de papel, carta o tarjeta. Palpitábale el corazón
al pobre muchacho, le abrasaban las mejillas; estaba
pronto a echarse al cuello de Sanín, pronto a llorar,
o lanzarse con él para reducir a polvo a todos aquellos
abominables ofíciales. Sin embargo, se contuvo
y se limitó a seguir con atención cada uno de los
movimientos de su noble amigo ruso.
Por fin, el cochero acabó de enganchar los caballos;
subieron los cinco al coche. Emilio, precedido
por Tartaglia, trepó al pescante; allí estaba más libre
y no le quitaba la vista a Klüber, a quien no podía
ver a sangre fría.
Durante todo el camino discurseó Herr Klüber...
y habló él solo: nadie le interrumpió ni le hizo ninguna,
señal de aprobación. Insistió especialmente en
lo mal que hicieron en no escucharle cuando propuso
comer en un gabinete reservado. ¡De ese modo
no hubiera habido ningún disgusto! En seguida
enunció juicios severos y hasta con ribetes de liberalismo
acerca de la imperdonable indulgencia del
Gobierno con los oficiales; le acusó de descuidar el
sostenimiento de la disciplina y de no respetar bastante
al elemento civil en la sociedad (das bürgerliche
Element in der Gesellschaft!) Después dijo cómo con el
tiempo esto produciría descontento general; que de
eso a la revolución no había más que un paso, como
lo atestiguaba (aquí exhaló un suspiro compasivo,
pero severo), el triste, el tristísimo ejemplo de Francia.
Sin embargo, al punto añadió que personalmente
se inclinaba ante el poder, y que no sería
revolucionario jamás de los jamases; pero que no
podía menos de manifestar su desaprobación resA
pecto a tanta licencia. Luego entró en consideraciones
generales sobre los principios y la falta de principios,
la moralidad, las conveniencias y el sentimiento
de la dignidad.
Durante el paseo que precedió a la comida, Gemma
no había parecido enteramente satisfecha, de
Herr Klüber, y por eso mismo habíase mantenido
un poco apartada de Sanín, como si la presencia de
éste la hubiese turbado; pero a la vuelta, mientras
escuchaba la fraseología de su futuro, era visible que
tenía vergüenza de él. Al final del viaje experimentaba
un verdadero sufrimiento, y de pronto dirigió
una mirada suplicante a Sanín, con quien no había
reanudado la conversación. Por su parte, Sanín experimentaba
más compasión hacia ella que descontento
contra Klüber, y hasta, sin confesárselo del todo,
regocijábase en secreto por lo acontecido aquel
día, aun cuando esperaba, un cartel de desafío para
la siguiente mañana.
La penosa «jira de recreo» concluyó. Al ayudar a
Gemma a apearse del coche a la puerta de la confitería,
sin decir una palabra, Sanín le puso en la mano
la rosa que había rescatado. Ruborizóse ella, le
apretó la mano e inmediatamente ocultó la flor.
Aunque apenas era de noche, ni él tuvo ganas de
entrar en la casa, ni aun ella le invitó a que lo hiciese.
Además, apareció en el quicio de la puerta Pantaleone
y anunció que Frau Lenore estaba
durmiendo. Emilio dijo un tímido adiós a Sanín:
casi le tenía miedo, ¡tanta era la admiración que le
produjo! Klüber acompañó a Sanín en coche hasta
la fonda y le dejó haciéndole un saludo afectado. A
pesar de toda su suficiencia, ese alemán, organizado
en toda regla, sentíase un poco molesto. En fin, todos
ellos, quién más, quién menos, estaban a disgusto.
Preciso es decir que ese sentimiento de malestar
se disipó en seguida en Sanín y se trocó en un estado
de ánimo bastante vago, pero alegre y hasta
triunfal. Se puso a silbar paseándose por su cuarto.
Estaba contentísimo de sí mismo.
XVII
-Aguardaré las explicaciones del caballero oficial
hasta las diez -pensaba al arreglarse por la mañana al
día siguiente, -y después que me busque si le da la
gana.
Pero los alemanes se levantan temprano; antes de
que el reloj señalase las nueve, el criado entró a
anunciar a Sanín que el señor subteniente (der Herr
Seconde-Lieutenant) von Richter deseaba verle. Sanín
se puso a escape un redingot y dijo que le hiciesen
pasar. En contra de lo que Sanín esperaba, von
Richter era un jovenzuelo, casi un niño. Esforzábase
en dar aire de importancia a su rostro imberbe,
aunque sin conseguirlo, ni siquiera fue capaz de
ocultar su emoción, y habiéndosele enredado los
pies en el sable, en poco estuvo que no se cayera al
sentarse. Después de muchas vacilaciones y con
gran tartamudeo, declaró a Sanín, en muy mal francés,
que era portador de un mensaje de parte de su
amigo el Barón von Dönhof; que su misión consistía
en exigir excusas al caballero von Sanín por las
expresiones ofensivas empleadas por él la víspera y
que en el caso de que el caballero von Sanín se negase
a lo pedido, el Barón von Dünhof exigía satisfacción.
Sanín respondió que no tenía el propósito de
presentar excusas, y que no estaba dispuesto a dar
satisfacción alguna.
Entonces el caballero von Richter, siempre tartamudeando,
le preguntó con quién, dónde y a qué
hora podrían celebrarse las conferencias indispensables.
Sanin le respondió que podía volver dentro de
un par de horas, y que de allí a entonces trataría de
hallar un testigo. «¿A quién diablos tomaré de testigo?
» pensaba entretanto.
El caballero von Richter se levantó y saludó para
despedirse. Pero al llegar a los umbrales de la puerta,
se detuvo como presa de un remordimiento de
conciencia, y dirigiéndose a Sanín le dijo que su
amigo el Barón von Dönhof no dejaba de comA
prender que hasta cierto punto habían sido culpa
suya los sucesos de la vispera, y que por consiguiente
se contentaría con muy poco:
-Bastarían ligeras excusas (exghises lèchères).
Sanín contestó a eso que no considerándose culpable
de nada, no estaba dispuesto a presentar ninguna
clase de excusas, ni ligeras ni pesadas.
-En ese caso -replicó el caballero von Richter,
poniéndose aún más encarnado- habrá que cruzar
unos pistoletazos amistosos (des goups te bisdolet à
l´amiâple).
-No comprendo ni pizca de lo que usted quiere
decir -observó Sanín. -Supongo que no se trata de
tirar al aire.
-¡Oh, no, no! -tartamudeó el subteniente, desorientado
por completo. -Pero suponía que, ventilándose
el asunto entre hombres distinguidos...
(Aquí se interrumpió.) -Hablaré con el testigo de
usted... Dijo, y se retiró.
En cuanto hubo salido, Sanín se dejó caer en una
silla, con los ojos fijos en el suelo, diciéndose :
-¡Vaya una broma la de esta vida, con sus bruscas
vueltas de rueda! Pasado y porvenir, todo desaparece
como por arte de birlibirloque; ¡y lo único que
saco en limpio es que me voy a batir en Francfort
con un desconocido y a propósito de no sé qué!
Se acordó de que había tenido una anciana tía loca,
que bailaba de continuo, cantando estas palabras
extravagantes :
Subteniente rebonito,
Popinito,
Cupidito,
Báilame, mi pichoncito.
Echóse a reir y se puso a cantar también: «Subteniente
rebonito, báilame, mi pichoncito.»
-Pero no hay tiempo que perder; hay que moverse
-exclamó en voz alta, levantándose.
Y vio delante de él a Pantaleone, con una esquela
en la mano.
-He llamado varias veces, pero no ha oído usted.
Yo creí que había usted salido -dijo el viejo, dándole
la carta. -De parte de la señorita Gemma...
Sanín cogió maquinalmente la carta, la abrió y leyó.
Gemma le escribía que estaba muy intranquila
con el asunto consabido, y que deseaba verle inmediatamente.
-La signorina está inquieta -dijo Pantaleone, que
por lo visto conocía el contenido de la esquela. -Me
ha dicho que me informe de lo que hace usted, y
que lo lleve conmigo junto a ella.
Sanín miró al viejo italiano, y se puso pensativo:
una idea repentina cruZaba por su mente. A primera
vista, le pareció extraña, imposible... «Sin embargo,
¿por qué no?» -se dijo a sí propio.
-Señor Pantaleone -exclamó en voz alta.
Estremecióse el viejo, sepultó la barba en la corbata
y fijó los ojos en Sanín.
-¿ Sabe usted lo que ha pasado ayer ? -prosiguió
éste.
Pantaleone sacudió su enorme mono, mordiéndose
los labios, y dijo: -Lo sé.
Apenas de regreso, Emilio se lo había contado
todo.
-¡Ah, lo sabe usted! Pues bien; he aquí de qué se
trata. Ese insolente de ayer me provoca a duelo. He
aceptado, pero no tengo testigo. ¿Quiere usted ser
mi testigo?
Pantaleone se puso trémulo y levantó tanto las
cejas, que desaparecieron bajo sus mechones colgantes.
-¿Pero no tiene usted más remedio que batirse?
-dijo en italiano: hasta entonces había hablado en
francés.
-Es preciso. Negarme a ello sería cubrirme de
oprobio para siempre.
-¡Hum! Si me niego a servirle a usted de testigo,
¿buscará usted otro?
-De seguro.
Pantaleone bajó la cabeza.
-Pero permítame usted que le pregunte, signor de
Zanini, si ese duelo no echará una mancha desfavorable
sobre la reputación de cierta persona.
-Supongo que no; pero, aunque así fuese, no hay
más remedio que resignarse con ello.
-¡ Hum!... -Pantaleone había desaparecido por
completo dentro de su corbata.-Pero ese ferroflutto
Kluberio, ¿no interviene en eso? -exclamó de pronto,
levantando la nariz al aire.
-¿El? Nada.
-¡Che!-Pantaleone se encogió de hombros con aire
despreciativo, y dijo con voz insegura: -En todo
caso, debo dar a dar usted las gracias, porque en
medio de mi actual rebajamiento ha sabido usted
reconocer en mi un hombre decente, un galantuomo.
Con eso demuestra usted mismo ser un galantuomo.
Pero necesito reflexionar su proposición.
-No hay tiempo que perder, querido señor Ci...
Cippa...
-... tola -concluyó el viejo.-No le pido a usted
más que una hora para reflexionar. Este asunto atañe
a los intereses de la hija de mis bienhechores... ¡y
por eso es un deber, una obligación para mí el reflexionar!...
Dentro de una hora, de tres cuartos de
hora, conocerá usted mi resolución.
-Bueno, esperaré.
-Y ahora, ¿qué respuesta llevo a la signorina Gemma?
Sanín cogió un pliego de papel y escribió «No
tenga usted miedo, mi querida amiga. Dentro de
tres horas irá a verla, y todo se explicará. Le doy a
usted las gracias con toda mi alma por el interés que
me manifiesta.» Y entregó esta esquela a Pantaleone.
Este la puso con cuidado en el bolsillo interior
de su paletot, y después de repetir otra vez «¡Dentro
de una hora,!» se dirigió a la puerta; pero bruscamente
volvió pies atrás, corrió hacia Sanín, le agarró
la mano, y estrechándosela contra su buche, con los
ojos levantados al Cielo, exclamó:
-¡Nobil giovinotto, gran cuore! ¡Permita usted a un
débil viejo, a un vecchiotto, estrecharle su valerosa
mano! la vostra valerosa destra.
Dando en seguida algunos pasos de espalda agitó
ambos brazos y salió.
Sanín le siguió con la vista... después cogió un
periódico y creyóse en el caso de leer. Pero por más
que sus ojos se empeñaban en recorrer las líneas, no
comprendió nada de lo que leía.
XVIII
Al cabo de una hora, el mozo entregó a Sanín
una tarjeta vieja, mugrienta, que decía:
Pantaleone Cippatola di Varese
Cantante di Camera
Dr S. A. R. IL DUCA DI MODENA
Y Pantaleone en persona entró siguiendo los pasos
del camarero. Había cambiado de ropa de pies a
cabeza. Llevaba un frac negro con las costuras de
color de ala de mosca, y un chaleco de piqué blanco,
sobre el cual hacía eses una cadena de cobre dorado.
Un pesado sello de cornerina bajaba hasta sus pantalones
ajustados, de antigua moda, «de puente.»
Tenía en. la mano derecha un sombrero negro de
pelo de conejo, y en la mano izquierda un par de
grandes guantes de gamuza. La corbata era aún más
ancha y más alta que de costumbre, y en su almidonada
chorrera brillaba un alfiler adornado con un
ojo de gato. El índice de la mano derecha ostentaba
un anillo formado por dos manos enlazadas alrededor
de un corazón echando llamas. Toda la persona
del viejo exhalaba olor a baúl, olor de alcanfor y
almizcle; y la preocupación, la solemnidad de su
porte, hubiera chocado hasta a un espectador indiferente.
Sanín se levantó y salió a su encuentro.
-Seré su testigo -dijo Pantaleone en francés, e inclinó
todo el cuerpo hacia adelante; después de lo
cual puso los pies en la primera posición, como un
maestro de baile. -Vengo a tomar sus instrucciones.
¿Desea usted batirse sin cuartel?
-¿Por qué sin cuartel, mi querido señor Pantaleone?
¡Por nada del mundo retiraría las expresiones
que ayer proferí, pero no soy un bebedor de sangre!
Por lo demás, aguarde usted; pronto va a venir el
testigo de mi adversario; y se entenderá usted con
él. Quede usted convencido de que nunca olvidaré
este servicio, por el cual le doy las gracias con todo
mi corazón.
-¡El honor ante todo! -respondió Pantaleone y se
arrellanó en una butaca sin esperar a que Sanín le
rogara, que se sentase. -¡Si ese ferroflutto spiecebubbio,
ese mercachifle de Klüber no sabe comprender el
primero de sus deberes, o si tiene miedo, tanto peor
para, el!... ¡Alma vil! Eso es todo. En cuanto a las
condiciones del duelo, soy testigo de usted y sus
intereses son sagrados para mí. Cuando vivía yo en
Padua, había allí un regimiento de dragones blancos
y estaba relacionado con varios oficiales... Todo su
código me es familiar, y a menudo he hablado de
estos asuntos con el compatriota de usted, el príncipe
Tarbuski... ¿Vendrá pronto ese testigo?
-Lo espero de un momento a otro... y aquí viene
ya -añadió, mirando por la ventana.
Pantaleone se levantó, miró la hora que era en su
reloj, se arregló las melenas, y se dio prisa a meterse
dentro del zapato una cinta que le salía por debajo
del pantalón. Entró el subteniente, siempre tan encendido
y tan turbado.
Sanín presentó uno a otro los testigos :
-Von Richter, subteniente... El señor Cippatola,
artista...
El subteniente experimentó alguna sorpresa al
ver al viejo... ¡Qué hubiera dicho si alguien le hubieI
ce cuchicheado al oído que «el artista» en cuestión
practicaba también el arte culinario! ... Pero Pantaleone
tenía tal prosopopeya, que un duelo parecía
ser para él una cosa habitual y corriente. En aquella
circunstancia, los recuerdos de su carrera teatral vinieron
probablemente en su auxilio, y representó el
papel de testigo precisamente como un papel. El
subteniente y él guardaron silencio un instante.
-¡Vamos, empecemos! -dijo a la postre Pantaleone,
jugando al descuido con su sello de cornerina.
-¡Comencemos! -respondió el subteniente.
-Pero... la presencia de uno de los adversarios...
-Señores, los dejo a ustedes -exclamó Sanín, saludándoles,
y entró en su dormitorio cerrando la
puerta.
Echóse en la cama y se puso a pensar en Gemma...
Pero la conversación de los testigos, a pesar
de, estar cerrada la puerta, llegaba a sus oídos. Empleaban
el idioma francés, destrozándolo ambos sin
compasión, cada cual a su antojo. Pantaleone hablaba
de los dragones de Padua y de il príncipe Tarbuski;
el subteniente había vuelto a lo de las exghises léchères
(ligeras excusas) y los goups te bisdolet á l'amiâpe
(pistoletazos de amigo). Pero el viejo no quiso oir
hablar de ningún género de exghises. Con gran esA
panto de Sanín, se puso de pronto a hablar de una
joven señorita...une zeune damigella innocenta, qu' ella
sola dans soun peti doa vale piú que toutt le zouffüssié del
mondo! Y varias veces repitió con animación : E una
onta, una onta! (es una vergüenza).
Al principio el subteniente no prestó a ello ninguna
atención; pero después oyóse la voz del joven,
haciendo observar, temblando de cólera, que no
había ido a oir sentencias morales...
-A la edad de usted siempre es útil oir cosas justas
-exclamó Pantaleone.
La discusión llegó varias veces a ser tempestuosa.
Al cabo de una hora de disputas, convinieron en las
condiciones siguientes: el Barón von Dönhof y el
señor de Sanín se encontrarían al día siguiente, a las
diez de la mañana, en un bosquecillo cerca de Hanau;
tirarían a veinte pasos, teniendo cada uno derecho
a hacer dos disparos, a una señal dada por los
testigos. Serviríanse de pistolas ordinarias.
Von Richter se retiró. Pantaleone abrió la puerta
del dormitorio y comunicó a Sanín el resultado de la
entrevista, exclamando:
Esta mezcolanza de francés o italiano desnaturalizados,
significa: «una joven señorita inocente, de la que el dedo
meñique vale más que todos los oficiales del mundo».
-¡Bravo russo, bravo giovinotto, serás vencedor !
Pocos instantes después se encaminaron a la
confitería Roselli. Sanín tuvo la precaución de exigir
a Pantaleone el más profundo secreto acerca del
duelo. Como respuesta, el viejo alzó un dedo y repitió
dos veces guiñando los ojos:
-¡Segretezza!
Se había rejuvenecido visiblemente y andaba con
paso más firme. Todos aquellos sucesos extraordinarios,
aunque poco agradables, le recordaban
con viveza la época en que enviaba y recibía
él mismo carteles de desafío... en escena. Sabido es
que los barítonos, en su papel, tienen inuchas ocasiones
de hacer de valientes.
XIX
Emilio salió al encuentro de Sanín -le estaba acechando
hacía más de una hora, -y le dijo a escape, al
oído, que su madre ignoraba todos los disgustos de
la víspera, y que era preciso no hablar de ellos; que a
él le mandaban al almacén, pero que en vez de ir allá
se escondería en cualquier parte. Después de haber
dado estas noticias en pocos segundos, se arrojó
bruscamente al cuello de Sanín; le abrazó con entusiasmo
y desapareció corriendo.Sanín encontró a
Gemma en la tienda. Quería decirle ella alguna cosa,
pero no pudo hablar. Temblábanle los labios ligeramente,
y sus párpados oscilaban sobre los inciertos
ojos. Para tranquilizarla, apresuróse a asegurar
que todo había terminado, que aquel asunto no
era más que una chiquillada.
-¿No ha ido a verle a usted hoy nadie? -preguntó
ella.
-Estuvo un caballero, nos explicamos, y... hemos
llegado al acuerdo más satisfactorio.
Gemma volvió a ponerse detrás del mostrador.
-No me cree -pensó Sanín...
Sin embargo, pasó al aposento inmediato, donde
encontró a Frau Lenore.
Esta ya no tenía jaqueca, pero se encontraba en
una melancólica disposición de ánimo. Sonriéndole
con cordialidad, le previno que se aburriría aquel
día, pues no se hallaba capaz para ocuparse de él. Al
sentarse junto a ella, notó que tenía rojos e hinchados
los párpados.
-¿Qué tiene usted Frau Lenore? ¿Ha llorado usted?
-¡Chito! -dijo, indicando por.señas con la cabeza
la estancia, donde se encontraba su hija. -¡ No diga
usted eso... en voz alta!
-Pero ¿por qué ha llorado usted?
-¡Ah, señor Sanín, yo misma no lo sé
-¿ No le ha dado a usted nadie ningún disgusto?
-¡Oh, no!... Me he sentido triste de pronto... he
pensado en Giovanni Battista... ¡en mi juventud!
¡Qué pronto pasó todo eso! Me hago vieja, amigo
mío, y no puedo acostumbrarme a esta idea. Me
parece que soy siempre la misma que antes... y llega
la vejez... ¡ya la tengo encima! -Brotaron las lágrimas
en los ojos de Frau Lenore. -Me mira usted con extrañeza,
lo veo... ¡También usted se hará viejo, amigo
mío, y verá cuán amargo es eso!
Sanín se esforzó por consolarla, hablándola de
sus hijos, en los cuales veía revivir su juventud.
Hasta trató de bromear, diciéndola que buscaba el
medio de obligar a que la echasen piropos. Pero ella
le impuso silencio con tono serio; y por primera vez
adquirió Sanín el convencimiento de que nada puede
consolar ni distraer de la pena causada por la
proximidad de la vejez; hay que esperar a que esa
pena se calme por sí misma. Sanín propuso a Frau
Lenore jugar al tresette; no hubiera podido imaginar
nada mejor. Consintió al punto y pareció aclararse
su negro humor.
Sanín jugó con ella antes y después de la comida.
También Pantaleone tomó parte en el juego. ¡Nunca
le había caído tan abajo el copete sobre la frente,
nunca se le había hundido tan adentro de la corbata,
la barbilla! Todos sus movimientos indicaban una
importancia, tan reconcentrada, que al mirarle preguntábase
cualquiera :
-¿Qué secreto podrá ser el que con tanta firmeza
guarda este hombre?
Pero, ¡segretezza, segretezza!
Durante todo el transcurso de aquel día se esforzó
por manifestar a Sanín la más extremosa consideración;
en la mesa le servía el primero, antes que
a las damas, con aire solemne y resuelto; durante la
partida de naipes, le cedió su vez y no se permitió
obligarle a plantarse; por último, declaró en redondo,
sin venir a pelo, que la nación rusa era la más
magnánima, la más brava y la más atrevida del
mundo.
-¡Anda viejo cómico! -dijo Sanín para sus adentros.
Si la disposición de ánimo de la señora Roselli le
asombraba, no menos le sorprendía el modo de
conducirse Gemma con él. Y no porque le evitase,
antes por el contrario, nunca se sentaba muy lejos, y
le oía hablar mirándole; sino que decididamente, no
quiso entablar conversación con él, y en cuanto Sanín
la dirigía la palabra, levantábase ella con dulzura,
y se alejaba algunos instantes; volvía después y se
sentabaen algún rincón, donde permanecía inmóvil
como quien medita, o más bien, como quien duda.
Por fin, la misma Frau Lenore notó lo extraño de
sus maneras y la preguntó en dos ocasiones qué tenía.
-No es nada -contestó Gemma.-Ya sabes que algunas
veces soy así.
-Es verdad-dijo la madre.
De ese modo transcurrió aquel largo día, ni animado,
ni languideciente, ni alegre, ni triste. Si Gemma
se hubiese conducido de otro modo, ¿quién
puede asegurar que Sanín no hubiera cedido a la
tentación de echárselas un poco de valiente ? Quizá
se hubiera, abandonado sencillamente a la tristeza,
en el momento de una separación que podía ser
eterna,... Pero, falto de posibilidad para hablar con
Gemma, tuvo que limitarse, antes de tomar café por
la noche, a tocar acordes, en modo menor, durante
un cuarto de hora, en el piano.
Emilio volvió tarde, y para evitar toda pregunta
relativa a Herr Klüber se acostó en seguida. Llegó el
momento de irse Sanín.
Al decir adiós a Gemma, recordó la separación
de Lensky y Olga, en Eugenio Oneguín. La apretó con
mucha fuerza la, mano y tratió de verla. de frente la,
cara ; pero ella se volvió un poco y retiró los dedos.
XX
El Cielo estaba del todo estrellado cuando salió
Sanín. ¡Y qué de estrellas por todas partes, grandes,
pequeñas, amarillas, azules, rojas, blancas, que centelleaban
e irradiaban cruzando sus resplandores
intermitentes! No había luna en el Cielo, pero no
por eso se veían menos bien los objetos en aquella,
semiobscuridad transparente y sin sombras. Sanín
llegó al cabo de la calle... No tenía gana de volverse
tan temprano a la fonda: sentía la necesidad de tomar
aire. Volvió pies atrás, y antes de llegar a la casa
donde estaba la confitería de Roselli, se abrió bruscamente
una de las ventanas de la planta baja que
daba a la calle. En el rectángulo obscuro que dibujaba
-no había luz en el cuarto, -apareció una forma
femenina, y oyó que le llamaban:
-¡Señor Demetrio!
Precipitóse hacia la ventana... Era Gemma,
puesta de codos en el alféizar e inclinada hacia adelante.
-Señor Demetrio -dijo en voz baja,-durante todo
el día he querido darle a usted una cosa...pero no
me he atrevido. Ahora, al verle a usted de una manera
tan inesperada, he dicho para mí que probablemente
estaba escrito...
Sin que su voluntad interviniese para nada en
ello, Gemma se detuvo en esta palabra. Le impidió
proseguir una cosa extraordinaria que ocurrió en
aquel momento.
En medio de una tranquilidad profunda y bajo
un cielo completamente sin nubes, alzóse de pronto
un ventarrón tan fuerte, que la misma tierra tembló
bajo sus pies; la tenue claridad de las estrellas estremecióse
y onduló, la atmósfera pareció rodar sobre
sí misma. Un torbellino no frío, sino cálido y casi
ardiente descargó sobre los árboles y el tejado de la
casa, chocó contra las fachadas de toda la calle, se
llevó con rapidez el sombrero de Sanín, retorció y
enmarañó los negros rizos del cabello de Gemma.
Sanín tenía la cabeza al nivel de la repisa de la ventana;
involuntariamente se encaramó en ella, y GeI
mma, cogiéndole con ambas manos por los hombros,
cayó de pecho sobre el rostro de él. Todo
aquel desorden, aquella batahola y aquel estruendo
duraron apenas un minuto... Luego huyó tumultuosamente
aquel torbellino, cual una bandada de
enormes aves... y restablecióse la más profunda
tranquilidad.
Sanín levantó la cabeza, y vio encima de sí unos
grandes ojos tan magníficos y terribles, una cara tan
pasmosamente hermosa con su expresión de turbación
y espanto, que sintió desmayársele el alma:
oprimió contra los labios un fino rizo de cabellos
que se había soltado hasta el pecho de la niña, y no
pudo decir más que dos palabras:
-¡Oh, Gemma!
-¿Qué ha sucedido? ¿Un relámpago? -preguntó
ésta, abriendo muchísimo los ojos y sin retirar los
desnudos brazos de encima de los hombros de Sanín.
-¡Gemma! -repitió éste.
Estremecióse ella, miró tras de sí a la estancia, y
con rápido ademán, sacándose del corsé una rosa
marchita, se la echó a Sanín.
-Quería darle a usted esa flor...
Sanín reconoció la rosa que había reconquistado
la víspera...
Pero la ventana se había cerrado ya, y no había
ninguna forma blanca visible detrás de las vidrieras
obscuras.
Sanín regresó a la fonda sin sombrero: ni siquiera
notó que se le había perdido.
XXI
No se durmió hasta el alba. Nada tiene esto de
particular: con la racha de aquel cálido torbellino
que tan repentinamente había pasado sobre ellos,
había sentido también, de repente, no que Gemma
era hermosa y que la admiraba, porque esto ya lo
sabía, sino que estaba casi... que estaba, sin casi,
enamorado. Aquel amor le había envuelto de
pronto, como el torbellino de la víspera. ¡Y ahora
ese duelo estúpido! Fúnebres presentimientos le
asaltaron. Aun suponiendo que no quedase muerto,
¿qué podía ser de su amor hacia aquella joven, prometida
esposa de otro? Ese «otro» era poco de temer:
conformes. Gemma podía amar a Sanín y
quizá le amase ya... Pero, aun así, ¿qué podía resultar
de todo aquello? ¡Qué importa! Cuando se trata de
una hermosura semejante...
Dio algunas vueltas por el cuarto, se sentó delante
de la mesa, cogió un pliego de papel, escribió
algunas líneas y las borró en seguida. Parecíale que
volvía a ver en aquella ventana a obscuras, bajo la
claridad de las estrellas, la figura de Gemma, ondulando
entre aquel cálido torbellino, que veía otra vez
sus marmóreos brazos semejantes a los de las diosas
del Olimpo; sentía su viviente peso encima de sus
hombros... En seguida cogió la rosa que Gemma le
había echado y se figuró que sus pétalos, medio
marchitos, exhalaban un aroma más sutil que el de
las demás rosas.
¿Y si fuese a quedar muerto o estropeado?
No volvió a la cama, sino que se durmió vestido
sobre el diván.
Alguien le tocó en el hombro.
Abrió los ojos y vio a Pantaleone.
-¡Duerme como Alejandro Macedónico la víspera
del combate de Babilonia! -exclamó el pobre
viejo.
-¿Qué hora es? -preguntó Sanín.
-Las siete menos cuarto. Desde aquí hay dos horas
de carruaje hasta Hanau, y es preciso que lleI
guernos allí los primeros: los rusos se anticipan
siempre a sus enemigos. He alquilado el mejor coche
de Francfort.
Sanín comenzó a arreglarse, y dijo:
-¿Y las pistolas ?
-Ese ferroflutto tedesco las llevará, como también un
cirujano.
Pantaleone se las echaba de valiente, como la
víspera. Pero cuando se hubo sentado en el coche
con Sanín, cuando el cochero hizo restallar el látigo
y los caballos partieron a galope, prodújose un cambio
repentino en el excantante, amigo de los dragones
de Padua. Sintióse turbado, le entró miedo:
diríase que algo se derrumbaba en su interior como
un muro mal construido.
-¡Pero qué hacemos, gran Dios, Santísima Madonna!
-exclamó de pronto con voz lacrimosa, tirándose
de los pelos. -¡ Qué hago yo, viejo imbécil, viejo loco,
frenético!...
Sanín, asombrado al principio, echóse a reir, y
cogiendo ligeramente por la cintura a Pantaleone, le
recordó el proverbio: «Cuando se ha echado el vino, hay
que beberlo.»
-Sí, sí -respondió el viejo -participaremos del cáliz;
pero eso no quita que yo sea un ínsensato. ¡Sí,
un insensato! Todo estaba tan tranquilo, tan agradable,
y de pronto ¡patatrás, tralará!
-Como en un tutti de orquesta -añadió Sanín, con
risa forzada. -Pero, ust