
Hay que ganar la paz, Albert Einstein
Discurro pronunciado en Nueva York en diciembre de 1945. Los físicos se hallan ahora en una situación que no difiere mucho de la de Alfred Nobel. Éste inventó el explosivo más poderoso que la humanidad había conocido hasta su época, es decir, un medio formidable de destrucción. Como compensación, y acaso con el fin de descargar su conciencia, estableció los premios para el estímulo y búsqueda de la paz. En la actualidad, los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa. No hemos de cejar, pues, en prevenir con insistencia sobre este hecho; no podemos ni debemos detenernos en nuestros esfuerzos por conseguir que las naciones del orbe y en particular los gobiernos, adquieran conciencia del desastre irreparable que inevitablemente provocarán si no modifican sus relaciones mutuas y el designio de modelar el futuro. Nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que dada la mentalidad de los nazis habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo. Dejamos esta mortífera arma en manos de los norteamericanos y de los ingleses como representantes de toda la humanidad, defensores de la paz y la libertad. Mas hasta el presente no hemos advertido ninguna garantía de paz ni observado el cumplimiento de las libertades que se prometieron a los pueblos mediante la Carta del Atlántico. Se ha ganado la guerra, pero no la paz. Las grandes potencias, unidas durante la lucha, se han dividido respecto a los acuerdos de paz. Se prometió liberar al mundo del miedo, si bien la verdad es que el miedo no ha hecho más que acrecentarse de manera alarmante desde que finalizó la guerra. Se prometió liberar al mundo de la necesidad y la miseria, pero enormes sectores de la población mundial padecen hambre mientras otros viven en la abundancia. También se prometió a los pueblos que pasada la guerra habría libertad y justicia. Sin embargo, hemos comprobado y seguimos comprobando, inclusive ahora, el humillante espectáculo de ejércitos libertadores que hacen fuego contra poblaciones que desean su independencia y aspiran a la igualdad social, ejércitos que en esos países apoyan con la fuerza de las armas a los partidos y dirigentes que parecen más inclinados a servir intereses encubiertos. Todavía se anteponen problemas territoriales y rivalidades de poder, que debían considerarse resabios del pasado, a las exigencias esenciales del bienestar común y la justicia. Deseo ser más concreto sobre un caso, que no es sino un síntoma de la situación general: el infortunio de mi propio pueblo, el pueblo judío. En tanto la violencia nazi se abatió sólo, o en mayor medida, contra los judíos, el resto del mundo contempló las hechos con pasividad, y hasta se formularon tratados y convenios con un gobierno indiscutiblemente criminal, como el del Tercer Reich. Después, cuando Hitler se hallaba a punto de apoderarse de Rumania y Hungría, cuando Maidanek y Oswiecim se encontraban en manos aliadas y tomaron estado público en todo el orbe los métodos de las cámaras de gas, los intentos de rescatar a los judíos rumanos y húngaros resultaron inútiles porque el gobierno británico había clausurado las puertas de Palestina a los emigrantes judíos, y no había ningún país que admitiese a esa gente desamparada. Se la dejó morir como a sus hermanos y hermanas de los países ocupados. No olvidaremos nunca los heroicos esfuerzos de los pequeños países, las naciones escandinavas, los holandeses, los suizos y tantas personas de las regiones ocupadas de Europa que realizaron todo lo posible para proteger a los judíos. No olvidamos tampoco la actitud humanitaria de la Unión Soviética que fue la única de las grandes potencias que abrió sus puertas a cientos de miles de judíos cuando los ejércitos nazis avanzaban a través de Polonia. Mas después que aconteciera lo relatado sin que nadie lo impidiera, ¿cómo está hoy la situación? Mientras en Europa se reparten territorios sin el menor respeto por los derechos de los afectados, lo que resta de los judíos europeos, una quinta parte de su población de preguerra, compueba que aún se le sigue negando la entrada a su refugio natural de Palestina y queda expuesta al hambre y al frío y a la persistente hostilidad. Todavía no hay país que quiera o pueda ofrecerles a los judíos un lugar en que logren vivir en paz y seguridad. Y el hecho de que muchos continúen en las degradantes condiciones de los campos de concentración en que los aliados los mantienen, prueba de manera concluyente la situación desesperada y humillante que soportan estos desdichados. Se impide a los perseguidos entrar en Palestina con la excusa del principio de la democracia, pero en verdad las potencias occidentales que respaldan la prohibición del Libro Blanco, ceden ante las amenazas y la presión externa de cinco estados árabes grandes y escasamente poblados. Resulta en alto grado irónico que el ministro inglés de relaciones exteriores diga a los desvalidos judíos europeos que deben seguir en Europa porque allí se necesita su talento, y por otro lado, les aconseje que no intenten colocarse a la cabeza de ningún movimiento competitivo a fin de no suscitar de nuevo el odio y la persecución. En suma, me temo que ya no puedan evitarlo, pues con sus seis millones de muertos se han visto empujados, contra su voluntad, a encabezar la trágica lista de las víctimas nazis. No es muy halagadora la imagen del mundo de posguerra. En cuanto se refiere a nosotros, los físicos, no somos políticos y jamás hemos deseado mezclarnos en la política. Sabemos, empero, algo que los políticos ignoran. Y creemos nuestro deber recordarles y explicarles a los responsables que no hay salida posible por la vía fácil, que ya no queda tiempo para andar con rodeos y posponer los cambios indispensables para un futuro indefinido. No hay tiempo para mezquinos regateos. La situación exige un esfuerzo valiente, una transformación radical en nuestra actitud, en la política. Hay que desear que el espíritu que impulsó a Alfred Nobel cuando creó su gran institución, el espíritu de solidaridad y confianza, de generosidad y fraternidad entre los hombres, prevalezca en la mente de quienes dependen las decisiones que determinarán nuestro destino. De otra manera la civilización quedaría condenada.', 'Discurro pronunciado en Nueva York en diciembre de 1945. Los físicos se hallan ahora en una situación que no difiere mucho de la de Alfred Nobel. Éste inventó el explosivo más poderoso que la humanidad había conocido hasta su época, es decir, un medio formidable de destrucción. Como compensación, y acaso con el fin de descargar su conciencia, estableció los premios para el estímulo y búsqueda de la paz. En la actualidad, los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa. No hemos de cejar, pues, en prevenir con insistencia sobre este hecho; no podemos ni debemos detenernos en nuestros esfuerzos por conseguir que las naciones del orbe y en particular los gobiernos, adquieran conciencia del desastre irreparable que inevitablemente provocarán si no modifican sus relaciones mutuas y el designio de modelar el futuro. Nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que dada la mentalidad de los nazis habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo. Dejamos esta mortífera arma en manos de los norteamericanos y de los ingleses como representantes de toda la humanidad, defensores de la paz y la libertad. Mas hasta el presente no hemos advertido ninguna garantía de paz ni observado el cumplimiento de las libertades que se prometieron a los pueblos mediante la Carta del Atlántico. Se ha ganado la guerra, pero no la paz. Las grandes potencias, unidas durante la lucha, se han dividido respecto a los acuerdos de paz. Se prometió liberar al mundo del miedo, si bien la verdad es que el miedo no ha hecho más que acrecentarse de manera alarmante desde que finalizó la guerra. Se prometió liberar al mundo de la necesidad y la miseria, pero enormes sectores de la población mundial padecen hambre mientras otros viven en la abundancia. También se prometió a los pueblos que pasada la guerra habría libertad y justicia. Sin embargo, hemos comprobado y seguimos comprobando, inclusive ahora, el humillante espectáculo de ejércitos libertadores que hacen fuego contra poblaciones que desean su independencia y aspiran a la igualdad social, ejércitos que en esos países apoyan con la fuerza de las armas a los partidos y dirigentes que parecen más inclinados a servir intereses encubiertos. Todavía se anteponen problemas territoriales y rivalidades de poder, que debían considerarse resabios del pasado, a las exigencias esenciales del bienestar común y la justicia. Deseo ser más concreto sobre un caso, que no es sino un síntoma de la situación general: el infortunio de mi propio pueblo, el pueblo judío.
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